El vecino me cogió mientras su mujer me miraba desde la ventana

El vecino me cogió mientras su mujer me miraba desde la ventana

@el_forastero ·25 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (5) · 254 lecturas · 6 min de lectura

Yo no buscaba nada. Solo vivía en el depto 2B del edificio de la Avenida Revolución, tercera planta, con vista al callejón estrecho donde se secaban ropa y se oía el chorro del agua de las macetas. El depto 2A, al otro lado del muro delantero, lo ocupaba un chavo llamado Raúl, alto, moreno, con brazos de pescador y una voz que se escuchaba hasta en mi cocina cuando encendía el ventilador. No habíamos cruzado más que saludos de pasillo, un “buenas tardes” con la mano, un “¿te pasas por aquí?” cuando le ayudé a cargar un mueble viejo.

Todo cambió la noche del 12 de mayo. Llovía a cántaros, de esas que se sienten en los huesos, y yo estaba en pijama, con una cerveza fría y el televisor apagado por el ruido del trueno. A las 10:15, escuché un golpe seco en la pared que separaba ambos deptos. No era el sonido normal de una puerta ni un mueble cayendo: era algo metálico, una herramienta. Luego, silencio. Volví a beber. Diez minutos después, otro golpe. Más fuerte. Y una voz que decía: “¡Joder, qué perra mierda de tubería!”.

Me paré. Raúl no vivía solo. Tenía una novia, o eso decían en el edificio: una morena de ojos grandes y caderas anchas, que usaba blusas ajustadas y se pintaba los labios de rojo como si fuera a una boda. Se llamaba Leticia. Yo la había visto subiendo las escaleras con tacones de aguja, el culo reventando los jeans, y yo —como todos los hombres en ese piso— le echaba una ojeada, rápido, como si me hubieran atrapado. Ella siempre sonreía, pero no con los ojos. Con la boca, sí. Con los ojos, no.

Esa noche, mientras la lluvia golpeaba el cristal como si quisiera entrar, escuché algo más. No fue un golpe. Fue un susurro. Luego, una risa corta. Y entonces, el sonido de una puerta que se cerraba suavemente.

Me levanté. No sabía por qué. Tal vez por curiosidad, tal vez por algo más viejo, más profundo, que llevaba ahí dentro desde los 17 años, cuando mi primo me llevó a ver a una pareja en una cabaña de los alrededores de Toluca. Me acerqué al muro que separaba ambos deptos, la pared blanquecina con una grieta por donde entraba el sonido como una lengua. Me pegué a ella. La madera de la pared fría contra la frente. Respiré hondo.

—¿Te duele la espalda? —decía Raúl, con voz suave, casi tierna.

—No me duele nada… si tú me lo pones bien —respondió Leticia, y su voz no era la de siempre. No era la de cuando subía las escaleras, ni la de cuando le decía “buenas noches” a la vecina del quinto. Era más baja, más cargada, como si cada palabra la sacara de dentro con una mano húmeda.

Escuché pasos. Cerca. Muy cerca.

—¿Viste lo que me dijo tu vecino ayer? —dijo Raúl.

—¿Qué? —preguntó ella, y hubo un instante de silencio que duró tres segundos, o diez, o un siglo.

—Que me parecía raro que tú siempre llevaras pantalones cortos en invierno… que te veías bien, muy bien.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije: “Si te gusta tanto, que venga y vea por sí mismo”.

El silencio volvió. Yo me quedé inmóvil, con la cerveza en la mano, fría ya, goteando gotas en el suelo.

—¿Te parece? —dijo ella, y esta vez la risa sí fue con los ojos.

—Sí. Mañana, cuando vaya a trabajar, te lo llamo. Le digo que pase.

—No mañana —dijo ella—. Esta noche.

Me alejé un poco. No por miedo, sino porque el corazón me latía tan fuerte que temí que lo oyera. Me senté en el sillón, pero no me moví. Me quedé allí, con la espalda pegada al muro, como si la pared fuera un espejo y yo estuviera al otro lado, viendo.

Escuché la música que puso Raúl: un ranchero viejo, de los de Vicente Fernández, pero bajito, casi un susurro. Luego, el sonido de ropa cayendo al suelo. Una camisa, un jean, dos zapatos. Leticia, que siempre usaba medias, esa noche no. Solo el crujido de sus talones contra el piso al quitárselas. Luego, un chasquido: el cierre del sostén.

No abrí los ojos. No necesité hacerlo. Sentí la temperatura cambiar. Sentí el calor que se extendía por el depto, como si la pared se volviera transparente y dejara pasar el calor de su cuerpo. Oí su respiración, más lenta, más húmeda. Y luego, la voz de Raúl, que ya no era la de todos los días:

—¿Quieres que te lo meta lento… o rápido?

—Lento… pero no tanto. Que sientas que se te va a romper la verga.

—¿En serio?

—Sí. Que me lo metas como si fueras a cogérmela todo.

Escuché un movimiento. Un grito ahogado. Luego, un sonido que no olvidaré jamás: la cadencia de un cuerpo dentro de otro, lento, constante, como el latido de una puerta que no se cerraba. Raúl, respirando fuerte. Leticia, con los dientes apretados, pero no por el dolor. Por la ganas. Por el goce.

Yo no me moví. No parpadeé. Sentí la verga dura en el pantalón, y no la toqué. No quería romper el hechizo.

—¿Te gusta mirar? —le preguntó Raúl.

—Sí… pero no tanto como me gusta que me miren.

—¿Y si ahora te pongo de rodillas y te meto la cara entre sus muslos?

—Hazlo. Pero dile que no parpadee.

—¿A quién?

—A él. Al vecino.

El corazón me dio un vuelco. No por miedo. Por algo más viejo. Por algo que llevaba años esperando.

—¿Tú estás aquí? —le preguntó Raúl.

Silencio. Luego, una risa suave. Una confesión.

—Sí.

—¿Me lo vas a decir?

—Sí.

Escuché el crujido de una silla. Luego, pasos. Cerca. Tan cerca que sentí el aliento en la pared. Luego, un golpe seco. No en la pared. En la puerta de mi depto.

—¿Quién es? —pregunté, con voz que no era la mía.

—Soy yo. Raúl.

No respondí. No me moví.

—Abre, wey. Leticia está aquí. Y quiere verte.

Me paré. Me limpié la frente con la manga. Me tomé un trago de la cerveza, que ya estaba tibia. Caminé hasta la puerta. La abrí.

Estaba allí. Raúl, con la camisa abierta, el pelo despeinado, los ojos brillantes. Detrás de él, Leticia, sin sostén, con los pechos altos, los pezones duros como canicas, y los labios entreabiertos. No tenía ni media. Solo un jeans bajo, abierto por la mitad.

—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó ella.

No dije nada. Solo asentí.

—Pásate —dijo Raúl—. Te la voy a dar para que la veas bien.

Leticia no se movió. Solo me miró. Y entonces, con la mano, me hizo una señal: “Entra”.

No lo dudé. Entré. Y mientras Raúl me tomaba del brazo, Leticia cerró la puerta tras de mí, con un clic que sonó como un disparo.

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@el_forastero

Llego, observo y me tomo mi tiempo. La seducción no tiene prisa; el buen relato tampoco. Ambientes, miradas, lo que se cocina lento.

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