El Viento en la Terraza de la Abuela
7 minEl Viento en la Terraza de la Abuela
La luz del atardecer se deslizaba por los postigos entreabiertos de la terraza de la abuela, tibio como miel derretida, y se posaba sobre la piel de Martín mientras se recostaba en la hamaca de mimbre. Ya no era el chico de antes, ese que venía de vacaciones con el pelo cortado al ras y los pantalones cortos. Ahora tenía los hombros más anchos, el cuello marcado por una vena azulada que se le tensaba cuando se estiraba, y los dedos con callos finos de tocar el mástil del barco de su padre.
Era junio, el frío aún no había entrado de verdad, pero ya se sentía en el viento que entraba por el jardín, revolviendo las hojas secas de la higuera y trayéndole el olor a tierra mojada y a yerba quemada.
—¿Viste que te dejé la puerta corrida? —preguntó Lucía desde el umbral, sin entrar aún.
Lucía, la hija de la vecina, la que siempre andaba con los brazos al aire y los pies descalzos aunque fuera invierno. Tenía el pelo suelto, más rubio que antes, con reflejos de sol que le brillaban como brasa cuando la luz le daba de lado. Usaba una camiseta blanca, un poco grande, que le colgaba de una espalda y dejaba entrever la curva de su pecho cuando se movía.
—Sí —dijo Martín, sin levantar la vista—. Pero no entraste.
—Estaba esperando que me llamaras.
Él se incorporó, apoyó los codos en los muslos y la miró bien. No con urgencia, no con sed inmediata, sino con la calma de quien sabe que el tiempo es su aliado. Lucía se acercó, se detuvo a un metro, y dejó que el viento le levantara la camiseta un par de centímetros. Justo lo suficiente para que se le vea la cintura plana, el ombligo hueco, el borde del elástico de los pantalones cortos.
—Vendí mi bici vieja —dijo—. La de los girasoles. Me dio una fortuna.
—¿Y qué vas a hacer con tanto dinero?
Ella sonrió, lenta, como si la pregunta fuera una caricia.
—Comprar algo que no se pueda devolver.
Martín se levantó entonces, despacio, como si no quisiera asustarla, pero sí hacerle sentir que el espacio entre los dos se encogía. El viento sopló más fuerte, levantando la tela de su camiseta también, y dejó ver la línea oscura que bajaba desde su ombligo hasta la bragueta. Lucía no apartó la vista. Se la dejó ver, como si le ofreciera una prueba.
—¿Y si te digo que ya no me importa devolver nada? —dijo él, y se acercó hasta que sintió el calor de su piel, ya sin necesidad de tocarla.
Lucía respiró hondo, con los ojos cerrados un segundo, como si savoreara el aire antes de beberlo.
—Entonces —murmuró—, ¿por qué no nos sentamos acá?
Se sentaron en el suelo, con la espalda apoyada en el banco de madera que había frente a la hamaca. El sol ya se había hundido detrás del techo de zinc, pero la terraza seguía caliente, impregnada del día. Lucía se quitó una zapatilla, luego la otra, y se estiró como una gata, tendiendo las piernas hacia adelante, los pies juntos, los dedos arqueados.
—¿Te acordás de cuando te subías al árbol y me tirabas hojas? —preguntó, sin mirarlo.
—Me acordé hace diez minutos, cuando pasé frente a la higuera.
—¿Y qué sentiste?
—Ganas de trepar de nuevo. Pero también de otra cosa.
Ella giró la cabeza. Lo miró de frente, directo, y por primera vez, Martín vio que sus ojos no eran verdes. Eran oscuros, casi negros, con un anillo dorado que brillaba cuando la luz lo permitía.
—Decime qué otra cosa.
Él no respondió con palabras. En cambio, puso una mano sobre su rodilla. No la atrajo, no la apretó. Sólo la dejó ahí, con la palma plana y los dedos extendidos, sintiendo el calor bajo la tela del pantalón.
Lucía no se movió. Sólo se dejó sentir.
—Sos más valiente de lo que parecés —dijo ella, con voz ronca.
—Vos me enseñaste a serlo.
Ella inclinó la cabeza, como si aceptara un elogio. Luego, con lentitud, se acercó hasta que sus hombros se tocaron. El roce fue leve, casi accidental, pero suficiente para que ambos sintieran el impulso de ir más allá.
—¿Y si te digo que ya no me gusta que las cosas sean por partes? —susurró Lucía.
—Entonces te digo que tampoco me gusta.
Ella giró hacia él, lentamente, hasta quedar casi de lado, con la cabeza apoyada en el hombro de Martín. Él la rodeó con un brazo, sin apretar, sin apresurar. Sólo la sostuvo, como si ya la conociera desde siempre.
—Hacé lo que te dé ganas —dijo ella, casi con los labios rozando su cuello.
Él la miró otra vez. Y esta vez no se contuvo. Bajó la cabeza y besó su frente. Luego la nariz. Luego las cejas. Y por último, con la punta de los dedos, le acarició el labio inferior. Ella lo dejó hacer, con los ojos cerrados, respirando hondo, como si estuviera aprendiendo su sabor.
—¿Te acordás de la última vez que estuvimos así? —preguntó él.
—Sí. Cuando teníamos catorce años. En el balcón del quinto piso. Tocaste la puerta y te dejé entrar. Pero no pasó nada.
—No pasó porque teníamos miedo.
—Y también porque no sabíamos cómo.
Lucía se incorporó un poco, se puso de rodillas frente a él, y le desabrochó la primera botona de la camisa. Luego la segunda. Con calma. Con precisión. Cada clic del botón sonaba como un latido.
—¿Y ahora? —preguntó ella.
—Ahora no hay miedo. Sólo sabemos que queremos.
Ella le quitó la camisa. Él no la detuvo. Se dejó despojar, con la piel en tensión, con el viento acariciándole el pecho y la espalda al tiempo que Lucía lo miraba, con los ojos húmedos y la respiración corta.
—Estás moreno —dijo, y pasó la palma por su abdomen, dejando un rastro de calor—. Y duro.
—Vos también.
Lucía sonrió, y esta vez fue ella quien lo atrajo. Lo tiró suavemente hacia atrás, sobre la hamaca, y se acomodó encima, con las rodillas a los lados de sus caderas. Se inclinó, le tomó la mano y se la puso sobre su pecho, por encima de la camiseta.
—Sentíalo —dijo.
Martín sintió el latido. Rápido, firme, vivo. Y luego, con la otra mano, pasó los dedos por su cuello, por el borde de su oreja, hasta enredarlos en su pelo, que olía a tierra y a jabón de lavanda.
—¿Querés que te saque la camiseta? —preguntó él.
—Sí —susurró ella—. Pero despacio. Quiero que la vea caer.
Él lo hizo. La camiseta se deslizó por sus hombros, por sus brazos, como una hoja que cae en el viento. Y cuando quedó libre, con los pechos redondos y oscuros, con los pezones duros como granos de café, Martín no se apresuró. Se limitó a tocarlos, con las yemas de los dedos, con la palma, con la nariz. Lucía cerró los ojos y dejó que el mundo se detuviera.
—Sos el único que lo hace bien —dijo, con la cabeza arqueada hacia atrás.
—¿Cómo?
—Como si fuera la primera vez. Como si nunca hubiera estado aquí antes.
Él la besó entonces, por primera vez de verdad. Con la lengua, con los labios húmedos, con el sabor a miel y a yerba de su boca. Ella respondió con un gemido bajo, gutural, como un maullido de gato que no quiere ser escuchado pero que no puede callar.
—Quiero que me cogas —dijo Lucía, al fin, despegándose del beso, con los ojos brillantes.
—¿Acá? —preguntó él, con la voz ronca.
—Acá. En la terraza de la abuela. Donde me enseñaste a trepar árboles.
Él no dudó. La tomó por la cintura, la giró, la sentó sobre sus muslos, con la espalda apoyada en su pecho. Lucía se volvió, lo miró a los ojos, y le soltó el cierre del pantalón.
—Y ahora —dijo—, sacá la polla.
Él lo hizo, despacio, con cuidado, como si fuera un regalo
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