El vecino del piso de arriba

El vecino del piso de arriba

@el_forastero ·20 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (22) · 106 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente el techo de lámina del edificio antiguo de la colonia Roma Norte como si estuviera susurrando secretos al cemento mojado. Dentro del departamento 3B, Mateo —un hombre de treinta y tantos años, de hombros anchos, pelo negro entrecanoado en las sienes y manos que habían manejado más herramientas que teclados— se secaba el rostro con una toalla después del baño. El vapor del agua caliente aún colgaba en el aire, empañando los vidrios de la ventana del cuarto de baño. Fuera, la ciudad respiraba bajo el aguacero: luces tenues de autos, gritos lejanos de niños que aún jugaban bajo los refugios, y el olor a tierra mojada y garbanzos fritos que subía desde la calle.

Escuchó el primer golpe suave en la pared del dormitorio. No era el ruido de una silla que se cae ni de una cama que cruje. Era algo más intencional: tres toques cortos, como si alguien con los nudillos un poco callados quisiera no despertar a nadie. Mateo frunció el ceño, se secó las manos con la toalla y se acercó a la pared compartida con el departamento 4A.

—¿Vecino? —preguntó, con la voz un poco áspera por el agua y el silencio.

Un segundo de pausa. Luego, otro golpe. Más firme. Esta vez, una voz —femenina, suave pero segura— se filtró a través del yeso agrietado.

—¿Estás seguro de que no te importa nada lo que pasa aquí arriba?

Mateo reconoció la voz. Era Sofía, la vecina del piso de arriba. Una mujer de veintiocho años, morena, de caderas anchas y pechos que siempre parecían cargar un secreto consigo. Había mudado hace dos meses, tras un divorcio rápido y silencioso. El día que llegó, Mateo la vio bajar de un camioneta roja con dos cajas de cartón y una mirada que no decía nada, pero lo decía todo. Él había asentido con la cabeza, ella le sonrió con una sonrisa breve, como si le agradeciera su presencia sin palabras, y subió.

Nada más.

Hasta hoy.

Mateo se quitó la toalla, se puso una camiseta vieja y pantalones cortos. Se acercó a la pared otra vez, esta vez con la palma abierta, como si quisiera sentir el latido del otro lado.

—¿Quieres que suba? —preguntó, bajando la voz.

—Sí —respondió ella, sin vacilar—. Pero primero abre la puerta del trastero.

Mateo parpadeó. El trastero del edificio era un espacio estrecho, lleno de polvo y cajas olvidadas, al final del pasillo del tercer piso. Nadie lo usaba. Siempre estaba cerrado con llave.

—¿Cómo sabes que está abierto?

—Porque lo abrí yo. Y no me refiero a la puerta del trastero. Me refiero a la que está detrás del espejo del baño.

Mateo respiró hondo. El espejo del baño de Sofía —uno grande, con marco dorado, colgado con clavos viejos— daba a la pared que separaba ambos departamentos. Él lo sabía, porque cada vez que ponía música fuerte en su cuarto, ella tocaba la pared con una varilla de metal para hacerle saber que bajara el volumen.

Pero nunca había pensado… nunca.

Se levantó, caminó al baño, y se paró frente al espejo. Lo miró fijamente. La superficie estaba empañada, como si acabaran de ducharse —aunque Sofía no había estado allí—. Con la punta del dedo, empujó suavemente la esquina superior izquierda. El espejo cedió. No un chasquido, sino un suspiro de madera seca. Se abrió como una tapa de caja fuerte antigua, revelando un pasadizo estrecho, oscuro, que olía a incienso y a piel fresca.

Mateo encendió su celular como linterna. Unos peldaños de madera, bajando. No era una escalera de servicio. Era una escalera hecha a propósito. Para esto.

Subió.

El pasaje lo llevó a un pequeño hueco detrás del espejo: una habitación oculta, de apenas dos metros por dos, con un colchón al centro, velas derretidas en el suelo y una silla plegable con ropa doblada encima. En el centro de la habitación, Sofía estaba sentada con las piernas cruzadas, vestida con una blusa blanca abierta sobre un sostén de encaje negro, y una falda que apenas le llegaba a la mitad del muslo. Sus ojos oscuros brillaban bajo la luz tenue de una vela. No usaba zapatos. Tenía los pies descalzos, las uñas de los dedos pintadas de rojo oscuro.

—Sabía que vendrías —dijo, sin sonreír, pero con algo de ternura en la voz.

Mateo no respondió. Se acercó, lentamente, como si el suelo pudiera moverse bajo sus pies. Se detuvo frente a ella. Pudo sentir su olor: jazmín, un poco de humo, y algo más íntimo, que no sabía nombrar.

—¿Por qué ahora? —preguntó.

Ella se levantó. Con lentitud, como si cada movimiento fuera un acto de entrega. Se quitó la blusa y la dejó caer al suelo. El sostén de encaje no ocultaba nada: pechos grandes, firmes, pezones oscuros y erectos. Bajó las manos a la cintura de la falda, tiró con suavidad, y la tela se deslizó por sus caderas hasta rozar el suelo. No llevaba ropa interior debajo.

—Porque me miraste —dijo—. Dos veces. La primera cuando me bajé del camión. La segunda cuando te vi lavar el auto el domingo, con la camiseta pegada al pecho y las piernas tan fuertes.

Mateo tragó saliva. La piel de Sofía brillaba con una humedad ligera, como si la lluvia también le hubiera dejado su sabor en el cuerpo.

—Y tú me viste —añadió, acercándose un paso más—. No como una vecina. Como una mujer que sabe que tiene algo que dar.

Él la tomó de la cintura. Sus manos se hundieron en la suave curva de su cuerpo, sintiendo el calor de su piel, el latido rápido de su pulso en el cuello.

—¿Y qué es lo que quieres dar? —preguntó, con la voz un poco más ronca.

Ella le besó el cuello, mordió suavemente la piel, y susurró:

—Quiero que me cojas contra la pared, como si no supieras mi nombre. Quiero que me agarres de las nalgas y me levantes, que me metas tu verga hasta el fondo, que me hagas gemir como no he gemido desde que me fui de ese matrimonio. Quiero que me chupes los pechos hasta que me tiemblen las rodillas… y luego quiero que me lo chupes todo, hasta que no recuerde ni mi nombre.

Mateo la levantó sin pensarlo. Ella envolvió sus piernas en su cintura, como si lo hubiera estado esperando desde siempre. Él la llevó hasta la pared más cercana, la apoyó con cuidado, pero con firmeza, y bajó la mano por su muslo hasta la altura de la cadera. Con un dedo, rozó el borde de su sexo: húmedo, caliente, con un mechón oscuro y suave que olía a tierra y a deseo.

—¿Estás segura? —preguntó.

Ella le mordió el labio inferior, tiró de su camiseta hasta que se la quitó, y le besó el pecho.

—No —dijo—. Pero eso es lo que quiero. Que no esté segura. Que me chupe el pecho, que me toque hasta que me arquee, que me digas cosas feas en voz baja… que me hagas sentir que soy la única mujer en este edificio, en esta ciudad, en este mundo.

Él la miró a los ojos, la tomó de la barbilla y le besó la boca. La lengua de ella entró con timidez, luego con más fuerza, como si hubiera estado guardando ese beso por meses. Él sintió cómo su verga se endurecía dentro de los pantalones cortos, caliente y pesada, pulsando como un corazón solo.

Con una mano, le abrió el cinturón. Con la otra, bajó la cremallera. Sacó su pene, tieso y oscuro, la punta húmeda, brillante bajo la luz de las velas.

Sofía lo miró sin vergüenza, sin miedo. Con deseo.

—Cuélgate —dijo.

Él se sentó en la silla plegable, la tomó de las caderas y la colocó sobre su pene. Ella se inclinó hacia atrás, apoyó las manos en sus muslos, y lentamente, con una respiración profunda, bajó su cuerpo hasta que su verga entró en su vagina, lento, profundo, hasta el fondo.

Ambos exhalaron al unísono.

—Mierda… —susurró Mateo.

—Sí —dijo ella, moviendo las caderas—. Sí, así. Más fuerte. Que el edificio tiemble.

Y entonces, Mateo la tomó de las nalgas, la sujetó con fuerza, y la movió sobre él. Ella subía, bajaba, gimiendo, sudando, con los ojos cerrados, el pelo pegado a

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@el_forastero

Llego, observo y me tomo mi tiempo. La seducción no tiene prisa; el buen relato tampoco. Ambientes, miradas, lo que se cocina lento.

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