El vecino nuevo del quinto

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 4.9 (10) · 90 lecturas · 10 min de lectura

La lluvia golpeaba suave contra los vidrios del apartamento 4B, como si alguien le estuviera pidiendo permiso para entrar. Daniel se recostó en el sofá, con los pies descalzos sobre el cojín de cuero, una cerveza medio vacía en la mano, y la pantalla del televisor apagada. Había vuelto temprano del trabajo —una bendición rara en la construcción—, y el silencio de la casa le pesaba más que el aguacero. No era que viviera solo desde siempre, pero desde que se fue su novio de hace dos años, el espacio parecía haberse hecho más grande, más frío, como si el aire mismo se hubiera vuelto más espeso.

A las 8:47 p.m., escuchó los pasos en el pasillo. Luego, una risa grave, profunda, que vibraba en el techo. Daniel levantó la vista. El quinto piso, el último, el que siempre estuvo deshabitado, se acababa de llenar de vida: una mujer y un hombre que cargaban una caja de madera con una guitarra dentro. La mujer era rubia, delgada, de risa fácil. El hombre… el hombre era alto, moreno, de hombros anchos que se veían marcados aunque llevaba una camiseta blanca medio mojada por la lluvia. Tenía las manos grandes, los nudillos marcados, y cuando se quitó el cabello húmedo de la frente con un gesto descuidado, Daniel notó que tenía los ojos oscuros, casi negros, y una sonrisa que no era de cortesía, sino de algo más natural, más vivo.

—¡Hola! —dijo la mujer, viendo que Daniel los miraba desde la puerta entreabierta—. Somos los nuevos del quinto. Yo soy Lucía, y este es Mateo.

Mateo asintió, y por un segundo, sus ojos se encontraron con los de Daniel. No fue un mirar rápido, de pasada. Fue un holding, una pausa. Daniel sintió un cosquilleo en la base de la columna, como si le hubieran pasado un dedo frío por la espalda. Mateo le sonrió —de verdad, esta vez— y Daniel se sonrojó. No sabía si era por el vino que había tomado a la una de la tarde o por algo más directo.

—Bienvenidos —dijo Daniel, con voz más grave de lo que pretendía.

—Gracias —respondió Mateo—. Si necesitas algo, avísame. A veces se corta el agua, y si te parece, puedo avisarte cuando la regresen.

Daniel asintió. No era por el agua. Era por la mirada.

Así comenzó todo. Con un simple gesto de vecindad. Pero Mateo no era de esos vecinos que te saludas y ya. A los tres días, apareció con un tupper de arepas rellenas de queso y jamón. A los cinco, ayudó a Daniel a subir un mueble del sótano —con una camiseta mojada otra vez, por supuesto, y Daniel no sabía si era por el sudor o por el agua de la lluvia—. A los siete días, Mateo ya sabía cómo le gustaba el café: con dos cucharadas de azúcar, sin leche, y a las 7:30 a.m., exacto.

—¿Tú eres sicológico o qué? —le dijo Daniel un viernes, mientras Mateo le pasaba el café.

—No, pero me fijo —respondió Mateo, mirándolo de frente, sin apartar los ojos—. A veces uno se da cuenta de quién es, viendo cómo se mueve la otra persona.

Daniel no supo qué decir. Solo asintió, y bebió el café. Caliente, justo como le gustaba.

La tensión iba creciendo. No era un murmullo, era un zumbido constante, como el de una bombilla a punto de estallar. En el ascensor, cuando quedaban solos, Mateo se paraba un poco más atrás de lo normal, y Daniel sentía su aliento en el cuello. En el pasillo, cuando se cruzaban, Mateo siempre decía algo: “Hoy llovió más temprano”, “Escuché que van a cortar el internet”, “Hiciste una buena mano en la lavadora ayer”. Pero lo decía con una pausa entre cada frase, como si estuviera midiendo el silencio.

Y Daniel respondía. Siempre respondía. Con una sonrisa. Con una frase corta. Con un “sí, la verdad sí”, o un “ah, rico”. Y cada vez que decía “rico”, Mateo le dedicaba esa media sonrisa que lo hacía sentirse como un adolescente con pánico escénico.

La noche del viernes, el quinto mes de convivencia silenciosa, todo se decantó.

Estaba lloviendo otra vez. Fuerte. Tan fuerte que los relámpagos iluminaban el cielo como flashes de cámara, y el trueno sonaba como un tambor de guerra. Daniel no tenía ganas de salir. No tenía ganas de nada, salvo de estar solo, con una botella de ron y su propia mente. Pero a las 10:15 p.m., escuchó un golpe en la puerta.

—¿Daniel? —preguntó una voz grave, casi ahogada por el ruido de la tormenta.

Era Mateo. Llevaba una chaqueta puesta, pero la camiseta estaba mojada. El cabello le pegaba a la frente. Tenía una botella de ron en una mano, y dos vasos en la otra.

—¿Te parece si compartimos esto? —dijo, sin sonreír, pero con los ojos brillantes—. La lluvia me sacó del cinema. Y no tengo ganas de estar solo.

Daniel lo miró. No respondió de inmediato. Dejó que el silencio se instalara, que el trueno retumbara en la pared, que el agua golpeara el cristal como si el mundo se fuera a terminar.

—Pásate —dijo, abriendo la puerta.

Mateo entró. Y Daniel cerró tras él.

La casa olía a madera, café y humedad. El ron era un ron de la costilla, de esos que se toman con hielo y un toque de limón, y que saben a caña vieja y verano. Lo sirvió en los vasos pequeños, de cristal. Mateo se sentó en el sofá, cruzando las piernas con naturalidad, y Daniel se sentó a su lado, con las manos sobre las rodillas, como si estuviera en una entrevista de trabajo.

—Está buena la lluvia —dijo Mateo, tomando un sorbo—. Hace que todo se sienta más vivo.

—Sí —dijo Daniel—. Como si el mundo se lavara, pero seguimos acá, con nuestros problemas.

Mateo lo miró. Esta vez no fue una mirada de pasaje. Fue una mirada de caza. Lenta. Cuidadosa. Como si estuviera leyendo algo que solo él sabía que existía.

—¿Tienes miedo de los truenos? —preguntó.

—No. ¿Tú?

—No. Me gusta el poder que tienen. El ruido que dejan en el aire. Como cuando alguien se acerca a ti y no sabes qué va a pasar, pero ya sientes que algo va a cambiar.

Daniel se le quedó mirando. El vaso de ron tembló un poco en su mano. Mateo se acercó.

No fue un movimiento súbito. Fue un deslizamiento. Como si el espacio entre ellos se hubiera diluido, y Mateo simplemente se hubiera deslizado hacia adelante, hasta que sus rodillas se tocaron. Hasta que la mano de Mateo rozó la de Daniel, y no se retiró.

—¿Puedo? —preguntó, voz baja, casi un susurro.

Daniel no respondió con palabras. Se volteó. Lo miró a los ojos. Y asintió.

Fue entonces cuando Mateo lo besó.

No fue un beso de prueba. No fue un beso de curiosidad. Fue un beso de hambre. De algo que llevaba semanas acumulándose. Mateo lo tomó por la nuca con suavidad, pero con firmeza, y lo acercó a sí. La lengua de Mateo entró en su boca como si ya la hubiera conocido toda su vida. Daniel respondió. Abrió la boca, le permitió entrar, y sintió el sabor del ron, de la sal, de la lluvia. Sintió el calor de su cuerpo, el peso de sus hombros, la textura de su barba recién afeitada.

Mateo lo empujó suavemente hacia atrás, hasta que Daniel cayó sobre el sofá, y Mateo se subió encima de él, con las rodillas a los lados, las manos a los lados de su cabeza, para no aplastarlo. Lo miró. Lo miró con los ojos oscuros, con las cejas ligeramente fruncidas, con la respiración entrecortada.

—Estás hermoso —dijo, en voz baja, en español de Antioquia, con ese acento que le ponía una “s” al final de las palabras, como si estuviera susurrando un secreto—. Estás hermoso, Daniel.

Daniel no respondió. Lo atrajo hacia sí, y volvió a besarle. Esta vez, con más ganas. Con más deseo. Con más todo.

Mateo se inclinó, besándole el cuello, la mandíbula, la oreja. Daniel gimió, bajo, como un animal herido. Mateo se rió, una risa grave, y le mordisqueó el lóbulo de la oreja.

—¿Tienes miedo? —preguntó de nuevo, esta vez con la boca pegada al cuello de Daniel.

—No —respondió Daniel, con la voz rota—. ¿Y tú?

—No —dijo Mateo—. Yo solo quiero esto. Quiero sentirte. Quiero saber cómo hueles cuando estás bueno.

Daniel lo atrajo hacia sí, y lo besó de nuevo. Y esta vez, su mano bajó, lentamente, por la espalda de Mateo, hasta la cintura de sus pantalones. Lo apretó contra sí. Sentó el pito de Mateo, duro y caliente, pegado a su muslo.

—Me tienes loco —dijo Daniel, sin soltarlo.

—Tú me tienes loco desde el primer día —respondió Mateo—. Desde que me miraste en el ascensor.

Daniel no dijo nada. Se sentó, tirando de Mateo consigo. Lo acostó sobre el sofá, y se puso encima. Lo miró. Lo miró como si nunca antes lo hubiera visto. Y entonces, con una lentitud que dolía, se inclinó y le chupó el pezón. Mateo gimió. Un grito fuerte, gutural, como de alguien que lleva mucho tiempo contenido.

—¡Coño! —dijo, arqueando la espalda.

Daniel sonrió. Volvió a chuparle, esta vez con más fuerza. Con más mamar. Con más ganas. Mateo lo sostuvo por la nuca, y lo atrajo hacia su cuello.

—¡Bájame los pantalones! —dijo, con la voz rota.

Daniel lo hizo. Con lentitud. Con cuidado. Se arrodilló frente a Mateo, y bajó su cremallera con una mano temblorosa. El pito de Mateo saltó hacia afuera, grande, colorado, con la punta húmeda. Daniel lo miró. Lo miró como si fuera lo más hermoso que había visto en su vida. Y luego, sin dudar, lo tomó en la mano.

Mateo soltó un grito.

—¡Jesús, Daniel!

Daniel lo frotó suavemente, desde la base hasta la punta, con el pulgar pasando por el glande. Lo miró a los ojos mientras lo hacía. Y Mateo lo devolvió, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, la respiración entrecortada.

—¿Quieres que te lo meta? —preguntó Daniel, voz baja.

—Sí —dijo Mateo—. Sí, por favor. Quiero sentirte dentro de mí.

Daniel se levantó. Se quitó la camisa. Se quitó los pantalones. Se sentó frente a Mateo, y lo miró. Lo miró con deseo. Con amor. Con ganas de algo que ya sabía que iba a durar mucho más que una noche.

—Dame un condón —dijo Daniel.

—No hay —respondió Mateo—. Pero soy limpio. Me chekeé la semana pasada. Y tú…

—Yo también —dijo Daniel—. Estoy limpio.

Mateo lo miró. Asintió. Y entonces, con cuidado, con lentitud, se giró boca abajo, y se puso de manos y rodillas sobre el sofá. Daniel se arrodilló tras él, y pasó una mano por su espalda. Sentía el calor de su cuerpo. El sudor. El olor. El deseo.

—¿Estás listo? —preguntó Daniel.

—Sí —dijo Mateo—. Sí, por favor.

Daniel se lubricó con la saliva, y con la punta de su dedo, lo rozó. Mateo jadeó. Daniel lo hizo de nuevo. Y luego, con una sola mano, lo abrió un poco. Y entonces, con la otra, se tomó su pito, y lo colocó contra el ano de Mateo.

Se quedó quieto. Lo miró. Lo miró a los ojos.

—Te quiero —dijo.

Y entonces, con un solo movimiento lento, se metió adentro.

Mateo gritó. Un grito fuerte, de placer, de alivio, de algo que llevaba mucho tiempo esperando. Daniel lo sintió todo: el calor, la tensión, la apretura, la suavidad. Lo sintió como si fuera la primera vez. Como si fuera la única vez.

Y comenzó a moverse. Lento. Cuidadoso. Con las manos en las caderas de Mateo, y la frente pegada a su espalda. Mateo gimió. Se estiró, y metió una mano entre sus piernas, y se puso a masturbarse, con la otra mano apretando el cojín del sofá.

—¡Sí, así! —dijo Mateo—. ¡Más fuerte!

Daniel aumentó el ritmo. Metía y sacaba, con un sonido húmedo y hondo que se perdía en el trueno. Mateo se aceleró, con su mano subiendo y bajiendo, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta.

—¡Voy a salir! —dijo Mateo—. ¡Voy a salir, coño!

Daniel lo apretó más fuerte. Lo tomó por la cintura. Y con un último empujón, se metió hasta el fondo.

Y Mateo se corrió. Con un g

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