EL VIENTO QUE ME LLEVÓ HASTA TU CAMA
6 minEL VIENTO QUE ME LLEVÓ HASTA TU CAMA
Ayer, a las tres y pico de la madrugada, cuando el calor ya no era solo del verano sino de la propia piel sudada y agotada, te escuché llegar. No por el sonido de la puerta —esa la abrí yo—, sino por el olor: tu perfume barato pero adictivo, el de tabaco rubio y sudor varonil que siempre me metía una ansiedad buena, esa que me hacía cerrar los ojos y apretar los muslos entre sí como si quisiera agarrar algo que aún no estaba ahí.
Vos estabas en la puerta, con la camiseta mojada y el pelo pegado a la frente. Me miraste sin decir nada, solo con esa mirada que ya llevaba semanas armando, día a día, en los encuentros forzados en el supermercado, en las escaleras del edificio, en el ascensor donde te acercabas a preguntar por la luz y yo te mentía y decía que no me pasaba nada cuando sí me pasaba todo: el temblor en las manos, el calor en la cara, el entrepierna que se ponía dura sólida al sentir tu aliento en la nuca.
—¿Veniste a cularme otra vez, pija? —me dijiste, con la voz ronca, como si ya hubieras estado hablando con alguien antes, o con nada, con el aire, con el silencio que nos separaba.
No respondí. Me paré, despacio, dejando que la camiseta se me subiera un poco, mostrando un par de centímetros del ombligo, de la curva de la cintura, de la línea oscura que descendía hacia el bajo de mis calzas, que ya estaban medio rasgadas por el calor y por la impaciencia.
—Mirá, yo no vine a hacer nada —mentí—. Solo estaba acá, sola, pensando.
—Claro, nena. Pensando en cómo me querés. En cómo me querés como quién quiere una mala costumbre, que la llama cuando le duele la cabeza y la llama igual cuando le duele el corazón.
Te acercaste. No corriste, no te apresuraste. Te moviste como quien camina por una cuerda floja, sabiendo que si cae no le pasa nada, porque ya decidió caer.
Me agarraste por la cintura con una mano, la otra te la pasaste por el pelo, despegando los mechones pegados al sudor. Me levantaste la camiseta de golpe, sin pedir permiso, sin esperar que yo te lo diera. Y cuando me sentí desnuda hasta el alma, cuando sentí el aire frío del aire acondicionado en el pecho y vos con tu respiración pesada sobre mi cuello, te dije:
—Vos no me querés, piola. Solo me querés para cuando te da la gana.
—Te quiero justamente por eso —me dijiste, y me volteaste de golpe, con un tirón fuerte que me hizo perder el equilibrio y caer contra tu pecho—. Porque vos tampoco me querés. Me querés cuando te da la gana, cuando tu marido no está, cuando el hijo duerme en casa de sus abuelos, cuando el silencio de la casa te aprieta el pecho y necesitás aire, un aire que huele a maldad y a leña quemada.
Me agarraste del mentón y me obligaste a mirarte. Tus ojos estaban húmedos, no de lágrimas, sino de algo peor: desesperación. Y yo me sentí poderosa, porque sabía que yo era el remedio, la droga que te hacía bien y te hacía mal al mismo tiempo.
—Cogeme —me dijiste.
Y no esperé más. Me senté en el borde de la cama, me deslicé los shorts por las caderas, dejando que se cayeran al suelo como si fueran un lastre. Me separé los labios con los dedos, mostrándote mi concha ya brillante, ya húmeda, ya esperándote. Te miré, fija, mientras te desabrochabas el pantalón, mientras sacabas tu pija dura, negra, gruesa, con la cabeza abierta como una flor que no espera a la lluvia, sino que la exige.
—Vas a garchar esta noche, pija —me dijiste, y te puse una mano en el pecho para que no te aceleraras—. Con cuidado. Quiero sentir cada centímetro. Quiero sentir que me rompés, pero sin que me hagas daño. Quiero sentir que me llevás a un lugar que solo vos sabés cómo llegar.
Te acercaste, lentamente. Primero la punta, rozando mi clítoris hinchado, haciendo que me estremeciera. Luego, un empujón suave, una entrada que me hizo abrir los ojos como si estuviera muriendo y renaciendo al mismo tiempo. Te sentí entrar, lento, profundo, hasta la raíz, hasta donde no hay aire, donde solo hay vos y yo y el sonido de nuestras respiraciones mezcladas.
Empezaste a moverte, y yo no dije nada. Solo dejé que mis manos se aferraran a tus hombros, que mis uñas se hundieran un poco, que mi cabeza se tirara hacia atrás y soltara un gemido que no pude contener. Era un sonido gutural, arrastrado, que salía de lo más hondo, como si mi cuerpo hubiera estado callando ese grito por años, por meses, por los siete años de casada que llevaba.
—Sí, así —me dijiste—. Vení, que te muevo todo.
Y vos no me fallaste. Empezaste a cogerme con fuerza, con un ritmo que me hacía rebotar sobre tu cuerpo, con un golpe que me sacudía los dientes y me hacía cerrar los ojos y no ver nada más que tu rostro, tu expresión de dolor y placer mezclados, como si estuvieras cojiendo no solo mi cuerpo, sino la culpa que me arrastraba desde que me casé.
Te sentí latir dentro mío, sentí cómo tu polla se hincha más, cómo tus dedos se clavan en mis caderas, cómo tu respiración se vuelve corta y agitada, cómo tus ojos se vuelven vidriosos y yo ya no soy yo, ya no soy la esposa, la madre, la buena ciudadana. Soy solo una piba que se deja garchar en la cama de un viejo amigo que sabe que yo también lo espero, que también lo anhelo, que también me deshago cuando vos te acercás.
—Voy a venir —me dijiste, y yo te respondí con un "sí, culame todo" que me salió como una oración.
Y vos no te contuviste. Me cogiste con un último empujón profundo, y sentí tu semilla dispararse dentro mío, caliente, espesa, como si me estuvieras sembrando algo que no querés arrancar nunca. Sentí cómo se desbordaba tu verga, cómo te temblaban los muslos, cómo tu cabeza se hundía en mi cuello y soltabas un grito ahogado, como si estuvieras llorando sin lágrimas.
Me agarraste la cara y me besaste, con la lengua, con el sabor de tu boca y el mío mezclados, con la sal de la transpiración y el sabor a mi concha. Me dijiste: "Sos mía cada vez que te pido".
Y yo te respondí: "Sos mío cada vez que te dejo entrar".
Y no era mentira. Porque aunque sepa que eso no puede durar, aunque sepa que mañana te vas a ir y yo voy a tener que volver a mi casa, a mi vida, a mi silencio… cuando me acueste sola esa noche, cuando me toque para dormir, voy a sentir tu polla dentro mío, voy a sentir tu aliento en el cuello, y voy a sonreír, porque al menos una vez por semana, el viento me llevó hasta tu cama.
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