El vecino del quinto piso
6 minEl vecino del quinto piso
Yo nunca había tenido una experiencia así, y menos con un hombre. Pero esa noche, entre el olor a humedad del pasillo y el zumbido del ascensor viejo del edificio, todo cambió. Lo vi bajando del cuarto piso, con su camiseta mojada de sudor, el pelo rubio peinado hacia atrás, las orejas grandes y los hombros anchos, como de quien levanta cosas pesadas o corre todas las mañanas. Me miró de reojo y se detuvo frente al quinto. Él era el nuevo: se llamaba Julián, decía que venía de Medellín, y trabajaba desde casa. Yo vivía en el cuarto, y desde la primera vez que lo vi —hacía ya tres semanas— le había sentido ese cosquilleo raro en la ingle, como si mi pito me avisara algo antes de que mi cerebro lo procesara.
Esa noche, las luces del edificio parpadearon, y el aire se volvió espeso, pegajoso, como cuando llueve en verano y todo se siente húmedo. Yo estaba en la puerta de mi apartamento, tomando una cerveza, la botella ya caliente entre mis dedos. Escuché pasos. Él. Julián, con los pantalones cortos de gym, los muslos firmes, el culo redondo y apretado, como si lo hubieran forjado a mano. Me miró, me sonrió con esos dientes blancos y un poco desalineados, y me dijo: —¿Te importa si uso el aire acondicionado del pasillo? El mío se rompió. —Claro —le dije, y sentí cómo me seco la boca, la lengua pegada al paladar—. Pásate.
Entró. No como invitado, sino como si ya conociera el lugar. Se dejó caer en el sillón, se quitó las zapatillas con un suspiro, y se pasó la mano por el cuello, dejando el sudor en los nudillos. Yo me quedé de pie, la cerveza en la mano, los ojos fijos en el hueco de su cuello, donde latía fuerte la vena. Me miró, y esta vez no sonrió. Me miró como si me estuviera desbotando, como si ya me tuviera encima. —¿No te sientas? —dijo, con voz grave, casi ronca. —Sí —murmuré—. Pero no sé qué decirte.
Se levantó. Lento. Con esa seguridad de quien sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo. Se acercó, y cuando estuvo cerca, huele a jabón de menta y sudor varonil, me tomó la botella y la dejó en la mesa. Entonces, con un dedo, me arrancó la camiseta por el cuello. No con brusquedad, pero tampoco con suavidad. Con autoridad. —Eres lindo cuando te ponés nervioso —dijo, y me besó.
Fue como un trueno. Su boca se abrió sobre la mía, húmeda, cálida, con sabor a sal y cerveza. La lengua le entró a mi boca sin pedir permiso, y yo le dejé, porque ya no quería pensar. Quería sentir. Sentir su cuerpo, su pito que ya se endurecía contra mi muslo, su mano que me agarró la nuca y me apretó contra su pecho. Me besó como si me estuviera mamiando, como si me estuviera chupando la alma por la boca.
Me separó un poco, me miró a los ojos, y entonces me soltó una frase que me encendió los oídos: —Quiero verte mamar, pibe.
Y sin esperar respuesta, se agachó. Me desabrochó el cinturón, bajó la cremallera con un chirrido suave, y sacó mi pito, ya medio duro, colgando como un pobre pajarito. Me miró, con los ojos entrecerrados, y me sonrió de nuevo. —Está lindo —dijo—. Pero quiero que me mames hasta que te falle el paladar.
Me agarró de las caderas y me empujó hacia atrás, sobre el sofá. Me abrió las piernas con una patada leve, y se puso entre ellas. Entonces, con la mano derecha, me agarró la verga y empezó a frotarla contra su estómago, con movimientos rápidos, secos, como si me estuviera sacudiendo un moco. Yo gemí. No pude evitarlo. Un sonido gutural, bajo, como de animal herido.
—Callate —me dijo, y me pegó un cachetazo en el muslo—. Quiero oírte cuando te folla la garganta.
Me tomó la cabeza con ambas manos y me empujó hacia abajo. Mi nariz topó con sus testículos, calientes y pesados. Me apartó el pelo de la frente con el codo, y me metió el pito en la boca sin más. Yo me ahogué. Me corrió en la garganta, y yo lo tragué, porque me gustaba. Me gustaba sentirlo palpitando, sentir cómo me lo daba sin pedir permiso, cómo me usaba como un juguete.
Lo saqué de la boca, jadeando, con la lengua ardiente. Él se levantó, se desabrochó el pantalón, y se sacó el calzoncillo. Su pito salió, grueso, derecho, la cabeza roja y brillante, con una gota de pre-cum colgando del glande. Me lo mostró, y me dijo: —Míralo bien. Es tuyo. Si te lo mamas bien, te lo dejo entrar hasta el fondo.
Me puse de rodillas. Lo tomé por la base, con la palma caliente, y lo froté contra mis labios. Lo chupé lento, desde la punta hasta el escroto, con la lengua rozando el glande, pasando por los hilos de venas, hasta que lo sentí palpitando en mi paladar. Lo metí todo. Hasta que mis lágrimas se mezclaron con su olor.
—Ahora al piso —me ordenó.
Me dio la vuelta, me puso de vientre, y me subió la camiseta. Me abrió las nalgas con los dedos, me lamió el ano como si fuera un dulce, y luego se lubricó con su propia cera, con el dedo pulgar, y me metió dos dedos. Yo grité. No de dolor, sino de placer. Me sentí abierto, lleno, como si me estuviera volviendo suyo.
—Estás apretado, pibe —dijo, mientras me movía los dedos—. Pero me gusta. Me gusta que te folla un pene antes de que te follen un culo.
Me sacó los dedos, se lubricó el pito con la mano, y se puso detrás de mí. Me agarró de las caderas, me metió la punta en el ano, y me empujó. Yo sentí cómo se rompía algo dentro. Una barrera. Un sonido húmedo, un estiramiento. Y entonces, con un movimiento firme, me lo metió todo. Hasta la base.
—Joder —gimió—. Estás rico.
Empezó a moverse. Lento al principio, como si estuviera midiendo cada pulso. Luego más rápido, con golpes secos, húmedos, que me hacían temblar. Yo agarraba la tapa del sofá con las uñas, y gemía, y lloraba, y le decía: —Sí, Julián, sí, sí, sí…
Me agarró del pelo, me tiró de la cabeza hacia atrás, y me metió el pito hasta el fondo, y me corrió dentro. No como un chaval, sino como un hombre que se entrega. Me corrió en la prosta, a raudales, y yo sentí cómo me llenaba, cómo se calentaba todo mi cuerpo, cómo mi pito se estremecía y me salía una gota espesa.
Se sacó, y se dejó caer al lado mío, sudado, con la respiración entrecortada. Me pasó la mano por el pecho, y me dijo: —¿Vas a seguir viviendo aquí? —Sí —le dije. —Pues avisame —dijo, y se levantó, se puso el pantalón, y se fue.
Yo me quedé tirado en el sofá, con su olor en la piel, su semen dentro del culo, y el corazón latiendo como si me lo estuvieran pateando. Esa noche, por primera vez, no soñé con mujeres. Soñé con el quinto piso. Y con su pito metiéndose en mi garganta.
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Me gustan las noches largas y lo que se esconde en ellas. Dominación, control y esa tensión elegante de quien sabe lo que quiere.