El WhatsApp que me dejó con ganas de más

El WhatsApp que me dejó con ganas de más

@valentina_ruiz ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que lo vi en la pantalla del celular —no su cara, claro, solo el nombre que puso: *Santi.el.jardinero*— pensée que era un error. Me había equivocado de grupo en WhatsApp, seguro. Pero cuando apareció un mensaje que no decía «¿quién es este número?» ni «disculpen el error», sino un simple «Hola. ¿Vives solo?», me puse alerta. No porque fuera atrevido —aunque sí lo era—, sino porque desde que terminé con mi novio de hace dos años, nadie me había escrito así, directo, sin rodeos ni excusas.

Me llamó la curiosidad, claro. Y un poquito de aburrimiento. Eran las 10:47 p.m., estaba en pijama, con los pies en el sillón y una taza de café ya frío sobre la mesa. Le respondí: «Sí. Pero ojo: soy peligrosa». Me respondió al instante: «Perfecto. Me encanta lo peligroso». Y así, sin más, empezó.

Se llamaba Santiago, tenía 34 años, trabajaba como diseñador gráfico («y sí, soy el jardinero de mis propias palabras», dijo cuando le pregunté por el apodo). Vivía en Medellín, pero en ese momento estaba en Cali, de paso por un proyecto freelance. «Sí, sí, ya sé lo que piensas», escribió. «¿Por qué me pones el número? ¿Y si soy un psicópata?». Le contesté: «Si fueras un psicópata, ya estarías en mi casa. Y yo te estaría sirviendo aguapanela». Se rió —yo lo escuché por el tono de los mensajes—, una risa suave, con ese acento paisa que me voltea el estómago.

Pasamos media hora hablando de lo normal: del tráfico en la Avenida El Dorado, de cómo el mango verde con sal es más adictivo que cualquier red social, de cuánto extrañamos la parrilla en las noches frías. Y de pronto, sin transición, escribió: «Oye… ¿te gusta que te hablen al oído mientras te tocan?». No era una pregunta de rutina, era una confesión. Me paré del sillón, apagué la luz del cuarto y me senté en el borde de la cama. «Depende», le dije. «¿Y si te digo que ya me imaginé tu voz?».

«¿Ah sí?». Su mensaje llegó con un emoji de cejas arqueadas. «¿Y cómo suena?».

«Como si estuvieras a punto de hacerme algo que neither el café ni el vino van a saciar», respondí. Me tomó veinte segundos responder. Veinte segundos en los que apreté el celular con fuerza, como si con eso pudiera hacerlo aparecer en mi cuarto.

«¿Me das permiso para demostrarlo?», escribió. Y ahí fue cuando me di cuenta: no quería hablar más. Quería sentir.

—Santi —le dije—. Si me vas a tocar con palabras, que sea *bien* tocar.

—¿Te acuestas conmigo en la cama? —escribió—. Con las sábanas hasta las axilas, los pies descalzos en el suelo, y la luz apagada, pero el celular encendido.

Me acosté. Me puse de lado. Apagué la lámpara de noche. El celular brillaba como una luna pequeña, a solo un metro de mi cara.

—¿Y ahora? —le pregunté.

—Ahora… te sacas el pijama. Lento. Que se note que lo estás haciendo por mí.

Me sentí tonta. Pero también viva. Muy viva. Me desabroché la camiseta de algodón, la subí con cuidado, dejando al descubierto el ombligo, la curva de mis costillas. No me quité los shorts aún. Solo dejé que el aire se enredara con mi piel.

—¿Te gusta que te imagine? —escribió.

—Sí —respondí—. Pero que sea *real*. Que sientas que estás aquí.

—Te imagino con los pechos pequeños, pero firmes. Que tus pezones se ericen cuando el aire los roza. Que tus muslos se tocan cuando te mueves un poco más… así.

Y lo hizo. Me describió con palabras tan exactas —cómo se inclinaba el pecho hacia adelante sin querer, cómo se abría un poco la entrepierna sin darse cuenta, cómo mordía el labio inferior cuando la tensión subía— que me puse roja. Me puse mojada. Me puse *sentida*.

—¿Quieres que te toque? —escribió.

—Sí —respiré—. Pero con las manos, no con el celular.

—Entonces… ponlo boca abajo.

Lo hice. Apagué la pantalla por un segundo. Me senté a horcajadas sobre la almohada, las manos apoyadas en el colchón. Me sentí juguetona. Peligrosa. Como le había dicho al principio.

—Ahora… quédate quieta. Te voy a tocar con las palabras. Lento. Como si tu piel fuera un mapa que descubro por primera vez.

Y lo hizo. No fue vulgar. No fue rápido. Fue un viaje. Me dijo cómo le gustaba el calor de mi cuello, cómo quería sentir mi respiración cambiar cuando sus palabras rozaran mi clavícula. Me describió cómo se inclinaría para besar la curva de mis hombros, cómo pasaría la lengua por el hueco detrás de la oreja hasta que yo me estremeciera. Me habló de cómo me levantarían los brazos, cómo me abrazaría por la cintura, cómo me daría vuelta sin soltarme, cómo me besaría el cuello y después la nuca, y después… el oído.

—Y cuando te diga «chimba», no es una exclamación —escribió—. Es una promesa.

Y lo dijo. «Chimba». Solo eso. Pero lo dijo como si fuera una mano que me agarraba la nuca, como si me estuviera jalando hacia él.

Me puse nerviosa. Me puse húmeda. Me puse *viva*.

—¿Quieres que te mame? —escribió, y por primera vez, el mensaje tuvo un emoji de labios entreabiertos.

—Sí —susurré, y sentí que mi voz se quebraba—. Sí, Santi. Mámame.

—Te voy a mamar como si fuera lo único que me queda en el mundo. Como si cada segundo contigo fuera el último. Como si después de ti, nunca más pudiera sentir nada.

Y me lo imaginé. Con los ojos cerrados. Con las uñas clavadas en el colchón. Con la lengua tibia, lenta, segura. Me imaginé sus manos en mis muslos, sus dedos rozando el borde de mis shorts, y luego más adentro, jugando con la tela, con mi piel, con el calor que ya no podía ocultar.

—¿Te gusta así? —escribió.

—Sí —respiré—. Sí, así. Más. Dime qué más vas a hacerme.

—Te voy a hacer gemir tu nombre. Te voy a hacer olvidar quién eres, quién soy yo, y solo quedarte con esto: con la sensación de que estás siendo amada, que estás siendo *usada*, que estás siendo *deseada*.

Y lo hizo. Me habló de cómo me comería, de cómo me retorcería, de cómo me haría alcanzar un clímax que ni el mejor orgasmo físico podría igualar. Y yo lo sentí. Lo sentí como si estuviera ahí, como si sus labios rozaran los míos, como si sus dedos me recorrieran, como si su voz me envolviera como una manta caliente en una noche fría.

Cuando por fin me dejó, escribió: «Hoy fue lindo. Mañana… ¿te vuelvo a escribir?». Le respondí con una foto mía: mi pelo despeinado, mi labio un poco hinchado por haberlo mordido, y una sonrisa que decía más que mil palabras.

Y le escribí: «Sí. Pero esta vez… me tocas de verdad».

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