El vecino del fondo

El vecino del fondo

@adriana_v ·19 de junio de 2026 · 🔥 4.5 (7) · 61 lecturas · 7 min de lectura

Era viernes y hacía un calor de perros en el fraccionamiento Las Águilas. El sol ya se había metido tras los cerros de Atizapán, pero el concreto de la terraza de la casa seguía radiando calor. Adriana se había quitado las sandalias nada más entrar, dejando los pies descalzos sobre el piso de losetas, y se había servido un vaso de agua con hielo que apenas se sostenía en el fondo del vaso, como siempre. No era que fuera una mujer fría, pero tampoco tenía ganas de moverse mucho. Solo quería terminar de ver su serie, con los pantalones cortos puestos y una playera holgada que apenas cubría sus nalgas.

El timbre sonó a las 8:23 p.m., exactamente como lo había temido.

—¿Quién será a esta hora? —murmuró mientras se levantaba, arrastrando los pies.

Abrió la puerta y ahí estaba él: Daniel, el vecino del fondo. Un tipo alto, moreno, de piel clara y ojos oscuros que siempre parecían estar mirando algo más allá. Llevaba una camiseta negra un poco sudada y los pantalones cortos de algodón que le quedaban estrechos en las caderas. En la mano izquierda, una botella de Mezcal El Silencio y dos vasitos plásticos.

—¿Viste que se fue la luz en toda la manzana? —dijo, con una sonrisa lenta que empezaba en los ojos y terminaba en la boca—. Me dije: “Pues si a mí me pasa, a Adriana también le debe haber llegado la luz apagada”.

Ella se recostó contra el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre el pecho, sintiendo cómo el aire se volvía más denso entre ellos.

—Sí, se fue. Pero ya volvió. Y yo ya me iba a acostar a dormir la digestión.

—Entonces… —Daniel puso los vasos sobre el borde de la mesa de la terraza, despacio, como si no quisiera romper el momento—. ¿Te apetece un trago frío, aunque sea de mentira?

Ella lo miró. No era la primera vez que lo veía. Había vivido frente a él casi dos años, se habían saludado un par de veces en el elevador, hablado del clima, de la basura que se demoraba, de quién era el dueño de ese perro que ladraba a las tres de la madrugada. Pero nunca así. Nunca con esa mirada que le clavaba directo en el ombligo.

—Está bien —dijo finalmente—, pero solo uno.

Él entró sin esperar invitación formal, como si ya conociera el camino. Cerró la puerta tras de sí y se acercó a la mesa. Volcó el mezcal en los vasitos, lo suficiente para que apenas se cubriera la base. Le entregó uno a Adriana.

—Salud.

—Salud.

El líquido le quemó la garganta, pero no le fastidió. Le gustó el sabor a humo y a tierra, a campo y a tiempo. Se bebió la mitad de golpe.

—Tú vives sola, ¿verdad? —preguntó Daniel, apoyando los codos en la mesa, con los ojos fijos en ella.

—Sí.

—¿Y nunca te has acostado con un vecino?

—No.

—¿Ni con nadie de por aquí?

—Nadie.

Él asintió, como si eso lo explicara todo.

—Mira, Adriana… —dijo, y por primera vez, su voz se volvió más grave, más lenta—. He estado pensando en ti desde hace semanas. No sé si tú lo notaste, pero yo sí. Cada vez que pasas por la escalera con tus pantalones cortos, o cuando te veo en la terraza con el pelo suelto y esas pecas en los hombros… Me pongo duro solo de pensarlo.

Ella no bajó la mirada. No sonrió. Solo lo miró, fijamente, con los labios entreabiertos.

—¿Estás seguro? —preguntó—. Porque si estás aquí por curiosidad, o porque estás borracho, o porque te da pereza irte a tu casa… no quiero ni saberlo.

—No estoy borracho —dijo él, poniéndose de pie y acercándose a ella—. Y no es curiosidad. Es esto.

Y la tocó. Solo por un segundo: la mano derecha sobre su nuca, los dedos hundidos en el cabello, tirando suavemente hacia atrás para que ella le mirara los ojos. Luego, un beso, corto, seco, pero con lengua al final, como una promesa incumplida.

Adriana no lo empujó. No se apartó. Solo dejó que sus labios se volvieran a encontrar, más lento esta vez, más hondo. Daniel le metió la lengua en la boca, y ella le correspondió con un suspiro que sonó como un gemido. Sus manos, que antes estaban en los bolsillos, ahora le agaraban las nalgas con fuerza, apretando la tela de sus pantalones cortos.

—Vamos a mi cuarto —dijo ella, por fin.

Él la siguió sin preguntar, sin perder el ritmo. En la habitación, Adriana se quitó la playera y se dejó caer sobre la cama boca arriba, con los muslos abiertos y los pechos libres, cubiertos por un sostén de encaje negro que apenas contenía lo que quería salir. Daniel se quitó la camiseta, dejando al descubierto un torso musculoso, con un vello oscuro que bajaba desde el ombligo hasta el borde de sus pantalones cortos. Se desabrochó el cinturón sin quitar la mirada de ella.

—¿Te gusta que te mire? —preguntó, acercándose a la cama.

—Sí —dijo ella, metiendo una mano entre sus piernas y frotándose con lentitud—. Mucho.

Él se quitó los pantalones cortos y los zapatos, y ahí quedó él, en todo su tamaño: una verga gruesa, morena, con el glande hinchado y brillante, cubierta por un poco de vello en la base. Se acercó a ella, se arrodilló entre sus piernas y le subió los pantalones cortos hasta las rodillas. Le separó los labios de la vagina con los dedos y se quedó viéndola: la vulva húmeda, el pequeño capuchón del clítoris ya erguido, los pliegues internos más oscuros que el resto.

—Mierda… —dijo, y se inclinó.

Su lengua tocó el clítoris con suavidad, luego con más fuerza, rozándolo en círculos mientras con los dedos le abría y le cerraba la entrada. Adriana gimió, arqueó la espalda y le metió los dedos en el pelo, jalándolo con cuidado.

—Sí… así… —susurró—. Bésamela, Daniel. Que me escuche el vecino.

Él se rió contra su piel y volvió a lamerla, esta vez con la lengua metida dentro, entrando y saliendo, como si estuviera cogiendo su vagina con lentitud y cariño. Adriana se sintió húmeda, pesada, lista. Se separó, se puso de cuclillas y le empujó la verga hacia su entrada, frotando el glande contra su clítoris una última vez antes de meterlo todo.

—Ah, joder —dijo Adriana, sintiendo su pene gigante rellenándola por completo.

Él se movió despacio al principio, con una cadencia suave, como si estuviera acostumbrado a hacerlo con cuidado. Pero ella le jaló de los pelos y le dijo:

—Más fuerte. Quiero que me la metas hasta el fondo.

Él le agarró las caderas y empezó a clavarla con fuerza. Cada embestida la sacudía contra la cama, le golpeaba el clítoris con el vello del vello púbico, le hacía temblar los pechos. Ella le respondía con gemidos ahogados, con frases sueltas: “Sí, jódeme”, “Más fuerte, carajo”, “Te voy a sentir mañana en las nalgas”.

Sus manos le agarraban los glúteos, los apretaban, los sacudían. Él le mordió una tetilla, no con fuerza, pero sí con intención. Adriana sintió cómo el calor le subía por la columna, cómo su cuerpo se encendía como una fogata. La respiración se le cortó, el pecho le latía fuerte, y cuando Daniel le dijo “Voy a correrme dentro de ti”, ella solo le respondió:

—Dámela toda.

Él se paró un momento, se inclinó sobre ella, le metió la lengua en la boca, y con la otra mano se frotó su propia verga contra el clítoris de ella, apretando con fuerza mientras la embestía sin pausa. Adriana sintió cómo su cuerpo se desmakeaba, cómo su vagina se contrajo alrededor de su pene, cómo su cuerpo se sacudió con un orgasmo que no fue suave, sino brusco, intenso, como un trueno en plena noche.

—¡Ah, mierda! —gimió ella—. ¡Me la estás llenando!

Daniel se dejó llevar. Sus ojos se cerraron, su respiración se volvió áspera, y con un último empujón, se corrió dentro de ella. Sintió cómo su verga palpitaba, cómo el semen caliente le llenaba el interior, y dejó salir un gruñido que sonó a satisfacción y a rendición.

Se quedaron

¿Qué tanto te calentó?

4.5 · 7 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@adriana_v

Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.

También en Hetero

Más de @adriana_v

Ver autor →