El viernes que mi mujer y yo nos acostamos con la misma pareja
11 minEl viernes que mi mujer y yo nos acostamos con la misma pareja
Sí, lo confieso: fue mi idea. No la de ella, no la de ellos. Yo. La noche del viernes 23 de junio, mientras cenábamos en el balcón con una botella de malbec medio vacía y la ciudad latiendo en la distancia, le dije, sin mirarla de frente, como si fuera un comentario casual sobre el tráfico: “¿Y si lo hacemos?”, y ella, sin dejar de cortar el queso, me miró de reojo, sonrió con esa sonrisa que solo tiene cuando ya sabía que iba a decir eso antes que yo, y dijo: “¿De verdad?”.
Nos llamamos Mateo y Lucía. Llevamos cinco años juntos, casados dos, y desde el principio lo tuvimos claro: el amor no es posesión, es confianza. No es que estuviéramos aburridos —al contrario—, ni que necesitáramos reavivar la llama. La teníamos encendida, sí, pero como una vela que ya lleva tiempo ardiendo: hermosa, sí, pero con el fuego un poco estático. Queríamos explorar el fuego nuevo, el que quema distinto, el que te hace sentir que aún puedes arder sin consumirte.
Habíamos hablado del swinger desde el primer año. No como una fantasía urgente, sino como un mapa lejano, algo que se contempla desde la ventana, sabiendo que un día puede entrar por la puerta. Buscamos el lugar indicado, la gente indicada: no cualquier fiesta, no cualquier pareja. Queríamos respeto, discretos, pero sin hipocresía. Por eso, cuando una amiga común nos recomendó a un grupo que se reía con frecuencia en un loft de San Ángel, aceptamos sin dudar. No nos dijeron nada de reglas, pero las entendimos en el primer vistazo: miradas que se cruzan, palabras que se callan, gestos que se invitan.
Eran las 21:30 cuando llegamos. Lucía iba con un vestido negro de tirantes finos, escotado por delante pero discreto por detrás, y zapatos de taco medio que le dibujaban el tobillo como un suspiro. Yo, vaqueros ajustados, camisa blanca abierta hasta el ombligo, sin reloj ni anillo de casado. Me lo había quitado antes de salir. No quería señales de posesión. Solo señales de deseo.
El loft era alto, con paredes en blanco y luz natural que aún colaba por las grandes ventanas. El aire olía a incienso, vino tinto y piel caliente. Había una docena de personas, mezcla de edades, de cuerpos distintos, todos con esa misma energía: relajados, atentos, abiertos. No había máscaras, ni disfraces, ni máximas de “disfrazarse de alguien más”. Solo gente real, con sus cuerpos reales, y una sonrisa que decía: “Estoy aquí, y tú también puedes estarlo”.
Fue allí donde los vimos. Ellos. No “ella” ni “él”, sino *ellos*: dos hombres, juntos desde hacía ocho años, según me dijo después una chica que los conocía. El más alto, de piel morena clara, pelo castaño corto, mandíbula cuadrada, ojos verdes como hojas recién lavadas. Se llamaba Daniel. El otro, más bajo, de tez clara, cabello rubio ceniza, gafas redondas y una sonrisa que no le dejaba de sobra. Era Lucas. Ambos llevaban jeans, camiseta negra, sandalias. Nada llamativo. Solo dos hombres que parecían cómodos en su propia piel, y eso, para mí, es lo más seductor que existe.
Lucía me tomó del brazo, levemente, como para recordarme que aún estábamos juntos —aunque sabíamos que esa noche ya no lo estaríamos del todo—, y me susurró: “Mira cómo te mira el alto. No está fingiendo”. Y era cierto: Daniel me estaba mirando con una atención que no era solo visual. Era como si me estuviera leyendo con las manos, paso a paso. Y yo le devolví la mirada, sin miedo, sin vergüenza. Y sonreí.
Fue Lucas quien se acercó primero. Se detuvo frente a Lucía y le dijo, con una voz suave, casi infantil, pero con una seguridad que no le cabía en el cuerpo: “Eres más hermosa en persona que en las fotos”. Ella, sin inmutarse, le respondió: “Tú sí que no te ganaste el premio de la fealdad, ¿verdad?”. Él se rió, se quitó las gafas y las guardó en el bolsillo delantero del jeans. “Esa es una de las mejores formas de flirteo que he escuchado en años”, dijo. Y se volvió hacia mí: “Y tú, ¿vienes con la autorización de tu pareja?”. Le dije que sí con la cabeza, sin apartar la vista de Daniel, que ya estaba a dos pasos de nosotros.
Daniel me tendió la mano. No una handshake cualquiera. Una que empezó en los dedos y terminó en la muñeca, con una presión breve, firme, y una pausa que duró tres segundos más de lo necesario. “Soy Daniel”, dijo. “Y tú eres Mateo. El que le hace reír a Lucía con tus chistes malos”. Le sonreí. “El mismo. Y tú eres el que la mira como si ya supieras lo que va a decir antes de que abra la boca”. Él asintió, sin quitar la mano de mi muñeca. “Sí. Ya lo sé”.
Lucía se acercó a Lucas y le ofreció su copa de vino vacía. “Vuelve a servirme”, le pidió. “Y dime: ¿cuánto tiempo llevas sin hacer el amor en una cama de verdad?”. Él me miró a mí, luego a ella, y dijo: “Hace tres semanas. La última vez fue con Daniel, en una habitación de hotel con olor a cloro. Fue… lento. Preciso. Perfecto. Pero no fue esto”. “¿Y esto qué es?”, preguntó ella, inclinando la cabeza. Él se acercó hasta rozarle el hombro con la nariz. “La curiosidad. El descubrimiento. Lo que pasa cuando sabes que no estás solo en el deseo”.
Estuvimos hablando así, en círculos, sin presión, sin prisa. Alguien puso música: una mezcla de jazz lento y sintetizadores retro. Las luces se bajaron un poco. Lucía se levantó y me tendió la mano. “Vamos a bailar”, dijo. Y fue así como comenzó el primer baile: ella y yo, con las manos en la cintura, la frente apoyada en la de ella, respirando el mismo ritmo. Él, Daniel, se acercó y me puso las manos en las caderas, mientras yo mantenía las mías en la cintura de Lucía. Nos movimos así tres canciones, con las miradas cruzadas entre los tres, con risas cortas, con gestos que no necesitaban palabras.
Lucía se separó de mí, sin perder el contacto con Daniel, y me susurró al oído: “¿Te parece si lo probamos?”. Le dije que sí. Y sin más, ella tomó su blusa y la subió lentamente por encima del pecho, dejando al descubierto un sujetador negro de encaje, con los tirantes finos. Daniel, sin romper el baile, se agachó un poco y le quitó los zapatos, con una ternura que no esperaba. Le masajeó los pies, uno por uno, mientras ella cerraba los ojos y me miraba con una sonrisa que ya no era solo nuestra.
Yo me quitó la camisa y la lancé a un lado. Daniel me cogió la muñeca y me tiró suavemente hacia él. Me acercó la boca al cuello y me dijo: “¿Quieres que te toque?”, y yo asentí, sin pensar. Sus dedos se deslizaron por mi cuello, por mi pecho, por el borde del pantalón, y cuando sus manos llegaron a mis nalgas, las apretó con fuerza, como si me estuviera midiendo, como si me estuviera reconociendo.
Lucía, meanwhile, se había vuelto hacia Lucas. Se había quitado el vestido ya, y ahora solo le quedaba el encaje y los calcetines. Estaban frente a frente, sin tocarse, solo mirándose, como si el otro fuera un espejo. Y luego, como si fuera un instinto, Lucas le pasó una mano por la cintura, la jaló hacia él, y la besó. No un beso rápido, ni un beso de prueba. Un beso profundo, lento, con lengua, con labios que se humedecían, con respiraciones que se entrelazaban.
Yo no me quedé quieto. Me deslicé las manos por los muslos de Daniel, y cuando sentí su respiración acelerada, le dije: “Quiero verte desnudo. Ya”. Él asintió, me soltó la muñeca y se dio media vuelta. Me agaché detrás de él, desabrochándole el cierre del jeans con lentitud, con los ojos puestos en Lucía, que ahora estaba de rodillas frente a Lucas, con las manos sobre sus muslos, mirando cómo él se deshacía de su camiseta.
Daniel se quitó el jeans y las bragas juntos, y allí lo vi: su pene, flácido, pero firme, con una circuncisión perfecta, y los testículos colgando bajos, pesados. Me levanté y le pasé una mano por encima, sintiendo el calor, el peso, la textura. Me giré y le dije a Lucía: “Tú primera. Ella te quiere ver”. Y ella, sin dudar, se levantó de rodillas, tomó el pene de Daniel entre sus manos, lo frotó con lentitud, y lo llevó a su boca. No se lo metió todo. Solo lo rozó con los labios, lo besó, lo lamió como si fuera un postre que quería probar sin terminarlo.
Daniel suspiró, cerró los ojos, y me dijo: “Tú también. Acércate a ella. Hazle sentir lo que te haces sentir a mí”. Me acerqué, me puse detrás de Lucía, le aparté el pelo de la nuca, y le besé el cuello, mientras le pasaba una mano por el estómago, bajaba hasta el borde del encaje, y le separaba las bragas con los dedos. Sentí su humedad antes de tocarla. Ya estaba mojada. Ya lo estaba desde que Lucas la miró la primera vez.
Le separé las bragas del todo, y le metí dos dedos dentro, lentamente. Ella gimió, bajó la cabeza, y Daniel, que ya no podía aguantar, la empujó suavemente y se puso frente a ella. Le agarró las nalgas con fuerza, y le dijo: “Abre la boca”. Y ella lo hizo. Él se metió todo el pene, hasta la raíz, y Lucas, que ya estaba desnudo, se puso detrás de Lucía y le metió una mano entre las piernas, mientras yo seguía acariciándole el clítoris con el pulgar.
Fue entonces cuando Daniel se retiró, se volvió hacia mí, y me dijo: “Tú. Quiero verte dentro de ella. Quiero ver cómo te mueves”. Me levanté, tomé una condón del bolsillo del jeans (siempre llevo una en el izquierdo, por si acaso), me la puse con rapidez, y me acerqué a Lucía. Le aparté el pelo de la cara, le besé los labios, y le dije: “¿Estás lista?”. Ella me miró con los ojos entrecerrados, con la respiración entrecortada, y me respondió: “Sí. Ponme a prueba”.
Me puse entre sus piernas, le aparté el encaje, y le metí la punta del pene. Me costó un poco entrar, porque estaba muy mojada, pero no por eso más estrecha. Al contrario, su cuerpo se abrió como si me estuviera esperando. Le di unos cuantos empujones suaves, sin forzar, y cuando sentí que ya estaba dentro, hasta la raíz, le dije: “Mira a Daniel. Míralo ver cómo te coges”.
Lucía levantó la vista. Daniel estaba de pie, con las manos en las caderas de Lucas, que ya lo estaba follando con una intensidad que no necesitaba palabras. Ella me miró, y me dijo: “Sígueme”. Y yo empecé a moverme, lento al principio, para que se acostumbrara, para que se dejara llevar. Pero ella me pidió más. Me agarró del cuello, me jaló hacia ella, y me dijo: “Más fuerte. Quiero sentirte hasta en la garganta”.
Y yo la cumplí. Le di más ritmo, más profundidad, y cada vez que la golpeaba con fuerza, sentía cómo Daniel se tensaba detrás de Lucas, y cómo Lucas le mordía el hombro para no gritar. Lucía se vino antes que yo. No fue un estallido, fue una ola que la arrastró hacia atrás, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, las uñas clavadas en mi espalda. Y yo la seguí, sin dudar, sin temer, y me vine dentro de ella, con fuerza, con ganas, con la certeza de que nunca antes había sentido nada así.
Daniel se vino al mismo tiempo que yo. Se deshizo de Lucas y se corrió sobre su propio estómago, con los ojos cerrados, respirando como un loco. Lucas, que ya no aguantaba, se sacó el pene de Lucía —que aún lo tenía entre sus piernas, sin soltar— y se corrió sobre su pecho, con un gemido que parecía de alivio.
Quedamos así, un rato: ella entre mis brazos, con el pene de Lucas aún colgando de su muslo, Daniel sentado en el suelo, con Lucas recostado en su hombro. Nadie habló. Solo respiramos. Solo nos miramos. Solo nos tocamos con las manos que ya no necesitaban decir nada.
Cuando nos levantamos, cuando nos vestimos, cuando nos despedimos con abrazos largos y promesas de volver, Lucía me tomó de la mano y me dijo: “No fue lo que pensaba. Fue mejor. Mucho mejor”. Y yo le respondí: “Sabía que lo sería. Porque lo hicimos con amor. Porque no fue una fantasía. Fue una elección”.
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Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.