El vecino del quinto piso
7 minEl vecino del quinto piso
Me llamo Lucía y vivo en ese edificio de once pisos que todos conocemos pero nadie comenta: los muros están descascarados, el ascensor gime como un animal herido y el portal huele a humedad y café barato. Vivo ahí desde hace tres años, sola, trabajando desde casa como redactora freelance. El silencio es mi compañera, hasta que él llegó.
El vecino del quinto piso —Daniel— se mudó hace dos semanas. No lo vi entrar, pero lo escuché: pasos pesados, risas con amigos, la puerta cerrándose con fuerza. Hasta que una noche, mientras lavaba los platos, oí el sonido de algo cayendo en su apartamento: un golpe seco, seguido de un murmullo gutural. Me acerqué a la puerta, sin pensar, y escuché su respiración, cortada, entrecortada. Luego, un grito ahogado. No supe si era dolor o placer. Pero me quedé parada ahí, con el trapo en la mano, el agua fría corriendo por los dedos, hasta que se hizo de noche.
Al día siguiente, lo vi en el pasillo. Alto, cabello oscuro corto, mandíbula marcada. Llevaba una camiseta de algodón gris que le quedaba pequeña y dejaba ver parte del músculo del brazo cuando se rascaba el cuello. Me miró de reojo y asintió. Un gesto rápido, casi invisible. Pero lo vi.
Esa noche, mientras escribía con el portátil sobre las piernas, escuché el sonido de su música. Bajo, profundo, con un bajo que vibraba las paredes. Sentí el ritmo en el pecho, como un latido ajeno. Me levanté, me acerqué a la puerta y puse la oreja en la madera. Escuché movimiento, una silla arrastrándose, luego un silencio denso. Y luego, algo más. Un susurro. No entendí las palabras, pero sentí la textura de su voz: áspera, húmeda, como si viniera de un lugar donde el aire se volvía espeso con el deseo.
No sabía qué hacer. Me senté en el sofá, me pasé la lengua por los labios, me toqué el muslo sin querer. Me recordé a mí misma: Lucía, cuarenta y dos años, viuda desde hace cinco, con un cuerpo que parecía olvidado, con pechos flácidos tras la menopausia y una vagina que ya no se humedecía sola. Pero algo en ese hombre —en su presencia, en su silencio, en sus ruidos— me hizo sentir que aún respiraba.
Dos días después, me encontré con él en el buzón. Estiré el brazo al mismo tiempo que él. Nuestros dedos se rozaron. El roce fue breve, pero eléctrico. Me miró, esta vez con más tiempo. Sus ojos eran oscuros, húmedos, y no hubo disimulo. Solo un interrogante.
—Perdón —dijo, voz grave, sin soltar mi mano.
—No hay nada que perdonar —respondí, y no me tembló la voz.
Se quedó ahí, sosteniendo mi mano un segundo más. Luego, soltó un suspiro y se retiró. Pero me dejó el número escrito en una servilleta, doblada con cuidado, dentro del sobre del correo que aún sostenía.
Esa noche no dormí.
Al tercer día, tocó mi puerta. No sonó, solo golpeó dos veces, suaves, como si dudara. Abrí y lo vi allí, con una botella de tequila y dos vasos en una bandeja de madera. No dijo nada. Solo me miró y me tendió la bandeja. Acepté.
Entró sin pedir permiso, como si ya conociera el lugar. Se sentó en el sofá, cruzó las piernas, y me miró mientras me quitaba los zapatos. Me senté frente a él, con las rodillas juntas, los pies descalzos sobre el suelo frío. Me di cuenta de que me temblaban las manos.
—¿Te importa si me quitó la camiseta? —preguntó.
—No —dije.
Se la sacó por la cabeza. Su torso era firme, con pelos oscuros que bajaban desde el pecho hasta el ombligo, marcado por un pequeño hoyuelo. Sus músculos estaban tensos, pero no por esfuerzo. Por anticipación.
Me acerqué. No con timidez, sino con intención. Pasé los dedos por su abdomen, sintiendo el calor de su piel, la textura de su vello. Él respiró hondo. Me miré las manos: los nudillos blancos, las uñas cortas, las venas azules bajo la piel. Me recordaron que aún era capaz de tocar, de sentir.
—¿Puedo? —preguntó.
Asentí.
Se levantó, me tomó de la muñeca y me sentó sobre sus muslos. Me voltea, me pone en cuclillas entre sus piernas, con las rodillas separadas. Me mira, me sonríe, y con lentitud, me desabrocha el pantalón. Me baja la braga, con cuidado, como si fuera una tela de seda. Me palpa los muslos, me sube las manos por las caderas, me toca los glúteos, los aprieta, los separa con los pulgares y me explora la entrada. Me frota el clítoris con el pulgar, una y otra vez, sin presión, solo rozándolo, como si estuviera acariciando una flor frágil.
—Estás seca —dice, voz ronca.
—Sí —respondo, sin vergüenza.
—Voy a humedecerte.
Me mete dos dedos dentro, suaves, entrando uno a uno, con paciencia. Me estiro, sujeto el respaldo del sofá, y dejo que se abra. Me gimo, un sonido bajo, gutural, que ni yo reconozco como mío. Me toca ahí, esa zona que duele cuando se toca bien, y me siento temblar. Me levanta un poco, me pone de pie frente a él, y me desabrocha el sujetador. Me baja la ropa, me deja desnuda frente a él, sin vergüenza, sin disimulo. Me mira, y en sus ojos no hay lástima, no hay sorpresa. Solo deseo. Solo reconocimiento.
—Eres hermosa —dice.
Y me besa. Un beso profundo, húmedo, con su lengua que busca la mía, que la empuja, que la invita a seguir. Me palpa los pechos, me los aprieta, me frota los pezones con los pulgares hasta que se endurecen, hasta que me duele. Me gimo contra su boca.
Me toma de la cintura, me levanta, y me senta en la mesa de centro, la que usaba para escribir. Me abre las piernas con las suyas, se arrodilla frente a mí, y me mete la lengua dentro. Me lamé con fuerza, con ganas, como si le hubieran quitado el derecho a respirar y ahora lo recuperara con mi cuerpo. Me frotó el clítoris con la lengua, me rozó el orificio anal con la punta, me metió dos dedos y los movió rápido, mientras me chupaba el clítoris como si fuera lo único que le quedaba por salvar.
Me llegué rápido. Un orgasmo seco, intenso, que me hizo arquear la espalda, que me hizo gritar su nombre, que me hizo temblar como una hoja. Me sentí vacía, y luego llena de nuevo, con su lengua que me chupaba la humedad que ya no tenía.
Se levantó, se desabrochó el cinturón, se bajó la cremallera, y me mostró su pene. Grande, grueso, con la cabeza roja y húmeda. Me lo acercó a la boca. Lo besé, lo lamí, lo sentí en mi lengua, en mis dientes. Me lo metí dentro, profundamente, hasta que sentí sus testículos contra mi barbilla.
—Ahora tú —dijo, apartándose.
Me subí sobre él, con las rodillas en los costados del sofá, y lo vi a los ojos mientras me sentaba, mientras lo empujaba dentro de mí. Me estiré, abrí la boca, y lo sentí: la cabeza, el cuello, el cuerpo entero. Me sentí estirada, quemada, llena. Me moví lento, con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me incliné hacia atrás, me apoyé en sus muslos, y lo sentí golpeando mi cuerpo desde dentro, como un latido que no se detiene.
—Sí —susurré—. Sí, así.
Me agarró de las caderas, me empujó con fuerza, y me hizo bajar más. Me sentí profundamente llena, con su pene golpeando mi útero, con su cuerpo que me sujetaba como si no quisiera perderme. Me moví más rápido, con ganas, con urgencia, con miedo de que se acabara. Me miró, me sonrió, y me besó el cuello.
—Voy a salir —dijo, y me separé un poco.
Se puso de pie, me giró, me puso de rodillas frente a él, y me pidió que lo tomara. Lo agarré por la base, lo apreté, lo lamí, lo chupé, mientras me frotaba el clítoris con los pulgares. Me sentí húmeda de nuevo, con la boca seca, con el corazón a mil. Me miró, me tomó de la cabeza, y me empujó su pene dentro de la garganta. Me ahogué, pero no me solté
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Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.