El último tramo del tren
Me llamaba Ana. No era difícil de recordar, pero tampoco destacaba entre las docenas de nombres que cruzan el andén de la estación Central en una tarde cualquiera. Yo iba en dirección contraria: hacia el centro, con la maleta de viaje, los hombros tensos y los zapatos nuevos que ya me picaban en el talón. Llevaba una camisa blanca ligeramente arrugada, pantalón negro ceñido y el pelo recogido en un nudo bajo la nuca. No esperaba nada, en realidad. Solo llegar a tiempo, tomar el tren express y estar en casa antes de que anocheciera.
Fue él quien se sentó frente a mí. Alto, de hombros anchos, pelo oscuro con algunas canas a los lados. Llevaba una chaqueta de lino color arena y un reloj de pulso antiguo, con la correa desgastada pero cuidada. Me miró apenas cuando se acomodó —una fracción de segundo que duró más de lo necesario—, y luego bajó la vista a su libro, como si no hubiera nada más que leer allí.
Pero no era así.
Sentí su mirada en la nuca cuando ajusté la bufanda. Sentí su respiración cuando el tren frenó con brusquedad y su mano rozó la mía al tratar de sostenerse. Fue un roce breve, accidental, pero suficiente: la piel de sus nudillos callosos contra mis dedos fríos. Yo no retiré la mano. Él tampoco.
—Perdón —dijo, y su voz no sonó disculpante, sino casi… agradecida.
—No pasa nada —respondí, y el tono me sorprendió: más bajo de lo que pretendía, más suave.
Así comenzó. Con una mirada, un roce, una palabra que no decía nada pero lo decía todo.
El tren avanzó por la línea costera, y el sol se aferró a las ventanas como si no quisiera dejar que el día terminara. Él se inclinó un poco hacia adelante, como si quisiera asegurarse de que no me sentía incómoda, y entonces me habló de nuevo.
—¿Vas lejos?
—Suficiente. ¿Y tú?
—Lo mismo.
No dijo más. Solo me sonrió, y esa sonrisa no era de cortesía. Tenía curvas en los labios, pero también una luz en los ojos que no mentía. Me gustó. Me gustó mucho.
Cuando el tren se vació en la siguiente parada, él se quedó. Yo también. No había nadie más en el vagón. Solo el zumbido suave de los frenos, el balanceo tranquilo de las rieles y el calor que subía entre nosotros, invisible pero real.
—Me llamo Daniel —dijo, por fin.
—Ana.
—¿Te parece si…?
No terminó la frase. Solo se levantó, caminó hasta donde estaba yo y se sentó a mi lado, a menos de treinta centímetros. Tocó la bufanda que me había envuelto el cuello en la estación, y con la punta del dedo, trazó un círculo lento sobre mi piel.
—Está fría —murmuró, como si fuera una confesión.
—Tú tienes las manos calientes.
Asintió, y entonces me tomó la mano. No la apretó. Solo la sostuvo, con los pulgares rozando mi muñeca, buscando el pulso. Yo no me resistí. No quería. Sentí el calor de su cuerpo a través de la tela de mi camisa, el olor a café y tabaco amargo y algo más, algo limpio y natural, como el mar después de la lluvia.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —preguntó, y esta vez sí me miró a los ojos, directo, sin huir.
—¿Qué?
—Que no te apartaste.
Le sonreí. No con timidez, sino con algo más antiguo, más honesto: confianza.
—Tampoco te apartaste tú.
El tren entró en un túnel y la luz desapareció. En la oscuridad, su mano se deslizó hasta mi cuello, y sus dedos enroscaron suavemente alrededor de mi barbilla. Me incliné hacia adelante, sin pausa, sin duda, y mis labios encontraron los suyos.
No fue un beso de pasajeros. Fue un beso de alguien que ya sabía que iba a volver. De alguien que no tenía prisa, pero tampoco dudas.
Y mientras el tren seguía su curso, yo me dejé llevar, entre sus brazos, entre sus palabras, entre el calor de su pecho y la promesa silenciosa de lo que vendría después.
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