El vecino del quinto

@marco_vidal ·15 de febrero de 2026 · ★ 4.1 (4) · 540 lecturas · 6 min de lectura

La luz del sol ya se había escurrido por las ventanas del edificio El Roble cuando Marco, sentado en su apartamento del cuarto piso, notó el movimiento en el quinto. Ella estaba ahí, entretenida con el espejo de mano, peinándose frente a la ventana abierta. El pelo rubio, recogido en un moño suelto, le dejaba descubierto el cuello y la nuca, y el vestido verde que llevaba —uno de tirantes finos y algo cortito— se le pegaba a las curvas mientras se inclinaba para recoger algo del suelo. Marco, que ya la había visto varias veces así, sin hacer ruido, con su café humeante en la mano, sintió que su pulso se aceleraba. Ella se llamaba Lucía, y vivía sola desde que se separó del marido, según lo que había escuchado por los vecinos en el ascensor.

No era la primera vez que la miraba. Desde que ella se mudó, hace dos meses, Marco había notado ciertos rituales: la ducha por las mañanas, las velas que encendía al atardecer, las noches en las que se quedaba despierta mirando la tele con las piernas cruzadas, el cuerpo recostado en el sofá, los pies descalzos apoyados en el cojín. Él, en su cuarto, con la puerta entreabierta y el ojo pegado al mirador, se dejaba llevar por la tensión, por ese juego sutil donde nadie decía nada, pero todo se decía.

Esa noche, sin embargo, algo cambió. Lucía no encendió las luces del living. Se sentó en el sofá con un vaso de vino en la mano, y se quitó los zapatos con lentitud. Se pasó los dedos por los hombros, como si se deshiciera de la tensión del día. Luego, se levantó, caminó despacio hasta la ventana y se quedó ahí, de pie, con el brazo apoyado en el marco, el codo flexionado, la mano contraída en un puño suave. El vestido se le subió un poco más cuando se estiró, y Marco vio el contorno de su culito redondo, la curva de sus nalgas, la piel suave que parecía brillar con la luz de la calle.

—¡Eh! —dijo ella, de pronto, sin voltear. Pero no era una reprimenda. Era una advertencia suave, casi un murmullo, como si ya lo hubiera notado antes y lo estuviera dejando pasar.

Marco se congeló. El corazón le latía como si le quisiera salir por el pecho. Se escurrió de la puerta y se sentó en el sillón, fingiendo leer el periódico, pero con las manos temblorosas y la entrepierna caliente.

—¿Marco? —volvió a decir ella, esta vez con voz más clara, más cálida—. ¿Me estás mirando?

Él se levantó, lento, como si la habitación estuviera hecha de miel y él quisiera salir sin derramar nada. Caminó hasta la puerta, la abrió con cuidado y se asomó al pasillo, con el corazón en la garganta. Lucía lo miraba desde su umbral, con una sonrisa que no era de burla, sino de complicidad. Llevaba el pelo suelto ahora, y el vestido, con un pequeño deshilachado en la costura del hombro, parecía más íntimo.

—Sí —respondió él, con la voz un poco ronca—. Te miro. Pero no es por curiosidad.

Ella asintió, como si ya lo supiera. Se pasó la lengua por los labios, lento, y se inclinó un poco hacia adelante, dejando que el escote se abriera más.

—Yo también te he visto, Marco —dijo—. Muchas veces. Ese mirador no es tan grueso, ¿no te das cuenta?

Él sintió que la sangre le subía a la cara. Se mordió el labio. No era vergüenza. Era deseo.

—¿Y por qué no me dijiste algo antes? —preguntó, intentando sonar más seguro de lo que se sentía.

—Porque quería ver si tenías paciencia —respondió ella, dando un paso hacia adelante—. Porque quería saber si me querías de verdad, o solo si me querías *ver*. Porque hay quienes miran para poseer, y hay quienes miran para sentir. Tú eres de los segundos, ¿verdad?

Él no respondió. Solo asintió, con los ojos pegados a su boca, a sus pechos que se movían con la respiración, al brillo que tenía en la mirada.

Lucía dio otro paso. Ya estaba a un metro de él. Podía sentir su perfume: jazmín y un toque de vainilla, como si hubiera salido de una tarta recién horneada.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó ella, bajando la mano al muslo, deslizando la uña por la tela del vestido.

—Mucho —dijo él, con la voz quebrada.

Ella sonrió, y esta vez la sonrisa fue de victoria. Se inclinó hacia él, hasta que su aliento le acarició la oreja.

—Entonces ven —susurró—. Pero tranquilo. No te vas a caer.

Y lo tomó de la muñeca, suave, como si ya lo hubiera hecho cien veces antes.

Marco, sin decir más, la siguió.

En el apartamento de Lucía, las luces estaban apagadas, solo la luna entraba por la ventana y pintaba líneas plateadas en el piso. Ella se sentó en el sofá, le palmeó el muslo y le hizo espacio.

—Siéntate —dijo—. No tengas miedo. Aquí no hay vecinos que escuchen.

Marco se sentó, con las manos en las rodillas y la espalda recta, como si estuviera en un examen.

Lucía se inclinó hacia él, lo miró a los ojos, y le pasó la punta de la lengua por los labios.

—¿Sabes qué me gusta de ti? —preguntó—. Que no intentas disimular. Que me miras como si quisieras meterte dentro de mí con la mirada. Que no me pides permiso, me miras y me *tomas*. Y eso… me encanta.

Él respiró hondo. Le temblaban las manos.

—¿Y si te dijera que quiero llevarte a la cama? —preguntó.

Ella se rió, una risa baja, cálida, como un susurro en la oscuridad.

—Entonces te diría: *anda, guachín, que la cama ya está hecha*. Pero antes… —se levantó, lo tomó de la mano y lo jaló suavemente hacia ella—… primero quiero que me mires bien. Que me veas *todo*. Que me veas sin miedo. Porque esta noche no hay prisa.

Y se levantó, despacio, el vestido se deslizó por sus caderas como agua, dejando al descubierto su cuerpo entero: la cintura estrecha, el ombligo, los pechos redondos y firmes, el vello rubio en la entrepierna, el culo redondo y alto que parecía hecho para ser agarrado y apretado. Marco la miró, sin parpadear, con la boca seca y la entrepierna dura como una piedra.

Lucía se acercó, se sentó en el borde del sofá, abrió las piernas un poco, y le palmeó el muslo.

—Ahora… —dijo—… me vas a contar qué parte te gusta más.

Él tragó saliva, y le sonrió.

—El culo —dijo—. Y los pechos. Y la boca.

Ella rió, otra vez, y le pasó la mano por el cuello, hasta el pelo.

—Muy bien, *guachín*. Ahora dime… ¿qué quieres hacer con ellos?

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