El viernes que me cogieron los dos hermanos y su prima
6 minEl viernes que me cogieron los dos hermanos y su prima
La primera vez que Mateo cruzó la puerta de la casa de los hermanos García, lo hizo con la excusa de una cena de cumpleaños. Pero desde que vio a Lucía aparecer en la entrada con ese vestido ajustado que le marcaba las curvas de la cintura hasta las nalgas, supo que esa noche no sería cualquier cena. Tenía los ojos oscuros, el cabello suelto hasta los hombros, y una sonrisa que parecía saber algo que él aún no descubría.
—¡Mateo! —lo saludó Lucía, acercándose con paso pausado—. Aún no sabía que traías a la familia entera.
—Solo vine yo —dijo él, sintiendo el calor en las orejas—. Mis hijos están con su mamá este fin.
—Entonces… —Lucía le dio un ligero codazo, juguetona—. Nos toca cuidarte mejor, ¿no?
Fue entonces cuando apareció David, el hermano mayor de Lucía, con una cerveza en la mano y esa mirada de quien ya había planeado algo.
—¿Te gusta el mezcal? —preguntó, sin esperar respuesta—. El de mi papá. El que guardamos para ocasiones… especiales.
Mateo asintió. Y cuando la copa rozó sus labios, supo que el alcohol no era lo único que iba a calentarle la garganta.
La cena transcurrió entre risas, chistes de hermanos que se conocían desde niños, y miradas que se cruzaban sin decir nada. Lucía servía el postre con una cuchara que se le deslizó por los dedos, rozando el dorso de la mano de Mateo por accidente —o no—. David, sentado frente a ellos, sonrió como si hubiera notado todo.
—¿Te gustan los helados? —preguntó Lucía, acercándose con una tarrina de vainilla—. A David le encanta meter la cuchara… y luego sharearla.
Mateo tragó saliva.
—No suelo ser de compartir cucharas —respondió, bajando la voz—. Pero hoy… podría hacer una excepción.
Lucía le guiñó un ojo y se sentó a su lado, con las piernas cruzadas que dejaban ver el brillo de una liga bajo el vestido. David se levantó, fue al cuarto y regresó con una botella de tequila, dos vasos y una caja pequeña de madera.
—¿Alguna vez has hecho un trío? —preguntó David, sin mirarlo.
—No —admitió Mateo—. Pero he soñado con lo suficiente.
Lucía le tomó la mano.
—Entonces hoy no soñamos. Hoy lo hacemos.
La cena terminó en silencio. Los platos se lavaron entre los tres, con manos que se rozaban sin intención de disimularlo. Cuando Lucía se quitó los zapatos y se puso a massajearse los pies en el sofá, Mateo no pudo evitar notar cómo David la miraba: con deseo, con complicidad, con hambre.
—¿Quieres un café? —preguntó Lucía, ya sentada a su lado, la pierna de Mateo rozando la suya.
—Sí —dijo él, y se levantó con ella.
Pero en vez de ir a la cocina, Lucía lo llevó al cuarto de huéspedes. El ambiente era oscuro, con luces tenues y una cama hecha con sábanas negras. Sobre la mesita, la caja de madera abierta: lubricante, un preservativo de sabor a fresa y un vibrador pequeño, plateado.
—Es de mi prima Ana —dijo Lucía, mientras desabotonaba su blusa—. Viene de visita el domingo. Hoy… es prueba técnica.
Mateo no pudo evitar reír.
—¿Te toca probarla antes?
—No —dijo ella, acercándose—. A veces la uso sola. Pero hoy… me gustaría que la sintieras conmigo.
David entró en ese momento, con dos vasos de tequila. Se los dio, uno para Mateo, otro para sí.
—Si vas a estar con ella —dijo, con voz grave—, tienes que estar conmigo también.
—¿Esa es tu condición? —preguntó Mateo.
—No. —David lo miró fijo—. Esa es mi ganancia.
Lucía se quitó la blusa, dejando al descubierto un sostén negro de encaje que apenas contuvo sus pechos. David se acercó, le quitó el sostén con un movimiento suave, y besó uno de sus pezones hasta que se endureció. Mateo, sin saber qué hacer, se quitó la camisa y se sentó en la cama, con las piernas abiertas, viendo cómo David lamía el cuello de Lucía, cómo le mordisqueaba la oreja, cómo le susurraba algo que hizo que ella estuviera roja.
—Ahora… tú —dijo David, tomando la mano de Mateo y llevándola al muslo de Lucía.
Su piel era suave, tibia. Mateo subió la mano hasta su rodilla, luego la muslo arriba, hasta rozar el borde del short.
—¿Te gusta? —le preguntó Lucía, con voz temblorosa—. ¿Te gusta que te lo permita?
—Sí —dijo él—. Me gusta mucho.
David se arrodilló detrás de ella, le apartó el cabello y besó la nuca. Mateo se inclinó, rozó su labio con el de Lucía, y entonces fue cuando la besó de verdad: con lentitud, con miedo, con hambre. Ella le abrió los labios, le permitió entrar, y cuando su lengua tocó la suya, Mateo supo que ya no había vuelta atrás.
—Ahora el short —dijo David—. Lento.
Mateo tiró del elástico con cuidado, viendo cómo Lucía levantaba las caderas para ayudarlo. Cuando el short bajó, David se inclinó y besó su vagina, con la lengua extendida, lamiendo el borde de su labio mayor. Lucía gimió, un gemido bajo, casi inaudible.
—Toca tu clítoris —le dijo David—. Para que Mateo vea cómo te sientes.
Lucía se puso de pie, separó los muslos un poco más, y con un dedo rozó su clítoris, que ya estaba hinchado y brillante. Mateo se acercó, le tomó la mano y la guió hasta su propia verga, ya dura dentro del pantalón.
—¿Quieres sentirme? —preguntó.
Ella asintió.
Mateo se quitó el pantalón y la ropa interior, dejando al descubierto su verga, que se erguía firme, punta húmeda. Lucía lo tocó con la palma, lo acarició con suavidad, como si temiera romperlo. David, meanwhile, se puso detrás de ella, le apartó los labios con dos dedos y besó su entrada, lamiendo con lentitud, hasta que ella gimió más fuerte.
—Ya no aguanto —dijo ella, apretando la mano de Mateo.
—¿Quieres que entre? —preguntó Mateo.
—Sí. Pero primero… —David se levantó, se quitó la camisa—. Quiero que me veas hacerle el amor.
David se acercó a Lucía, la tomó de la cintura y la giró hacia él. Luego, con una mano en su cadera y la otra en su nuca, la besó con fuerza, hasta que ella se pegó a él, con las uñas hundidas en su espalda.
—Ahora tú —dijo David, empujando a Mateo hacia Lucía—. Pónmela a ella.
Mateo se puso detrás de Lucía, la tomó de las caderas, la levantó un poco y se posicionó frente a su vagina. David lo ayudó, sujetándole la verga y guiándola a su entrada.
—Respira —susurró Lucía—. No tienes que apurarte.
Mateo empujó suavemente. El cuerpo de Lucía se arqueó, su gemido se volvió agudo, y cuando su verga entró por completo, David besó su cuello, le mordió la oreja, le susurró algo que hizo que ella se estremeciera.
—Ahora… muevete —dijo David—. Que ella sienta que la quieres.
Mateo empezó a moverse, con lentitud, con ternura, con necesidad. Lucía se agarró de los hombros de David, cerró los ojos y dejó que el placer la llevara. David, sin dejar de besarla, se llevó una mano a su verga y empezó a masturbarse con movimientos rápidos, mientras Mateo la cogía con más fuerza, hasta que ella gritó su nombre como una plegaria.
—¡Sí! —gritó—. ¡Sí! ¡Me la estás metiendo toda!
David se corrió en su cuello, susurrando palabras en voz baja. Mateo, al sentir que Lucía lo apretaba con fuerza, se corrió dentro de ella, llenándola con todo lo que tenía.
Cuando todo terminó, Lucía se desplomó entre los dos. David la abrazó por la espalda, Mateo la tomó de la mano y la besó en la frente.
—Hoy no soñamos —dijo Lucía, sonriendo—. Hoy lo hicimos.
Y Mateo supo que, por primera vez en mucho tiempo, no quería soñar.
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Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.