El último tren de Villa del Mar

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La noche caía sobre Villa del Mar como un velo húmedo, pegajoso de sal y calor de verano. Las calles de tierra batida retenían el calor del día, y el aire olía a mar, a hierba quemada y a algo más oscuro, más íntimo: el sudor de los cuerpos que se cruzaban sin tocarse, el deseo que se acumulaba en los rincones. El último tren de la temporada iba a salir en media hora, y en el andén desierto, apenas iluminado por una farola parpadeante, él la esperaba.

Mateo, el forastero. Ella, Lía. Nadie los conocía bien. Él, de paso, con una mochila liviana y los ojos cansados de haber visto demasiado. Ella, de vuelta a su casa, después de atender la casona que alquilaba en verano, con el pelo oscuro pegado a la nuca y los pies hinchados. Pero esa noche, algo había cambiado. No se habían dicho mucho en los días anteriores, apenas intercambios de miradas, sonrisas torcidas, roces fingidos. Hasta ahora.

—Vos no te vas a ir, ¿no? —preguntó ella, acercándose. Su voz era más baja de lo normal, como si el viento se la llevara antes de que llegara.

Él no respondió con palabras. Solo dio un paso al frente, le tomó la cara con ambas manos y la besó. No fue un beso suave. Fue profundo, hambriento, con lengua y dientes, con la urgencia de quien sabe que no hay tiempo. Ella abrió la boca al instante, le mordió el labio inferior, y él gimió. Sus cuerpos se encontraron como si ya se conocieran, como si el deseo hubiera estado cocinándose a fuego lento durante días.

—Che, pará… —dijo ella, separándose apenas, pero sin soltarse—. Acá no, boludo. Alguien puede venir.

—Que venga —dijo él, con la voz ronca—. Que mire. Que sepa que vos sos mía desde hace rato.

Y volvió a besarla, esta vez más lento, más profundo. Le desabrochó el vestido con una sola mano, los botones de atrás cedieron uno a uno, y la tela cayó al piso con un susurro. Ella llevaba un corpiño negro, ajustado, que apenas contenía sus tetas grandes y redondas. Él le pasó las manos por la espalda, le desabrochó el sostén con destreza, y las tetas cayeron libres, pesadas, con los pezones oscuros y parados.

—Qué concha de linda que sos —murmuró, acariciándole un pezón con el pulgar—. Me tenés los huevos resecos desde que te vi.

Ella se rió, nerviosa, pero excitada. Le agarró la mano y se la llevó al entrepierna. Por encima del short, él sintió el bulto de su pija, dura, caliente.

—Mirá cómo me tenés —dijo él—. Desde que te vi con ese vestido, jodé. Pensé en metértela ahí mismo, en el salón, con la luz encendida.

—Che, pará… —repitió, pero esta vez sin fuerza. Le bajó la bragueta con una sola mano, rápida, y sacó la pija. Era gruesa, con venas marcadas, el glande hinchado y brillante. Le pasó los dedos por la punta, recogiendo la gota de presemilla que asomaba—. Qué pija de macho tenés.

Él le agarró la muñeca, la miró fijo a los ojos.

—Ahora me la chupás —dijo, sin pedir permiso, con voz de quien no necesita pedirlo.

Ella se arrodilló ahí mismo, en el andén, con la tierra pegándose a sus rodillas. Le tomó la pija con ambas manos, la acercó a su boca y empezó a chuparla como si fuera un caramelo. Lenta, con la lengua rodeando la cabeza, con los labios húmedos, con los dientes apenas rozando. Él le agarró el pelo con fuerza, le metió la pija más adentro, hasta que ella tosió, pero no se apartó. Siguió, con los ojos cerrados, con la concha chorreando.

—Así, mi negra… —gruñó él—. Así, que me la tragás entera.

Ella se la metió hasta el fondo, hasta que su nariz tocó los pelos del pubis. Lo tenía todo adentro, y él empujó, una vez, dos, sin sacarla. Sentía el calor de su boca, el roce de su garganta, la humedad. Y de golpe, se corrió. Le llenó la boca con un chorro espeso, caliente, y ella no se movió. Tragó, despacio, con los ojos cerrados, como si fuera un ritual.

Cuando él se sacó, ella se limpió la comisura con el dorso de la mano y se levantó, temblando.

—Ahora vos —dijo él, agarrándola de la cintura—. Ahora te cogo.

Le bajó el short con violencia, se lo sacó junto con las zorras. No llevaba ropa interior. Su concha era oscura, peluda, hinchada. Le pasó un dedo por el labio inferior, lo metió un poco, y lo sacó chorreando.

—Mirá cómo estás —dijo, sonriendo—. Parece que te están esperando.

Ella no respondió. Solo se apoyó contra el banco de madera, se agarró las tetas y abrió las piernas. Él se puso detrás, le agarró las caderas con fuerza, y sin más preámbulos, le metió la pija de una sola embestida.

—¡Ahh! —gritó ella, sorprendida, pero sin dolor. Solo placer. Pura llenura.

Él empezó a cogerla con fuerza, con golpes largos, profundos, que hacían que sus nalgas chocaran con las de ella. La concha se le abría como una flor húmeda, caliente, que lo recibía todo. Él le agarró el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás, y le mordió el cuello.

—Che, no me muerdas —dijo ella, pero sin convicción.

—Sí, te muerdo —respondió él—. Porque sos mía. Porque esta concha es mía. Y esta boca. Y este culo.

Y siguió, más fuerte, más rápido. Ella gemía en voz baja, con la cara contra el banco, con las tetas colgando. Sentía cómo la pija le abría la concha, cómo le tocaba el fondo, cómo le hacía temblar las piernas. Y de golpe, sintió que se venía.

—Voy a correrme —dijo, con la voz quebrada—. Mateo, voy…

—Correte —dijo él—. Correte con mi pija adentro.

Y ella lo hizo. Un espasmo largo, profundo, que le subió desde los pies hasta la garganta. La concha se le contrajo, se le cerró alrededor de la pija, y él sintió cómo se mojaba más, cómo le chorreaba por los huevos.

Él no se detuvo. Siguió cogiéndola, con golpes más cortos, más precisos, buscando su propio clímax. Y cuando llegó, gruñó como un animal, le metió la pija hasta el fondo y se corrió adentro, con un chorro espeso que llenó la concha hasta el borde.

Se quedaron así, quietos, con el tren silbando a lo lejos, con el aire caliente pegándoles la ropa al cuerpo. Él le sacó la pija lentamente, y ella se dio vuelta, se agachó y se la chupó otra vez, despacio, como si no quisiera que se fuera.

—No te vayas —dijo, con la pija en la boca.

Él no respondió. Solo la tomó de la mano y la llevó al tren, que ya estaba a punto de partir. Subieron juntos, sin billete, sin equipaje. Se sentaron en un vagón vacío, al fondo.

Y ahí, otra vez, volvieron a cogérsela. Él la sentó sobre su pija, ella se movió despacio, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta. Él le agarró las tetas, le mordió un pezón, y ella se corrió otra vez, con un grito ahogado.

—Che, pará… —dijo, entre risas—. Me vas a dejar seca.

—No, negra —dijo él—. Esto recién empieza.

Y el tren siguió avanzando en la noche, con sus cuerpos unidos, con sus respiraciones entrecortadas, con el eco de los gemidos perdiéndose en la oscuridad. Fuera, el mar brillaba bajo la luna. Adentro, solo importaba la concha caliente, la pija dura, el deseo que no necesitaba palabras.

Cuando el amanecer asomó, estaban desnudos, sudados, abrazados en un rincón. Ella dormía con la cabeza en su pecho. Él la miró, le acarició el pelo, y supo que no la iba a dejar. No esa noche. No ninguna.

Porque algunas conchas no se olvidan. Y algunas pijas, tampoco.

También en: VoyeurismoConfesiones

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Romántico