El Vino y el Arena
La primera vez que lo vi sentado en el banco de madera del jardín del club de tenis, supuse que era un viejo cliente que había vuelto tras años de ausencia. No lo reconocí de inmediato —el tiempo le había despojado de ciertos ángulos duros, pero no de la autoridad que lo habitaba—. Llevaba una camisa blanca abierta hasta el ombligo, los brazos morenos y musculosos como raíces de ceiba bajo el sol de enero. Tenía sesenta y tres, me dijeron después. Pero en ese instante, lo que me llamó la atención no fue la edad, sino cómo se movía: con la lentitud calculada de quien ya no tiene nada que demostrar, y eso lo volvía más peligroso.
Yo había ido a buscar a mi hermana, que jugaba con su equipo de veterans. Me quedé tomando un gin tonic en la terraza, mirando el polvo dorado que flotaba en el aire como partículas de luz. Él me vio antes que yo lo viera, y cuando al fin levanté la mirada, sus ojos no se desviaron. No sonrieron. Solo me sostuvieron. Y yo —que desde los veinticinco no me pongo nerviosa con nadie— sentí un hormigueo en la nuca, como si el viento hubiera cambiado de dirección.
Mi hermana me llamó, pero yo ya no escuchaba. Él se levantó, se sacudió el polvo de los pantalones beige, y caminó hacia mí con esa postura que tienen los hombres que saben que el mundo les cede espacio. No apresuró el paso, no simuló casualidad. Simplemente vino.
—¿Vos sos la hermana de Lucía? —me preguntó, y su voz era grave, como el trueno lejano que no llega a romperse.
—Sí —respondí, y me di cuenta de que mi voseo sonaba más firme de lo habitual—. Y vos sos Daniel.
—¿Cómo sabés mi nombre? —preguntó, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, pero que sí le temblaba en la comisura de los labios.
—Lucía me habló de vos. De tu torneo de veteranos. De cómo ganaste el año pasado a ese tipo del Yacht Club, el que tiene el bote de veintiséis pies.
Daniel asintió, lento, satisfecho. Me miró la garganta, luego los ojos, y por un instante, supe que no estaba hablando de tenis.
—Me gustaría que nos conociéramos mejor —dijo, y en ese momento sí me ofreció la mano. Pero no como quien saluda. Como quien extiende una invitación. Una concesión.
—Yo también —respondí, y le apreté la mano con fuerza suficiente para sentir la textura de sus nudillos, el calor de su piel, la seguridad de su agarre.
Nos vimos al día siguiente en el bar de la esquina, ese que tiene mesas de madera en la vereda y luces bajas que no invitan, sino que permiten. Nos sentamos en una esquina tranquila, y él pidió dos whiskies dobles, bien fríos. Yo tomé vino tinto. El suyo lo bebió de un trago, y luego me lo volvió a llenar sin preguntar. Ya me conocía.
—Contame algo que no sepa —dijo, y esta vez sí hubo una sonrisa real, pequeña, íntima.
—Soy hija única. Mi padre murió cuando tenía diez años. Mi madre se fue a vivir a Mar del Plata hace seis, con un pianista de jazz que toca en bares de nights. Yo me quedé. Me gustan los lugares que ya no existen más.
—¿Como este club? —preguntó, mirando alrededor.
—Como este club —reconocí—. Pero también como ciertas noches en las que uno sabe que va a hacer algo que no debería, y lo hace igual.
Daniel dejó el vaso sobre la mesa. Me tomó la mano, no para apretarla, sino para rozar con el pulgar la línea de mi muñeca. Me miró como quien descubre un mapa que creía perdido.
—¿Y qué es lo que vas a hacer hoy, cuando volvás a casa?
—No lo sé —respondí, y la verdad era que no lo sabía—. Pero vos me estás mirando como si ya lo supieras.
—Lo sé —dijo—. Pero no lo diré hasta que vos me lo digas primero.
Esa fue la primera regla que me ofreció: que yo decidiera cuándo, cómo y por qué. No era un mandato. Era un regalo.
La semana siguiente fuimos al campo de él, en Punta del Este. No era lujoso, sino severo: una casa de piedra y vidrio, rodeada de árboles que filtraban la luz como cintas de seda. No había música, ni humo, ni velas. Solo el sonido del viento entre los pinos y el mar, lejos.
Esa noche, después de cenar filet mignon con puré de trufa, nos sentamos en el porche, con dos copas de coñac. El fuego en la chimenea crepitaba como un latido lento. Me miró mientras me quitaba los zapatos, y cuando se acercó a mí, no me tocó. Solo se puso de pie frente a mí, y me dijo:
—Vení.
No era una orden. Era una invitación a cruzar una puerta que ya estaba entreabierta.
Subimos las escaleras de madera en silencio. La habitación era amplia, con una cama gigante, sin sábanas blancas ni almohadas perfectamente alineadas. Sólo sábanas de lino gris, ligeramente arrugadas, como si ya hubieran estado allí mucho tiempo.
Me desabotonó la blusa con lentitud, cada botón una pausa, un suspiro. No me quitó la ropa interior aún. Me besó primero en el cuello, despacio, como si estuviera aprendiendo el sabor de mi piel. Luego, con la yema de los dedos, me trazó la línea de la espalda, bajando hasta la cintura, hasta las caderas, hasta donde el algodón de mis pantalones se apretaba contra la curva de mis muslos.
—Sos hermosa —susurró—. Y no es solo lo que veo. Es cómo te movés. Es cómo me mirás. Es cómo me dejás acercarme.
No dije nada. Solo me dejé llevar.
Cuando me tendió sobre la cama, me miró con los ojos cerrados, como si estuviera guardando una foto que no quería perder. Luego, con la palma de la mano, me acarició el pelo, y me dijo:
—Quiero verte cuando te despojés de todo lo que te falta.
Me senté. Me quité los pantalones, despacio. Lo hice mirándolo a los ojos, y cuando estuve en ropa interior, no me ruboricé. Me sentí poderosa. Porque era él quien me miraba, pero yo era quien me dejaba mirar.
Me tendió la mano. Me levanté. Me quitó la blusa, luego el sujetador, y cuando por fin me tocó con las manos desnudas, no fue un gesto. Fue una declaración. Me tomó los pechos con la firmeza de quien los conoce desde siempre, los apretó con ternura, los rozó con el pulgar hasta que mis pezones se endurecieron como piedras de mar.
—Ahora, querida condesa —dijo, usando ese apodo que me había puesto en broma la primera vez que nos vimos, y que ahora sonaba como una promesa—, ¿me dejás garcharte?
No lo dije enseguida. Lo dejé colgando en el aire, como una pregunta que merecía ser escuchada.
—Sí —respondí, y lo empujé suavemente hacia atrás, para que se tumbara—. Pero vos primero. Quiero ver cómo te pones.
Se quitó la camisa, y entonces lo vi. Su pecho, amplio, cubierto de vello cano, pero denso, fuerte. Las cicatrices de una vida vivida: una en el hombro izquierdo, de una caída en bicicleta a los veinte; otra en el antebrazo, de un corte de cristal en una cena de fin de año. Todo él era historia, y yo quería leerla con las manos, con la boca, con el cuerpo entero.
Me senté sobre sus muslos, con las rodillas separadas, y le desabroché el cinturón. Lo hice con calma, con deliberación, y cuando lo sentí durísimo contra mi vientre, me incliné y le besé la punta del pene a través de la tela de los pantalones.
—Me encantás —le dije—. No por lo que hacés, sino por lo que sos.
Y luego, con la mano libre, le abrí la bragueta, lo saqué, y lo sostuve entre mis dedos, sintiendo su peso, su calor, la arteria que latía como un tambor.
—Ahora —dije—, me garchás. Pero con cuidado. Quiero sentir cada centímetro.
Y así fue. Sin prisa, sin teatralidad. Solo dos cuerpos que se reconocen, que se tocan, que se dejan llevar por un deseo que no nació de la urgencia, sino de la paciencia. De la certeza de que ambos saben lo que quieren, y lo van a tomar.
Cuando vine, lo hice con sus dedos dentro de mí, con sus labios en mi cuello, y con su nombre en mis labios. No fue un grito. Fue un susurro, un confesión. Un adiós a la duda.
Y cuando todo terminó, nos quedamos abrazados, con la sábana enredada en las piernas, y él me
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