El viernes que mi esposa y yo fuimos a coger con el vecino

El viernes que mi esposa y yo fuimos a coger con el vecino

@natalia_fuego ·22 de junio de 2026 · 🔥 4.9 (22) · 321 lecturas · 7 min de lectura

Eran las ocho y media de la noche del viernes, y el calor de junio en Guadalajara pegaba fuerte, pegado, como un abrazo sudoroso. El teléfono vibró en el bolsillo trasero de Daniel: *“¿Te parece si llamamos aCarlos? Ya llevamos un mes sin joder a nadie, y hoy me pica la espalda.”* Era Lucía, su esposa, escribiendo con esa mezcla de candor y picardía que solo lleva años de cama compartida. Carlos era su vecino, el del número 47, alto, moreno, con los brazos llenos de tatuajes de dragones y un pene que hasta entonces solo habían imaginado por los gruñidos que escuchaban cuando las ventanas estaban abiertas.

Lucía ya se había duchado, con el pelo húmedo colgándole en mechones oscuros sobre los hombros, y la camiseta mojada que le marcaba los pechos redondos, firmes, con pezones duros como canicas bajo el algodón. Daniel, en short y camiseta, se acercó y le pasó la mano por la cintura, bajándola hasta las nalgas.

—¿Te acuerdas de cómo se le veía la verga a tu mamá cuando la abrazaba? —le dijo, con voz grave y burlona.

Lucía se rió, pero no negó. Soltó el teléfono y le agarró el polluelo a través del short, apretando con la palma.

—¿Oye, y si sí le decimos que pase? Que ya nos lo hemos imaginado cien veces, ¿no?

Daniel asintió. El corazón le latía fuerte, pero no de miedo: de ganas. Hacía tiempo que no sentía esa mezcla de culpabilidad y expectativa que te hace sentir vivo, como si estuvieras a punto de saltar de un edificio y saber que vas a caer bien.

Carlos respondió en menos de cinco minutos: *“Llego en quince. Traigo vino, hielo y un condón de los grandes.”*

A las 8:52, tocó el timbre.

Abrió Lucía, sin sujetador, con una falda corta y sandalias de tira trasera. Carlos, con camiseta negra y jeans ajustados, se le quedó viendo de arriba abajo, mordiéndose el labio.

—¡Qué pinta la tienes! —dijo, sin disimulo, entrando con una botella de tequila y una bolsa de hielo.

Daniel lo saludó con la mano, pero no le estrechó la mano. Se dieron un abrazo corto, pero fuerte, con la espalda pegada y la respiración agitada. Carlos olía a jabón de menta y sudor, a hombre que se mueve poco pero con fuerza.

—¿Empezamos por el vino o por la verga? —preguntó Lucía, sentándose en el sofá y abriendo el tequila.

Carlos se sentó a su lado, le pasó la mano por la rodilla, subió hasta la muslo, y lo apretó.

—Primero la verga, pero con calma. Que no se enfríe el hielo.

Daniel se quitó la camiseta y se sentó frente a ellos. Carlos le pasó la botella y Daniel tomó un trago largo, sintiendo el fuego bajarle por el esófago.

Lucía se acercó a Carlos y le besó el cuello, mordiéndole suavemente. Carlos soltó un gruñido y le abrió la falda, deslizando los dedos por el borde de su braga de encaje.

—¿Estás mojada? —le preguntó, jaloneando el tejido con los pulgares.

—Sí —respondió ella, con voz quebrada—. Desde que te vi subir la escalera.

Daniel ya tenía el short bajado, la verga tiesa, con la punta húmeda. Carlos se volteó y lo miró, luego volvió a mirar a Lucía, y luego a Daniel.

—¿Te pica que la veas cogerme? —le preguntó Lucía, poniéndose de pie y quitándose la falda. Quedó con la camiseta y el braga, y se acercó a Carlos, agachándose frente a él.

Carlos le abrió el jeans, lo bajó junto con el calzoncillo, y su polla saltó hacia afuera: gruesa, larga, con el prepucio oscuro y un glande rosado, ya hinchado. Lucía le pasó la lengua por la punta, lamiendo como si no hubiera mañana.

Daniel se acercó y le sujetó la nuca, empujando su cara hacia la verga de Carlos.

—Tráela toda —le ordenó—. Que se la chupe como si fuera lo último que le queda en el mundo.

Lucía lo hizo, con la boca abierta, tragando la polla hasta la raíz, con la nariz pegada al vello púbico de Carlos. Este soltó un suspiro ahogado y le agarró la cabeza, moviéndola suavemente, de arriba abajo, como si estuviera montando una montaña rusa.

Daniel se despojó del short y se sentó al lado, con la verga en la mano, frotándose la punta contra el borde del coño de Lucía. Ya estaba mojada, con el agua de su excitación resbalándole por los labios.

—Dame un dedo —le dijo Lucía, y Daniel se lo metió, sintiendo su calor, su apretón. Carlos, entre gruñidos, la soltó y le dio la vuelta, poniéndola de pie frente a él.

—¿Quieres que te meta la verga ya o prefieres que primero te chupe el coño como debe ser?

—Mejor la verga —dijo ella, agachándose y empujando la cola hacia atrás—. Que ya me pica el hueco.

Carlos se puso detrás de ella, le apartó las nalgas con las manos y le rozó la punta de la verga contra su entrada. Daniel, sentado en el sofá, ya se estaba frotando con fuerza, con la mano cerrada en su polla, imaginando cómo se sentiría su esposa con otra polla dentro.

—¿Te gusta verla así? —le preguntó Carlos, sin dejar de frotar la punta contra el ano de Lucía.

—Sí —dijo Daniel—. Me chinga verla con la cola para arriba, esperando que la claven.

Carlos le dio un empujón suave a Lucía, y se metió dentro de ella, lento, hasta la raíz. Ella soltó un grito agudo, como un maullido de gata en celo.

—¡Joder, Daniel! —gritó—. ¡Me la metió entera!

Daniel ya no aguantó más. Se levantó, se acercó, y le pasó la mano por el pelo a Carlos, que ya empezaba a sacarse y meterse, con fuerza, con ganas.

—Déjame verla —dijo Daniel—. Que la mire coger.

Carlos se giró un poco, y Daniel se puso detrás de Lucía, le apartó el pelo de la nuca y le mordió la oreja.

—¿Te gusta que te cogue tu marido mientras te jode tu vecino? —le preguntó, con la voz rasposa.

—Sí —susurró ella—. Me chinga que sepan que mi polla la puede tener cualquiera.

Carlos aceleró. Lucía, entre jadeos, se agarró del brazo de Daniel, con las uñas clavadas en la piel. Carlos la cogía con fuerza, con golpes cortos y duros, y cada vez que entraba, Lucía gritaba su nombre como si fuera una oración.

—¡Carlos! ¡Me la estás clavando! ¡Dale más fuerte!

Daniel se soltó la polla y se puso frente a ella. Le apartó una mano y le metió dos dedos en la boca.

—Chupámelos —le dijo—. Que Carlos te la meta tan fuerte que se te olvide hasta tu nombre.

Lucía chupó los dedos, con los ojos cerrados, mientras Carlos la cogía con la boca cerrada, sin soltar un solo gruñido. Daniel se puso detrás de Carlos y le pasó la mano por la verga, con la punta pegada al culo de Lucía, que ya sudaba, con la camiseta subida, el ombligo brillante.

—¿Quieres que te meta la verga por el culo, cariño? —le preguntó Daniel, con la voz temblorosa.

—Sí —dijo Lucía, sin dudar—. Que me la claven de los dos lados.

Carlos se sacó, y Lucía se volteó, con la polla de Carlos aún colgándole de la mano. Daniel se puso frente a Carlos y le pasó la mano por la polla, mientras Carlos le abría la boca.

—Chúpamela —dijo Daniel—. Que tu esposa me la está chupando.

Lucía ya estaba arrodillada, con la cabeza entre las piernas de Daniel, y lo estaba chupando con ganas, con la lengua en el glande, tragando la verga hasta la raíz. Daniel le agarró la cabeza y la empujó, mientras Carlos, detrás de él, le metía un dedo en la boca, frotándole la lengua.

—¡Me voy! —gritó Lucía, con la polla de Daniel entre sus labios.

—¡A mí también! —dijo Carlos, con la verga apretada.

Se giró y le metió la polla en el coño de Lucía otra vez, esta vez con

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