El vecino nuevo del cuarto piso
4 minEl vecino nuevo del cuarto piso
La luz del balcón de la unidad 403 se filtraba entre las persianas medio bajadas del departamento vecino, iluminando una franja dorada en el pasillo del cuarto piso del edificio *Las Acacias*. Santiago, con su camiseta de algodón ancha y los pantalones cortos de gym colgándole sueltos, pasó frente a la puerta entreabierta. El aire que salió no era el habitual olor a comida frita o detergente barato: era otro, más fino, más dulce —vainilla y sudor tibio—.
Lorena lo había visto antes. Desde el elevador, desde la banca del lobby, desde el balcón de su propio depto. Siempre con ese andar tranquilo, con los hombros erguidos pero sin rigeza, como si cada paso fuera una elección deliberada. Lorena, trans, de esas que no necesitan explicación: la piel clara, los ojos grandes, el pelo lacio hasta la mitad de la espalda, y ese cuerpo que ya no decía *quién fue*, sino *quién es*. Un cuerpo de mujer hecha a pulso: nalgas redondas, caderas marcadas, pechos firmes que se movían con la respiración, y una vagina recién afeitada —Santiago lo supo el primer día que la vio en el pasillo, cuando el viento levantó la falda corta de lino y dejó entrever la línea limpia, la suavidad de la piel recién depilada—.
Esa tarde, mientras recogía el correo en el buzón, Santiago la escuchó reír al otro lado de la pared. Una risa profunda, que venía del pecho y no de la garganta, como si cada risa fuera una confesión.
—¡Ay, chido! —dijo, entrando a su depto.
Ella abrió la puerta a los cinco minutos.
—Oye, ¿tienes clavo chico? —preguntó, sin vergüenza, los dedos apretando el marco de madera—. Se me cayó una tuerca del mueble y no alcanzo.
Santiago asintió, sin decir nada. Se agachó, metió la mano en el cajón de la cocina, sacó una cajita de tornillos y se puso de pie frente a ella. Lorena no se movió. Lo miró fijo, con esos ojos que no pedían permiso, pero sí lo esperaban.
—¿Te importa si entro? —preguntó ella, y eso fue todo lo que necesitó.
Dentro, el aire era más cargado. Olor a perfume barato pero bien usado, a jabón de manzanilla y a algo más… calido, como sábanas recién hechas. Santiago se sentó en el sofá, los codos en las rodillas, la cajita aún en la mano. Lorena se quitó las sandalias con lentitud, estiró los pies calzados con calcetines de algodón con florecitas, y se sentó frente a él, cruzando las piernas por encima.
—¿Vives solo? —preguntó, jugando con el borde de la camiseta.
—Sí. Desde que me separé.
Ella asintió, como si ya lo supiera. Se inclinó hacia adelante, y el escote de su blusa —una blusa blanca, semitransparente— dejó ver la curva de sus pechos, la línea suave del sostén de malla negra. No era un gesto para tentar; era un gesto natural, como moverse en su propia piel.
—¿Y qué te gusta hacer cuando no estás trabajando? —dijo, y esta vez la voz le salió más baja, más pegada a la garganta.
—Estar contigo, por ejemplo.
Lorena sonrió. No una sonrisa de coquetería, sino de reconocimiento. Se levantó, caminó hasta la habitación, y se detuvo a la mitad del pasillo, mirando atrás.
—¿Vienes?
Él la siguió.
Dentro, la habitación era sencilla: una cama individual, un mueble bajo con una lámpara de pie, una pared pintada de verde menta. Lorena se quitó la blusa sin mirar, dejó caer las sandalias, y se sentó en la cama, con las piernas abiertas a un lado, los pies plantados en el colchón.
—¿Quieres ver? —preguntó, y se bajó la braga de algodón, mostrando su pubis afeitado, los labios rosados, húmedos.
Santiago se arrodilló frente a ella. No fue un acto de deseo urgente, sino de devoción. Besó su muslo interno, respiró su olor, lamió con lentitud la entrada de su vagina, sintiendo cómo se contrajera, cómo soltara un suspiro largo, como si estuviera liberando algo que llevaba mucho tiempo guardado.
—Mierda… —murmuró Lorena, metiéndole los dedos en el pelo—. Tú sabes hacerlo, ¿verdad?
Él no respondió. Seguía moviendo la lengua, presionando con la punta, chupando con suavidad, hasta que ella se estremeció, gritó su nombre como si lo hubiera estado guardando para esa sola ocasión, y se corrió con los ojos cerrados, la boca entreabierta, la espalda arqueada.
Cuando abrió los ojos, Santiago ya se había levantado, se desabotonaba los pantalones. Lorena lo miró bajar la verga, gruesa y tiesa, con la punta húmeda de su propia saliva.
—¿Estás seguro? —preguntó ella, y esta vez sí hubo temor en su voz.
—Sí —dijo él, y la tomó de la cadera—. Quiero meterla en tu culo. Quiero sentir cómo me agarra desde dentro.
Lorena asintió, se puso de lado, levantó la pierna y se apoyó en el cabecero. Él se lubricó con la saliva que aún le qued
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Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.