EL ÚLTIMO TREN DEL VIEJO OESTE
11 minEL ÚLTIMO TREN DEL VIEJO OESTE
La primera vez que te vi, sentí como si el aire se hubiera hecho más denso, como si el pub de *El viejo oeste* —ese lugar medio abandonado en la esquina de callao y corrientes— dejara de ser solo ruido y humo para convertirse en un horno lento donde vos estabas, sentada en el banco de madera más oscuro, con las piernas cruzadas como si estuvieras esperando algo que ya sabías que iba a llegar.
Yo, desde el mostrador, con mi vaso medio vacío de gin tonic y el cabello pegado al cuello por el calor del verano porteño, te observaba sin disimulo. No era la primera vez que veía a alguien que me prendía así, pero sí la primera en mucho tiempo que sentí que el cuerpo me respondía antes que la cabeza. vos tenés esa clase de mirada: no insiste, no pide permiso, simplemente entra, se instala, y empieza a moverse con la tranquilidad de quien ya sabe dónde va a parar.
Te levantaste cuando el DJ puso esa canción de Billie Eilish que suena como una confesión entre dientes. Te sacudiste como si despertaras de un sueño y te dirigiste hacia el centro de la pista, donde apenas había espacio entre los cuerpos. No bailabas como las otras: no buscabas atención, no jugabas con la ropa. Movías las caderas con una lentitud que dolía, como si cada movimiento fuera una palabra que tardaba en encontrarse, como si estuvieras descubriendo algo nuevo en tu propia piel.
Yo no me moví del mostrador. Pero vos me miraste.
No fue una mirada casual, ni un cruce de ojos por error. Fue como si me hubieras clavado un gancho directo al pecho, y yo, sin pensarlo, te devolví la mirada con una sonrisa que no era de broma ni de desafío, sino de reconocimiento. Como si ya te hubiera conocido antes, como si hubiera un recuerdo guardado en mis huesos que te aguardaba.
Cuando la canción terminó y vos te volviste para irte, yo te seguí. No fue un acto de valentía, era una obligación. Era como si el cuerpo me dijera: *vení, capaz si no lo hacés ahora, te arrepentís hasta el fin de los tiempos*.
Saliste al aire, que olía a asfalto mojado y ginebra vieja, y vos caminabas sin prisa, como si supieras que yo iba a venir. No te dije nada hasta que llegamos a la esquina, donde el semáforo parpadeaba en rojo y las luces de los coches pasaban como estrellas fugaces por el cielo de la ciudad.
—¿Viste que no me miraste en todo el rato? —dijo vos, sin volverte, con la voz un poco más baja, como si estuvieras compartiendo un secreto con vos misma.
—Porque sabía que si te miraba otra vez, te agarraba del brazo y te pedía que te quedaras —le dije, y vos te giraste de golpe, con los ojos brillantes y la boca entreabierta, como si estuvieras conteniendo algo que ya no querías contener.
—¿Y si te digo que vine sola? —preguntaste, y vos no dijiste “sola” como si fuera una advertencia, sino como si estuvieras ofreciéndome una llave.
—Entonces, ¿qué me decís si te invito a tomar un vino en algún lado donde no nos moleste nadie? —dije, y vos vos me miraste como si te hubiera regalado un beso antes de dártelo.
—¿Conocés el piso de la señora Rosa? —preguntaste, y yo me reí, porque sabía que no era una broma, sino una invitación disfrazada de acertijo.
—La vieja del quinto piso, ¿no? La que tiene el balcón con vista al río y una copia de *La vida secreta de las palabras* en la mesita de luz —le dije, y vos te acercaste un paso más, tan cerca que sentí el calor de tu piel antes de que tus dedos rozaran la manga de mi camiseta.
—Sí, esa. Tenés suerte: hoy no está.
—Y vos tenés suerte de que yo no soy de los que se desvanece ante una invitación así —le respondí, y vos me agarraste la mano sin más preámbulo, y me llevaste a la estación de Saavedra, donde subimos al tren que iba hacia el oeste, ese tren viejo que se detiene en cada esquina, que huele a cuero viejo y sudor de verano, y donde nadie presta atención si vos agarrás mi mano y apoyás la cabeza en mi hombro mientras el tren se mueve como una caricia lenta.
—No soy de las que se arrepienten —dijiste, y vos apretaste un poco más mi mano.
—Yo tampoco —le dije, y vos me miraste como si estuvieras viendo algo que aún no se había formado del todo.
Subimos al quinto piso, donde el aire entraba por las ventanas entreabiertas y el sol poniente iluminaba el polvo que flotaba en el cuarto. Había una botella de Malbec en la heladera, dos copas rotas en el fregadero y una guitarra vieja apoyada contra la pared, con las cuerdas sueltas como si ya no supiera tocar otra cosa que no fuera el silencio.
—No soy de las que se arrepienten —repetiste, esta vez con voz más baja, más íntima, como si estuvieras confesándolo al oído del mundo.
—Entonces, ¿por qué no nos sentamos a tomar un vino y a mirarnos como si no nos hubiéramos visto nunca? —le dije, y vos te acercaste sin prisa, como si supieras que el tiempo se había detenido, como si supieras que esto era lo que habías estado buscando.
Te sentaste en el borde del sofá, con las piernas separadas, con las manos apoyadas detrás de vos, como si estuvieras en una postura de espera. Yo me senté frente a vos, con mi copa en la mano, y vos me miraste sin vergüenza, como si me hubieras invitado a entrar, como si ya supieras que no iba a ser una visita breve.
—¿Ves esta marca? —dijiste, y vos levantaste la camiseta, mostrando una cicatriz pequeña, casi imperceptible, en el costado del abdomen. —La dejó un diario que me cortó por accidente, el día que me fui de casa con veintidós años. No volví a mirar atrás.
—¿Y por qué me la mostrás? —le pregunté, y vos te reíste, una risa suave, casi un susurro, pero sin miedo.
—Porque vos me miraste como si ya supieras que tengo esa marca. Como si ya me hubieras reconocido.
—Tal vez sea porque vos ya me estabas mirando desde el principio —le dije, y vos te inclinaste hacia adelante, con las manos ahora en mis rodillas, con los ojos fijos en los míos.
—Sí, vos me miraste como si supieras que yo soy la que se queda cuando los otros se van.
Y vos me besaste.
No fue un beso de prueba, ni una prueba de deseo. Fue un beso que venía desde alguna parte interna, desde un lugar donde no había dudas, donde no había犹豫, donde todo era claro y urgente como el latido de alguien que acaba de despertar.
Te devolví el beso con la misma urgencia, con las manos en tu cuello, con los dedos en tu nuca, con el cuerpo inclinado hacia adelante como si quisiera entrar dentro tuyo. Vos abriste la boca, y yo sentí como si el aire se hubiera vuelto eléctrico, como si cada respiración compartida fuera una descarga que me recorría de pies a cabeza.
Me apartaste un poco, con los ojos cerrados, con las manos en mis mejillas, y vos me miraste como si estuvieras descubriendo algo que ya conocías pero que aún no habías tenido el valor de reconocer.
—¿Querés que te saque la camiseta? —preguntaste, y vos no esperaste respuesta, sino que me la desabrochaste con lentitud, con los ojos fijos en los míos, como si estuvieras desvistiendo una promesa.
—Quiero que vos te saques la camiseta —le dije, y vos te reíste, una risa que sonó como una canción antigua que por fin recordabas.
Te paraste, y vos te sacaste la camiseta con un movimiento suave, como si fuera parte de un ritual. Quedaste con el sostén de encaje negro, con las marcas de los botones de tu pantalón en la piel, con el vientre plano y las cicatrices que contaban historias que aún no me habías contado.
Yo me paré también, y vos te acercaste, con las manos en mi cintura, con los dedos hundidos en la tela de mi camisa, y vos me besaste de nuevo, con la lengua, con los dientes, con la urgencia de quien sabe que esto va a durar poco y quiere guardarlo todo en la memoria.
Me quitaste la camisa, y vos te arrodillaste frente a mí, con las manos en mis muslos, con los ojos fijos en los míos, como si estuvieras preguntando permiso, como si estuvieras esperando que yo te dijera que sí.
—Sí —le dije, y vos te sonreíste, como si hubieras ganado algo que ya te pertenecía.
Vos me quitaste el pantalón con lentitud, como si cada movimiento fuera una promesa, como si cada botón que desabrochabas fuera un juramento. Cuando me quedé solo con la ropa interior, vos te levantaste y me empujaste hacia atrás, sobre el sofá, con las piernas abiertas, con las manos apoyadas detrás de mí, como si estuvieras preparándote para algo que ya sabías que ibas a hacer.
Me besaste el cuello, con los dientes, con la lengua, con los labios, y vos me susurraste al oído, con la voz rota por el deseo:
—Quiero meter la lengua en tu concha y saborearte como si fuera la última vez que te voy a tocar.
—Sí —le dije, y vos te separaste un poco, con las manos en mis muslos, con los ojos brillantes, con la boca entreabierta, como si estuvieras conteniendo el aliento.
Vos te inclinaste hacia abajo, con las manos separándome, con los dedos que me acariciaban el clítoris con suavidad, como si estuvieras tocando algo valioso, como si estuvieras reconociendo un mapa que ya conocías. Me besarón el pubis, con los labios, con la lengua, con los dientes, y vos me metiste un dedo, lento, con la muñeca girada, como si estuvieras buscando algo que ya sabías que encontrarías.
—Sí —le dije, con la cabeza hacia atrás, con la espalda arqueada, con los ojos cerrados.
Vos me metiste un segundo dedo, con la punta hacia arriba, con la presión justa, con la lentitud que me hacía temblar, y vos empezaste a moverte con una cadencia que me hizo perder la cuenta del tiempo. Me besaste el clítoris con cada empuje, con cada subida, con cada bajada, como si estuvieras saboreando cada latido, como si estuvieras guardando cada sonido que yo hacía.
—No me voy a aguantar —le dije, con la voz rota, con las manos en tu cabello.
—Yo no quiero que te aguantes —me dijiste, y vos me apretaste el clítoris entre los dedos, con la lengua metida dentro tuyo, con la presión que me hizo estremecer.
Y vos me hiciste llegar, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con el cuerpo entero arqueado, con la voz quebrada por el orgasmo, con el nombre de tu madre en los labios, con el nombre del río en la garganta, con el nombre del tren que nos llevó hasta ahí.
Te levantaste, con la respiración entrecortada, con la boca humedecida, con los ojos brillantes, y vos me besaste de nuevo, con mi sabor en los labios, con tu sabor en la lengua, con el silencio entre los dos.
—Sí —le dije, con la mano en tu nuca, con la frente apoyada en la tuya.
—Sí —me respondiste.
Y vos me metiste dentro tuyo, lento, con la punta de tu pija rozando mi concha, con los ojos fijos en los míos, con la respiración entrecortada, con las manos en mis caderas, como si estuvieras preparándote para algo que ya sabías que ibas a hacer.
—Estoy lista —le dije, y vos te empujaste, con un movimiento suave, con la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta.
Me metiste dentro tuyo, lento, con la lengua en mi cuello, con las uñas en mis muslos, con los dientes en mi hombro, con la respiración entrecortada, con los ojos fijos en los míos, como si estuvieras descubriendo algo que ya conocías pero que aún no habías tenido el valor de reconocer.
Y vos empezaste a moverte, con la cadencia que me hacía perder la cuenta del tiempo, con la presión que me hacía temblar, con los dedos que me apretaban los muslos, con la boca que me besaba el cuello, con la lengua que me lamió el pezón, con la pija que me hacía sentir que era la única persona en el mundo.
—Sí —le dije, con la cabeza hacia atrás, con la espalda arqueada, con los ojos cerrados.
—Sí —me respondiste.
Y vos me hiciste llegar otra vez, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con el cuerpo entero arqueado, con la voz quebrada por el orgasmo, con el nombre del tren en los labios, con el nombre del río en la garganta, con el nombre del verano en la piel.
Cuando todo terminó, vos te desplomaste sobre mí, con la cabeza en mi hombro, con la respiración entrecortada, con las piernas temblando, con los ojos cerrados,
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