El último tren de Iztapalapa
Había llovido todo el día, una lluvia fina y persistente que no limpia, sino que empapa los techos de lámina y deja el aire espeso, como si la ciudad respirara con dificultad. Yo volvía del trabajo en la imprenta, con la camisa pegada al pecho y el pantalón todavía húmedo por el último tramo del trayecto. El metro estaba más vacío de lo normal, como si la lluvia hubiera ahuyentado a los viajeros. Me senté en uno de los últimos vagones, junto a la ventanilla. El vidrio empañado reflejaba apenas una silueta: la mía, desdibujada, y al fondo, una figura femenina que entró con paso lento, como si midiera cada movimiento.
Llevaba un vestido azul oscuro, sin mangas, ajustado a la cintura, y el pelo negro recogido en una trenza floja que se deshacía sobre el hombro izquierdo. No llevaba abrigo, aunque el frío ya empezaba a colarse entre los asientos. Se sentó frente a mí, a dos filas de distancia, y cruzó las piernas con una lentitud que no parecía casual. Sus zapatos, de tacón bajo y cuero oscuro, brillaban por la humedad. No me miró, pero sentí que sabía que yo estaba ahí.
El tren avanzó con un chirrido suave, las luces del túnel parpadeando tras ella como si el mundo entero se redujera a ese instante. Afuera, las estaciones pasaban con nombres que conocía de memoria: Guelatao, Pantitlán, Santa Marta. Pero en ese momento, el trayecto no era un camino, era un espacio suspendido. Ella abrió un libro pequeño, de tapa dura color vino, y pasó las páginas con los dedos. No leía, solo fingía. Lo supe porque las páginas no cambiaban en varios minutos. Y entonces, como si hubiera sentido mi mirada, levantó los ojos. Un segundo. Solo eso. Pero fue suficiente para que algo en mi interior se encendiera con una llama lenta, profunda.
No dije nada. Ella tampoco. Pero el silencio entre nosotros ya no era vacío, era carga. Era tensión acumulada, como el aire antes de un relámpago. Volvió a mirar el libro, pero esta vez dejó un dedo entre las páginas, como si marcara un lugar importante. Y entonces, por primera vez, sonrió. No a mí, no directamente. Fue una sonrisa que parecía destinada al aire, al vagón, a la lluvia que golpeaba el techo del tren. Pero yo la sentí como si me hubiera rozado la piel.
El tren se detuvo en Agrícola Oriental. Subió un hombre con bolsas de plástico, luego una pareja joven que discutía en voz baja. Nadie se sentó cerca de ella. Era como si, sin proponérselo, emanara una especie de gravedad que alejaba a los demás. Cuando volvimos a estar solos, ella cerró el libro y lo dejó sobre el regazo. Esta vez, sus ojos encontraron los míos sin prisa. Y esta vez, no los bajó.
—¿Te gusta leer? —preguntó, con una voz más baja de lo que esperaba, cálida, como si hubiera estado guardándola todo el día.
—Depende del libro —respondí, sin sonreír, pero con una intensidad que no podía ocultar.
—Este habla de viajes —dijo, levantando el libro apenas un centímetro—. De gente que se encuentra en trenes, en estaciones, en lugares donde nadie los espera.
—¿Y siempre se acaban encontrando?
—No siempre —dijo—. Pero cuando lo hacen, vale la pena.
El tren se detuvo de nuevo. Bellas Artes. Nadie subió. Las luces del vagón parpadearon un instante, como si el mundo entero titubeara. Ella se puso de pie, sin prisa, y caminó hacia el extremo del vagón. No supe si bajaba allí o no. Me levanté sin pensarlo, como si un hilo invisible me jalara. Ella no se giró, pero cuando llegué al final del vagón, estaba allí, de espaldas a la puerta, con la frente apoyada en el cristal empañado.
—¿Vas a bajarte? —pregunté.
—Todavía no —dijo, sin mirarme—. Este es mi último tren.
—El mío también —mentí. No era cierto, pero en ese momento lo sentí como una verdad absoluta.
Entonces se giró. Lentamente. Sus ojos eran oscuros, pero con un brillo que no venía de la luz. Era un brillo propio, como si guardara algo encendido en el fondo. Estaba a menos de un metro. Podía sentir su perfume, algo sutil, con notas de madera y sal. No era un perfume caro, era uno que se usa por elección, no por moda.
—¿Y si te dijera que ya te he visto antes? —preguntó.
—¿Aquí? ¿En este tren?
—No. En otro lugar. En otro tiempo. Pero te reconocí desde que subí.
No supe qué responder. No porque no quisiera, sino porque el aire entre nosotros se había vuelto espeso, denso. Como si las palabras necesitaran más fuerza para salir.
—¿Y qué harías si te dijera que no quiero bajar todavía? —dijo, más cerca ahora, con una mano apoyada en la pared del vagón, a la altura de su cabeza, como si acorralara el espacio entre los dos.
—Te diría que el tren no para —respondí—. Que sigue avanzando. Que no puedes quedarte aquí si no quieres llegar a donde va.
—Pero quizás ya llegué —dijo, casi en un susurro.
Y entonces, sin besarme, sin tocarme, se acercó lo suficiente como para que sintiera su aliento en la mejilla. Su rodilla rozó la mía. Fue apenas un roce, pero encendió algo que no supe nombrar. Un deseo lento, profundo, que no gritaba, sino que se arrastraba por las venas como un río subterráneo.
El tren se detuvo en San Lázaro. Las puertas se abrieron. Ella no se movió. Yo tampoco. Nadie subió. Las puertas se cerraron. El tren siguió avanzando.
—¿Y si te digo que no busco nada? —dijo, con los ojos cerrados ahora, la frente casi tocando la mía.
—Te diría que mientes —dije—. Porque yo sí busco. Y desde que entraste, no he pensado en otra cosa.
Abrió los ojos. Esta vez, no había duda, no había juego. Había certeza.
—Entonces no digas más —dijo.
Y así, sin besos, sin manos que se enredaran, sin palabras que sellaran el momento, estuvimos allí, en el último vagón de un tren que nunca parecía llegar a su destino, suspendidos en un presente que no necesitaba nombre. Porque no era un encuentro, era una continuación. Como si ya nos hubiéramos encontrado antes, en otro tren, en otra vida, y solo estuviéramos recuperando el tiempo perdido.
Cuando el tren llegó a su estación final, ella bajó. Yo no la seguí. No hizo falta. Porque algo en mí ya había bajado con ella. Y aunque nunca supe su nombre, ni volví a verla, ese viaje no terminó allí. A veces, cuando llueve, y el aire se vuelve espeso, y el metro se detiene entre estaciones, siento su presencia. Como si nunca se hubiera ido. Como si, en algún lugar, el último tren de Iztapalapa todavía estuviera en movimiento, y nosotros, en el fondo del vagón, sin tocarnos, sin hablar, siguiéramos diciéndonos todo.
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