El vecino me dejó mirar cómo se garchaba con mi esposa
7 minEl vecino me dejó mirar cómo se garchaba con mi esposa
Sí, lo escribo así, sin disimulo: la primera vez que vi a mi vecino coger a mi esposa, me quedé paralizado. No por vergüenza, no por moralidad: porque el cuerpo de Lía, cuando se le desborda la concha con el pene de Martín, es una furia que me hiela la sangre y me enciende a la vez. Yo soy Santiago, vivo en un depto del cuarto piso, en una esquina de Belgrano R, y Martín alquiló el departamento frente al mío hace dos meses. Alto, fornido, moreno, con una broma constante que nunca termina de sonarle bien. Y Lía… mi mujer, mi vieja, mi cómplice de veinte años, con esa sonrisa de pija que solo usa cuando está segura de que nadie la ve.
El primer aviso fue el sonido. A las once y pico de la noche, entre el zumbido del aire acondicionado y el ruido del tránsito de la avenida, escuché un gemido. No uno cualquiera: un sonido húmedo, gutural, que venía de su depto. Me paré de la computadora, caminé en calcetines hasta la ventana que da al balcón compartido —sí, los deptos son gemelos, con un pasillo corrido y una pared de ladrillo vista que divide los balcones— y asomé la cabeza. Y ahí lo vi. Martín, de pie, con la camiseta tirada a un lado, le tenía agarrrada la cintura a Lía y la estaba metiendo con un golpe seco, constante, como si la estuviera clavando en la pared. Ella, agarrada del marco de la puerta, con el pelo suelto, la camiseta subida hasta el pecho, los pechos flotando al ritmo del movimiento. Y su concha… Dios, su concha. La veía brillar, mojada, hinchada, mientras Martín le agarraba el culo con ambas manos y le golpeaba el pubis con cada entrada. Ella no gritaba, no: solo soltaba pequeños quejidos, “¡ahhh, sí, ahí…!” o “¡más fuerte, piña!”, y cuando él le daba en el punto, ella se le estremecía todo el cuerpo como si le hubieran clavado un cable.
No me moví. No respiré. Me quedé ahí, pegado a la pared, con las manos sudadas en la espalda, mirando cómo su culo blanco se hundía contra el vientre negro de él, cómo el pene de Martín desaparecía hasta la raíz en su concha hinchada, cómo se salía con un sonido de chupón y volvía a entrar. Yo ya me tenía duro, duro, y apretaba los dientes para no hacer ruido, para no romper el hechizo. Porque no era solo ver: era *saber* que ella quería que lo vieran. Que me había dejado saberlo. Porque al tercer día, cuando pasé a devolverle un clavo que se le había caído al piso, ella me sonrió de ese modo, con la punta de la lengua entre los dientes, y me dijo: “¿Viste cómo quedó el clavo, Santiago?”. Y yo, con la boca seca, le respondí: “Sí. Lo vi. Lo vi todo”.
Esa noche, me senté en el sofá con una botella de cerveza fría y un libro abierto pero sin leer. Escuché los pasos de Lía, su risita baja, y después el sonido de la puerta de su depto abriéndose. No me levanté. No necesité. La vi entrar, caminar hasta la ventana, y apoyar las manos en el vidrio. No se volvió. Solo se bajó la camiseta hasta la cintura, se agachó un poco, separó las nalgas, y me mostró su culo desnudo, húmedo, con la marca roja de los dedos de Martín. Y después, con lentitud, se pasó la mano por la concha, separó los labios, y me mostró su clítoris, hinchado como una perla negra, mojado, brillando bajo la luz del farol de la calle. Y me dijo, sin mirarme: “¿Te gusta, Santiago?”. Y yo, sin poder contenerme, le dije: “Sí. Me gusta mucho. Me gusta ver cómo te garcha”.
Esa fue la primera vez que nos hablamos, a través de la pared, sobre su cuerpo. Y a partir de ahí, todo cambió. Ya no era solo mirar: era esperar. Esperar que Martín llegara, que la llamara, que subiera. Y cuando lo hacía, Lía y yo nos poníamos de acuerdo por mensaje: “Voy a llamar a Martín a las once. ¿Querés ver?”. Y yo le respondía: “Sí. Aparecé en el balcón. Y no te pongas ropa. Quiero ver tu piel, tu concha, tu culo, todo”.
Una noche, él la agarró por la cintura, la levantó como si fuera una pluma, y la sentó en la mesa de comedor. Ella se abrió las piernas, lo tomó del pene con ambas manos, lo guió hacia su concha, y se lo metió de golpe. Él gritó, “¡Maldita!”, y ella se agachó, lo tomó de los hombros, y se comenzó a subir y bajar sobre él, con movimientos rítmicos, secos, suaves al principio y después cada vez más fuerte. Y yo, desde mi rincón oscuro, con el pene tieso y la respiración corta, le decía en voz baja: “Sí, Lía… así… miráme, miráme mientras lo cogés”. Y ella, en el momento más fuerte, cuando él le agarraba los pechos y le daba una palmada en el culo, ella se volvía hacia mí, con la camiseta subida, la concha hinchada, los pechos sudados, y me sonreía. Con esa sonrisa de pija que solo usa cuando sabe que me tiene en sus manos.
La última vez que los vi, Martín la tenía boca abajo, con las manos en sus caderas, y la estaba cogiendo desde atrás, con una fuerza bestial. Ella, con el rostro en la almohada, gemía, “¡Sí, sí, sí…!”, y yo, desde el balcón, con la mano en el pantalón, sin atreverme a tocarme aunque me dolía, le susurré: “Garchá, garchá, que te la meta hasta el fondo, que te la garche hasta que no puedas más”. Y ella, como si me oyera, se giró la cabeza un poco, me miró directo a los ojos, y me dijo, con la voz rota: “Santiago… mirá cómo te la garcho. Mirá cómo te la garcho, viejo”.
Y cuando él se vino, con un grito gutural, “¡Me vengo, Lía! ¡Me vengo!”, ella se estremeció, gritó, “¡Ah, sí! ¡Vine! ¡Vine!”, y yo, sin poder más, me dejé caer al suelo, con la vergüenza y el placer mezclados, y me vine en los pantalones, mirando cómo Martín se sacaba el pene, se limpiaba con la camiseta, y Lía, aún boca abajo, con los pechos hundidos en la almohada, me hizo un gesto con la mano: *vení*.
Y yo, con las piernas flojas y el corazón a mil, crucé la pared como si fuera una sombra. Y cuando puse la mano sobre su concha, aún caliente, aún húmeda, me dijo, con la voz baja y la mirada fija: “Ahora… ahora te la muestro a vos. A vos solo. Que no sepa Martín. Que no sepa nadie. Solo vos, Santiago. Solo vos, que me mirás y me querés como soy. Como me garché, como me cogí, como me vino encima y no pude más”.
Y ahí, en su depto, con el olor a sexo y a sudor, con su concha abierta, su culo aún marcado, sus pechos aún sudados, yo la cogí. No con furia, no con prisa: con lentitud. Le metí el dedo, lo sentí húmedo y caliente, y le dije: “Decíme cómo se mete Martín, Lía. Decíme cómo se mete, porque quiero saberlo bien, para meterlo yo igual”. Y ella, con la voz rota, me lo describió: “Así… con la cabeza abajo, tirando del culo, entrando fuerte, saliendo lento, y cuando te meto el dedo… apretá la concha, apretá como si la estuvieras cogiendo… sí, así…”.
Y yo, con la mano en su concha, con la boca pegada a su cuello, con su respiración entrecortada en mi oreja, le metí el pene. Y cuando lo sentí dentro, cuando sentí su calor, su humedad, su apriete, le dije: “Sí, Lía. Esto es lo que querés. Esto es lo que te hace bien. Mirá. Mirá cómo te cogo. Mirá cómo te cogo, mi vieja. Mi concha. Mi pija. Mi todo”.
Y así, con ella sobre mí, con sus pechos flotando, su concha apretada alrededor de mi pene, con su culo golpeándome el pubis, con sus uñas clavadas en mis brazos, me vine dentro de ella, fuerte, larguísimo, y ella se vino conmigo, gritando mi nombre, gritando “¡Santiago! ¡Santiago!”, y yo la abracé, la sentí temblar, y
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.