En la casa vacía de al lado

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La noche entraba fría por la ventana abierta del departamento de enfrente, como si la luna misma se hubiera colado para mirar lo que pasaba adentro. Camila, con el pelo oscuro cayéndole sobre los hombros desnudos, se mordía el labio mientras observaba a la vecina desde el balcón. Hacía semanas que las miradas se alargaban más de la cuenta, que los buenos días se quedaban colgados en el aire como promesas incumplidas. Pero hoy no había sido un buen día. Hoy había sido un "vení a ver si dejé el aire encendido", un "no sé si andará bien el termostato", un pretexto tan delgado como el vestido que llevaba puesto.

—Pasá, no muerdo —dijo Camila, con voz baja, como si no quisiera quebrar el silencio del edificio.

Gala cruzó el umbral con el corazón acelerado. Vos no, pero yo sí, pensó. No te muerdo, pero te como entera si me dejás. Y aunque no lo dijo en voz alta, sus ojos lo gritaban. Alta, delgada, con ese aire de secretaria seria que se deshacía apenas se sacaba los tacos y los anteojos, Gala tenía algo que encendía a Camila como nada más. Una elegancia tensa, como si cada gesto estuviera contenido, esperando que alguien lo desatara.

—El aire está bien —dijo Gala, pero no se movió hacia el aparato. Quedó parada en el medio de la sala, con la luz tenue del pasillo dibujándole sombras en el cuello, en el escote que se adivinaba bajo la seda.

—Claro —respondió Camila, acercándose sin apuro—. Pero no viniste por el aire.

Gala tragó saliva. Vos sí que no te andás con vueltas. Y le gustó. Le gustó que Camila no le diera vueltas, que la mirara como si ya la conociera por dentro. Como si ya supiera cómo se le ponía la concha cuando alguien le decía lo que tenía que hacer.

—No —admitió, bajando un poco la voz—. No vine por eso.

Camila sonrió. Se acercó más, hasta que el calor de sus cuerpos se rozó. Le tomó la muñeca, despacio, y le dio vuelta la mano. Lamió el interior de su palma con lentitud, como si saboreara algo prohibido. Gala cerró los ojos. Sentía el pulso en las sienes, en el pecho, en el culo, que se apretaba instintivamente.

—Mirá —le susurró Camila al oído—, yo no quiero hablar. Quiero verte desnuda. Quiero verte gemir. Quiero que me digas qué querés que te haga.

Gala tembló. No de frío. De deseo. De miedo. De ganas. Hacía años que no sentía eso: que alguien la mirara así, con hambre, con dominio, con elegancia. No era vulgaridad, era posesión. Y le encantaba.

—Desabróchame el vestido —pidió Gala, casi en un hilo de voz.

Camila no tardó. Con dos dedos, deslizó el cierre desde la nuca hasta la cintura. El vestido cayó al piso como una hoja seca. Y ahí estaba: el cuerpo de Gala, pálido, perfecto, con los pezones endurecidos por la expectativa. Camila no se apuró. Le pasó las manos por los costados, por la cintura, por el borde del encaje del corpiño.

—Qué linda que sos —dijo, pero no era un piropo, era una constatación.

Le desabrochó el sostén, lento, y le tomó los pechos con ambas manos. Pesados, firmes, con los pezones como puntas de clavos. Le mordió uno con suavidad, luego el otro, mientras con una mano le bajaba el elástico de la bombacha. Cuando sus dedos tocaron la concha húmeda, Gala se quejó.

—Sí… por favor…

—Shhh —la calló Camila—. No digas nada. Dejate llevar.

La empujó suavemente hacia el sillón. Gala cayó sentada, con las piernas abiertas, expuesta. Camila se arrodilló frente a ella, le separó más los muslos y sin avisar, sin preámbulos, le hundió la lengua en la concha. Una, dos, tres veces. Gala gritó. Se agarró de los bordes del sillón, arqueó la espalda. Camila no paró. Lamía, chupaba, mordía el clítoris con precisión, con arte, como si supiera exactamente dónde y cómo. Hasta que Gala se corrió con un espasmo largo, profundo, que le sacudió todo el cuerpo.

—Ahora vos —dijo Camila, levantándose, quitándose el vestido con una sola mano—. Quiero que me garches. Quiero que me chupes hasta que no pueda más.

Gala, todavía temblando, se acercó. Le besó el cuello, los pechos, el vientre. Y cuando llegó a la concha, supo que no iba a poder detenerse. Camila gritó su nombre. La noche siguió, lenta, oscura, llena de gemidos ahogados y piel sudada. Y el edificio, ajeno, siguió durmiendo.

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