El vecino que me miraba desde el balcón mientras me duchaba con mi novia

El vecino que me miraba desde el balcón mientras me duchaba con mi novia

@andres_rio ·4 de julio de 2026 · 🔥 4.7 (16) · 46 lecturas · 11 min de lectura

La primera vez que lo noté fue un jueves cualquiera, a las seis y pico de la tarde, cuando el sol ya se había rendido y se escurría por el oeste como un chicle derretido. Yo estaba en mi apartamento, el 3B, el último del edificio, con vista al patio trasero y al balcón del 4A, el que estaba enfrente, al otro lado del vacío entre los dos edificios, un hueco de unos tres metros que se cruzaba con una mano alargada y un poco de mala suerte. El balcón del 4A estaba vacío desde que se mudó el viejo del quinto piso, ese que se moría de cáncer y que nadie volvió a ver después de que lo llevaron en una camilla con ruedas. Pero aquella tarde, mientras yo me preparaba un café en la cocina —mientras mi novia, Leticia, se desvestía en el cuarto de baño para meterse a la ducha—, vi movimiento allá: una silueta, alta, delgada, recortada contra el cielo anaranjado. Una mano se posó en la barandilla. Luego apareció el rostro.

—¿Quién será? —dijo Leticia, saliendo del baño envuelta en una toalla pequeña, de esas que apenas cubren lo indispensable, con el pelo mojado pegado a la nuca y gotas que resbalaban por la curva de la espalda—. ¿No es el nuevoinquilino del 4A?

Yo asentí, sin decir nada. No reconocí al tipo. Alto, piel morena oscura, pelo corto, rasgos duros pero limpios. Llevaba una camiseta blanca, un poco desgastada, y pantalón corto de algodón. No me miraba directamente, pero tampoco parecía disimular. Miraba hacia nuestro balcón, hacia la puerta abierta del cuarto de baño, donde la luz del interior iluminaba el vapor que ya empezaba a subir.

—¿Le importa que nos duchemos? —le grité, medio bromeando, medio en broma, pero con la voz firme, como quien pone una cerca.

Él levantó la mano, no un saludo, sino un gesto de “no pasa nada”, de “siga, siga”. Se giró entonces y desapareció dentro. Pero no cerró la cortina del balcón. Quedó corrida apenas a la mitad, dejando un hueco por donde se veía la cama, una silla, un televisor encendido.

—Ese tipo es raro —dijo Leticia, ya dentro del cubículo de plástico, con la llave del grifo girando, el agua golpeando el esmalte blanco—. Pero no me dio miedo. Me dio… curiosidad.

El agua subió, el vapor se hizo espeso, blanco y húmedo, y la puerta del baño, que no cerraba del todo, se abrió más con el empuje del calor. Leticia me llamó.

—Andrés… ven.

Yo entré. No como un intruso, sino como quien se rinde ante la evidencia. La ducha era pequeña, de plástico, con un asiento de madera que ella había puesto hace poco. El agua caía en cascada sobre sus hombros, sobre los senos que, aunque no eran grandes, tenían una forma perfecta, redondeada, con pezones morenos y duros ya por el contraste del agua caliente y el aire frío. Se inclinó hacia la pared, apoyó las manos, y con la otra mano me hizo señas. Me desabroché los pantalones, bajé la bragueta, saqué la verga que ya empezaba a hincharse, tiesa y pesada, con la punta húmeda de preseminal. Leticia me miró, me sonrió con esa sonrisa que solo se usa cuando uno sabe que está bien visto, cuando se sabe deseado, y se puso de rodillas frente a mí.

El agua le mojaba el pelo, le pegaba las hebras a las mejillas. Con la mano izquierda me tomó la verga, la apretó con firmeza, masajeando el cuerpo entero, desde la raíz hasta la punta, mientras con la derecha me acariciaba los testículos, jugueteaba con ellos como si fueran frutos maduros. Me incliné hacia ella, le pasé la lengua por el cuello, le mordí suavemente el lóbulo de la oreja, y le susurré al oído:

—¿Te gusta que alguien nos vea?

Ella se rió, una risita corta, baja, que salió de su pecho como un suspiro ahogado.

—¿Tú crees que el vecino nos está mirando?

—Yo no lo sé —dije—. Pero si es así, que mire bien.

Entonces ella se levantó, me empujó hacia la pared, se puso de pie frente a mí, con las manos en mis hombros, y me pidió que la tomara de las caderas. Se incliné, le aparté la toalla, y la vi allí, su coño, húmedo, abierto, con los labios oscuros y hinchados, la entrada pequeña, tersa, que se abría y cerraba como un pétalo que respira. Le pasé los dedos, la separé, y vi cómo se hincha más, cómo se enrojece, cómo el agua corriendo sobre ella la hace brillar. Le metí dos dedos, lentos, sintiendo cómo se contrae alrededor, cómo se aprieta, cómo busca la profundidad. Ella se inclinó más, apoyó la frente en mi pecho, y gimió, un grito corto, entrecortado, como una risa que no sabe si reír o llorar.

—Andrés… sí, así… más…

Y entonces, desde la esquina del ojo, vi el reflejo.

El balcón del 4A. La cortina corrida a la mitad. El hombre, ahora sin camisa, sentado en la silla, con las piernas separadas, las manos apoyadas en las rodillas, los ojos fijos. No estaba sonriendo. No se tocaba. Solo miraba. Sus ojos, oscuros, fijos en Leticia, en mí, en cómo mi mano se movía dentro de su cuerpo, en cómo su cabeza se inclinaba hacia atrás, en cómo su boca se abría, en silencio, como si el grito no saliera, como si solo existiera en su cabeza.

Leticia lo notó. No giró la cabeza, no lo miró directamente, pero su respiración cambió. Se aceleró. Se puso más rígida, como si su cuerpo supiera que algo más estaba por pasar. Me miró, a mí, y me guiñó un ojo. Le sonreí. Le dije:

—Sígueme.

La tomé de la mano, la saqué de la ducha, la sequé con otra toalla, lentamente, como si cada gesto fuera un ritual. Le sequé las piernas, el estómago, los senos, el pelo. Luego, la levanté, la cargué como si fuera una pluma, y la llevé a la cama, a la habitación de al lado. La puse boca arriba, me senté a su lado, le separé las piernas con las manos, y le pasé la lengua por el coño. Ella gimió, arqueó la espalda, metió los dedos en mi pelo, me jaló suavemente.

—Más fuerte… sí, así… me lo sabes sacar…

Pero yo no lo hacía por ella. Lo hacía para que el vecino supiera que yo también sabía que lo veía. Que yo también sabía que él estaba allí, sentado, quieto, con los ojos fijos, con la verga ya dura, escondida bajo el pantalón corto, pero dura, porque el cuerpo no miente, y yo lo sabía, yo lo había visto antes, en el espejo, en los baños públicos, en los garitos, cuando uno se pone nervioso o deseoso, la verga se levanta aunque uno no quiera.

Leticia se corrió con un grito que esta vez sí salió, que se desató como un trueno, que se escuchó en todo el apartamento, que tal vez se escuchó en el edificio entero. Se corrió con los ojos cerrados, con las manos agarrando las sábanas, con los pies encorvados, y yo me levanté, me senté en la cama, me puse de pie frente a la ventana, y me deslicé los pantalones hasta las rodillas, y me tomé la verga con la mano, la froté una, dos, tres veces, lentamente, sintiendo cómo se ponía más dura, más pesada, cómo la sangre le corría por dentro, cómo se hincha hasta el límite.

Y entonces, por primera vez, el vecino se movió. Se levantó de la silla. Se acercó a la barandilla. Se quitó la camiseta, que ya no llevaba puesta, y se puso de pie, con las manos a los lados, con el pecho ancho, con el vello oscuro en el pecho, con el ombligo hundido, con los músculos del estómago marcados por el ejercicio, por la vida, por la costumbre de trabajar. Y me miró. No me miró a mí. Me miró a la verga. A la forma en que yo la sostenía, a la punta húmeda, a la venita que subía por el lado izquierdo, a la piel tensa.

Leticia se giró. Me vio. Me miró a los ojos. Y entonces, con la voz ronca, con la voz de quien acaba de correrse, me dijo:

—Dile que se acerque.

Yo no lo dudé. Me levanté, caminé hasta el balcón, bajé la puerta de cristal, y me paré frente al vacío, frente al balcón del 4A. El vecino me miraba, sin moverse, sin sonreír, sin hablar.

—¿Quieres entrar? —le grité.

Él asintió.

—Sube por la escalera de incendios. El acceso está por atrás.

No dijo nada. Se dio media vuelta, desapareció dentro, y yo volví a entrar, cerré la puerta del balcón, me senté en la cama, con los pantalones bajados, la verga en la mano, y esperé.

Tres minutos después, escuché el sonido de los peldaños de metal, el chirrido de la puerta, y luego, silencio. Él estaba en el marco de la puerta, sin camisa, con el pantalón corto, con los ojos fijos, con la respiración un poco agitada.

—Hola —dije.

—Hola —dijo él.

No se movió. Me miró. Me miró a la verga. Me miró a Leticia, que ahora estaba sentada en la cama, con la toalla corrida hasta la cintura, con los pechos al aire, con los pezones duros, con los ojos brillantes.

—¿Te gusta mirar? —le pregunté.

—Sí —dijo.

—¿Y qué te gustaría ver?

—A ella —dijo—. A ella coger.

Y entonces Leticia se levantó, se acercó a él, le quitó el pantalón corto, y lo vio, su verga, que ya estaba dura, que ya estaba pesada, que ya estaba lista. No era grande, pero tampoco era pequeña. Era normal. Era real. Era de un hombre que se toca cuando está solo, que se acaricia cuando piensa en alguien, que se mete a la ducha con el agua caliente y se imagina que alguien lo está mirando.

—¿Te gusta que te mire? —le pregunté.

—Sí.

—¿Quieres que te toque?

—Sí.

Y entonces ella se arrodilló frente a él, lo tomó con las dos manos, lo metió en su boca, y lo chupó, lentamente, con la lengua, con los labios, con la garganta, como si fuera el primer hombre que veía, como si fuera el único que le importaba. Él se inclinó hacia atrás, apoyó las manos en la pared, cerró los ojos, y gimió, un grito bajo, gutural, como un perro que ladra cuando le duele algo.

Yo me senté en la cama. Me quitó los pantalones, me puso la verga en la mano, y me dijo:

—Tú también.

Y entonces, él me miró. Me miró a los ojos, mientras yo me tocaba, mientras yo me frotaba, mientras yo me imaginaba que era él quien me tocaba, que era él quien me metía la mano, que era él quien me decía “así, así, así”.

Leticia se levantó, se puso de pie frente a él, lo tomó de la verga, lo guió hacia su coño, y se sentó sobre él, lentamente, como si fuera un sueño, como si fuera una bendición. Él la miró, con los ojos abiertos, con la boca entreabierta, con la respiración cortada. Ella subió y bajó, una, dos, tres veces, con la cabeza hacia atrás, con los pechos oscilando, con las manos en sus hombros, y luego me miró, y me dijo:

—Ven.

Y yo me acerqué, me senté en la cama, y le tomé la verga, y se la metí en la boca, y lo vi, con los ojos cerrados, con la lengua fuera, con la cara roja, con la verga que se hincha más, que se pone más dura, que se llena de sangre.

Y entonces, sin decir nada, ella se bajó, se puso de rodillas frente a él, y le metió la verga en la boca, y él me miró, y yo le sonreí, y le dije:

—Mírame.

Y él me miró, y yo le metí los dedos en el culo, y él se tensó, y yo le dije:

—Sí, así. Apenita. Ya te acostumbras.

Y entonces, con la verga de Leticia dentro de su boca, con los dedos dentro de su culo, con la verga dura y caliente, con la respiración cortada, con los ojos cerrados, con la cara roja, él se corrió, con un grito que no salió, con una sacudida que lo sacudió entero, con el cuerpo que se arqueó, con las manos que se cerraron en puños, con los dedos que se clavaron en la cama.

Leticia se corrió con él, con la verga que se vaciaba, con el cuerpo que se relajaba, con la cara que se desenrizo, con

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