El viernes que me garcharon entre tres en el depósito de la pileta
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Era viernes a la tarde, el sol ya se desinflaba en el horizonte y el calor de julio, ese frío húmedo que no perdona en Buenos Aires, se había vuelto más llevadero. Yo estaba en el depósito de la pileta del club, un espacio techado pero abierto por los costados, con bancos de madera desgastados, grifos oxidados y el olor a cloro y sudor que no se va nunca. Me había quedado atrás, fingiendo arreglar una toalla que no necesitaba, solo para no salir corriendo con los demás. Me llamaba Leandro, 32 años, tipo promedio, nada destacable salvo que tenía una mirada un poco intensa y me gustaba que me miraran. Y esa noche, por primera vez en mi vida, iba a ser el centro de atención.
Llegaron ellas dos: Martina y Lucía. Ambas tenían 29, ambas eran de las que no se esconden, que caminan con las caderas marcando terreno. Martina, de pelo corto, tatuajes en los brazos y tetas grandes pero naturales, con pezones morenos y duros que se le marcaban contra el top de malla. Lucía, más rubia, piernas largas, cintura estrecha y culo que se notaba hasta con pantalones anchos. Hablaban entre risas, como si ya se hubieran dicho algo que las mantenía prendidas. Me vieron y se acercaron sin dudar.
—¿Te quedaste esperándonos, pijo? —me dijo Lucía, poniéndose frente a mí, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo, el perfume dulce y agrio, como fruta madura.
—No sé de qué hablás —mentí, pero me puse rígido, el pene empezó a crecer contra el pánfilo.
—Sí, sí, claro que sí —se burló Martina, que ya me tenía agarrado de la camisa y tiraba suavemente para acercarme más—. Estabas mirando.
—Claro que lo estaba — admitted, y por primera vez sentí ese cosquilleo en la nuca, esa sensación de que algo iba a cambiar.
Lucía me pasó una mano por el pecho, lentamente, hasta la cintura del pantalón. Me miró a los ojos mientras lo hacía, como desafiándome a detenerla. No lo hice. Me agarré de su muñeca y la dejé seguir. Bajó la mano, rozó el bulto que ya se notaba, y luego, sin romper el contacto visual, me soltó.
—Vamos al fondo —dijo—. Nadie nos ve.
El depósito quedaba al fondo del club, detrás de los baños masculinos, con una puerta de metal verde que daba a un estrecho pasillo de ladrillos a la vista. Había una luz colgando, una bombilla desangelada que daba más sombra que luz. Nos adentramos. Martina cerró la puerta con un golpe seco. El aire se volvió más denso, más cargado.
—Después de tanto tiempo, ¿vos querés que te garche, Leandro? —preguntó Lucía, poniéndose de rodillas sin pedir permiso, como si ya lo hubiéramos planeado. Me agarró de los cordones de los zapatillas y tiró para afuera.
—Sí —dije, con voz más firme de lo que esperaba—. Sí, me gusta.
Se sacó la remera primero, después el top. Se puso de pie frente a mí y me desabrochó el cierre. Me bajó el pantalón y la ropa interior juntos, hasta las rodillas, y me dejó ahí, con el pene tieso, negro en la punta, húmedo en la cabeza. Me temblaban las piernas.
—Mirá cómo lo tenés —dijo Martina, que ya se había despojado de la pollera y estaba de pie, con el short de malla apretado en las caderas, las tetas al aire, los pezones duros como clavos. Se acercó, me palpó los testículos con suavidad, y luego me agarró el glande entre los dedos.
—Vas a entrar primero, ¿sí? —me dijo Lucía, que ya tenía el short bañero bajado y me mostraba su concha, pelada, húmeda, con los labios abiertos como promesa.
—Sí —repetí.
Lucía se sentó en el banco de madera, las piernas abiertas, las manos atrás sosteniéndose. Me puse frente a ella, con el pene en su altura, y la besé en la boca mientras le rozaba la concha con la punta. Se estremeció. Me separé un poco, la miré, y le dije:
—Quiero verte garcharme.
Me besó de nuevo, esta vez más profundo, y me soltó la lengua dentro de la boca. Con la otra mano me agarró el culo y me empujó hacia adelante. Sentí su humedad, su calor, su concha que me chupaba la punta como si me esperara. Me puse de puntitas, la cabeza le rozó el clítoris, y ella soltó un gemido bajo, ahogado en mi boca.
—Ahora —dijo Martina, que ya se había bajado el short de malla y estaba parada a mi lado, con el dedo índice en su propia concha, frotándose lento, los ojos cerrados—. Entrá, imbécil.
Me puse entre sus piernas, la empujé con suavidad para que se abriera más, y con una mano en su cadera y la otra en mi culo, empecé a empujar. Entré poco a poco, la sentí apretada, cálida, mojada. Se quejó suavemente, pero no se apartó. Me detuve un momento, con el pene entero dentro, la cabeza presionando su fondo, y la besé en el cuello.
—Estás hermosa —le dije.
—Andá, seguí —dijo Lucía, con los ojos cerrados, la boca entreabierta.
Empecé a moverme. Lento, para que ella se acostumbrara. Se agarraba de mis brazos, la cabeza hacia atrás, la boca entreabierta. Martina, mientras tanto, se había quitado el top y ahora estaba de pie frente a Lucía, con las manos en las rodillas de la otra, inclinada hacia adelante, la lengua fuera, lamiéndole el clítoris con fuerza. Se oía el sonido húmedo de su boca, el grito ahogado de Lucía, el crujido de los bancos de madera.
Yo cogía a Lucía con rhythm constante, cada empuje más profundo, cada vez que la sentía estremecerse. Entonces Martina se levantó, se acercó a mí, y con una mano me agarró del pelo y con la otra me tomó el culo, juntándome más a Lucía. Me besó en la boca, con su lengua, con su sabor, mientras yo seguía cogiendo a su amiga. Sentí el pene de Lucía, que se había puesto dura al lado mío, una entrepierna que se rozaba contra la mía, sudor y calor. Lucía gritó, y Martina me soltó el pelo para agarrarle los pechos, apretándoselos con fuerza, y le mordió la oreja.
—Sí, sí —le susurró—. Vení, que te lo voy a hacer explotar.
Lucía se deshizo en mi mano, con un grito que se ahogó en mi hombro. Yo todavía no había llegado, pero ya me sentía a punto. Me deshice de Martina con suavidad, me levanté, me saqué el pantalón del todo y me puse frente a ella. Me agarró de los testículos, los apretó con fuerza, y me empujó hacia adelante. Me puse entre sus piernas, que ya estaban abiertas, y la cogí como si no hubiera un mañana. Le metí el pene hondo, con fuerza, y ella me gritó en la boca: “¡Sí, sí, sí!”.
Me senté en el banco, la senté sobre mí, y la dejé que se mueva. Ella subía y bajaba, con las manos en mis muslos, la cabeza hacia atrás, el pelo colgando, los pechos saltando con cada movimiento. Me besó en el cuello, me mordió el hombro, me lamió el pezón. Le dije que me chupara el pene, que se lo metiera todo, y lo hizo, con los ojos fijos en los míos, como si me estuviera prometiendo algo.
—Ahora yo —dije, y me levanté de un salto, la tomé del pelo y la empujé hacia atrás, contra el banco. Le metí dos dedos, luego tres, hasta que la sentí estremecerse otra vez. Me puse de rodillas detrás de ella, le abrí los labios con los dedos, y le metí el pene otra vez, de golpe. Ella gritó, pero no se quejó, solo se agarró del borde del banco y empezó a empujar hacia atrás, contra mí.
—Estoy a punto —dije.
—Cógeme, pija —dijo ella, sin dudar.
Sentí que me volvía loco, que el cuerpo me temblaba, que el pene me palpitaba dentro de su concha. Me desahogué, con un gemido que no pude contener, el semen salió a chorros, caliente, espeso, mientras ella se apretaba a mí, como si también ella quisiera quedarse con algo mío.
Me levanté, me limpié con una toalla que había en el
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