El Último Tramo de la Ruta 9

El Último Tramo de la Ruta 9

@andres_rio ·5 de junio de 2026 · ★ 4.5 (14) · 123 lecturas · 7 min de lectura

Me llamó una tarde de viernes, cuando el sol ya se arrastraba por los tejados de Belgrano y el aire olía a polvo calentado y jazmines agostados. «¿Te acordás de mí?» —y antes de que yo pudiera responder, añadió—: «Sí, sí, el que siempre se quedaba en la esquina del subte con las manos metidas en los bolsillos y la mirada perdida». Me reí, bajando la mirada al vidrio templado de la heladera donde había apoyado el celular. Sí, me acordaba. Era Mateo. Diez años atrás, un verano en Mar del Plata, cuando compartimos una habitación con paredes agrietadas y aire acondicionado que bufaba como un caballo exhausto. Nos mirábamos, sí, pero nunca dijimos nada. Solo el roce accidental al pasar un plato, el calor que nos pegaba a los hombros al sentarnos juntos en el balcón, el silencio que se volvía más denso que el aire húmedo.

Hoy, sin embargo, sí dijimos todo.

Vení a mi casa —me dijo—, traé vino, una toalla seca y nada más.

Acepté sin dudar.

Llegué a las 20:15. La puerta no estaba cerrada. En el umbral, con una camiseta blanca casi translúcida y los pies descalzos sobre el piso de madera clara, me miró como si me estuviera releyendo después de muchos años. «Sos más alto», dijo, y yo sentí cómo me calentaba el cuello. «Y más lento», respondí, y nos reímos, pero no de burla: de alivio, de reconocimiento.

La casa olía a Cedro y a café recién hecho. En el living, una lámpara de papel arroz iluminaba un sofá bajo, cubierto con una manta de lana gris. Mateo me ofreció un vaso de vino tinto, un Malbec suave, de esos que no piden disculpas por ser intensos. Sentados, hablamos de lo de siempre: el trabajo, los amigos que habían cambiado de ciudad, el miedo a que el tiempo se nos escurra entre los dedos como arena mojada. Él, con ese modo de hablar pausado que siempre tuvo, como si cada palabra la pesara en una balanza invisible.

—¿Te acordás de la primera vez que me viste desnudo? —preguntó de golpe, sin mirarme, sino fijando la vista en el marco de una foto en blanco y negro colgada en la pared, de una pampa vacía.

—No —dije—, pero me gustaría saberlo.

Se levantó entonces, se sacó la camiseta con lentitud, como si desabotonara el mundo a su alrededor. Tenía el pecho plano, los costados un poco hundidos, y una cicatriz fina, blanca, que le cruzaba el costado derecho —un corte de cuchillo, dijo—, como un río que hubiera decidido no secarse. Bajó las manos a la cintura del pantalón, pero no se lo quitó. Solo se acercó a mí, se sentó en el borde del sofá, y puso su rodilla contra mi muslo.

—Yo sí te vi. En la ducha, ese último día. El agua te cubría la espalda, los hombros, y vos no hacías ruido. Solo el golpe del chorrito contra el esmalte. Yo quedé parado, con la toalla en la mano, y vos no te volviste. Supiste que estaba ahí.

Me giré. Él ya no me miraba la cara, sino mis ojos, y en ellos había algo que no era solo deseo: era confianza, sí, pero también una suerte de rendición leve, como cuando uno decide soltar el volante en una curva larga y se deja llevar.

—¿Y querés que lo vea otra vez? —le pregunté.

—No. Quiero que lo sientas.

Se puso de pie, me tomó de la mano, y me guió hacia el dormitorio. La cama era baja, con sábanas de algodón crudo, sin encajes ni falsos misterios. Mateo se sentó al borde, con las piernas abiertas en un ángulo suave, y me pidió que me sentara frente a él, entre sus muslos.

—Dale —dijo—, mirá.

Me incliné, lentamente, y apoyé mis manos en sus rodillas. La piel estaba tibia, suave, como cuero recién curtido. Le desabroché la camisa, le bajé el pantalón y la ropa interior juntos, sin prisa, como si estuviera abriendo una caja que contenía algo frágil y valioso. Su pija salió a la luz, flácida pero firme, con la cabeza rosada y la piel tensa en el escroto, como si estuviera a punto de huir.

—¿Te gusta cómo está? —me preguntó, bajando la voz.

—Sí —respondí—. Pero no es lo que quiero ver ahora.

Le tomé el culo con las dos manos, las palmas aplastando suavemente la curva tersa, el hueco suave entre los glúteos. Lo acerqué a mí, hasta que su ombligo rozó mi barbilla. Inhalar su olor: salitre, sudor seco, y algo más, un aroma vegetal que venía de su jabón. Le separé los glúteos con los pulgares, y allí estaba: el anillo, cerrado, ligeramente más oscuro que el resto, húmedo por la tensión.

—¿Estás bien? —le susurré.

—Sí —dijo—. Pero querés que te lo diga en voz alta: sí, andrés, vos podés entrar.

Le acaricié el ano con la punta del dedo índice, mojado con la salivita que había en mi boca. Una presión suave, circular, como si estuviera calentando una cerradura. Él me miraba, quieto, con los ojos cerrados, y de vez en cuando soltaba un suspiro largo, profundo, como si estuviera dejando ir una piedra que llevaba años arrastrando.

—Dale —repitió—. Vení.

Entonces, con la punta de mi dedo, empecé a entrar. Lento. Tanto que sentí cómo su cuerpo me daba permiso, paso a paso: primero la resistencia leve, luego la suelta, y por último, la cálida compresión interna. No fue un agujero, sino un túnel vivo, con paredes húmedas y cálidas, que se abrían como un capullo al sol. Le acaricié la cola de la pija con el pulgar, y él gimió, un sonido bajo, gutural, que no parecía suyo.

—Más —dijo.

Metí el segundo dedo, a la par del primero, abriendo con cuidado, mientras con la otra mano le masajeaba los testículos, suaves como dos frutas jóvenes. Él se inclinó hacia atrás, apoyándose en mis hombros, y susurró:

—Me encanta cuando hacés esto… cuando no tenés miedo de ser lento.

Lo tomé por la cintura, lo acerqué a mí, y con los dos dedos ya dentro, le dije:

—Quiero estar adentro. Ahora.

Se puso de pie. Me pidió que lo mirara mientras se lubrificaba la punta de su pija con la mezcla de salivita y lubricante que había en la mesita de luz. Luego, se sentó sobre mí, con los muslos a cada lado de mi cintura, y bajó poco a poco, hasta que la punta rozó el anillo.

—Dale —dije—. Vení.

Bajó hasta el fondo, y sentí cómo su cuerpo se hundía en el mío, cómo sus músculos se contraían alrededor de mis dedos, cómo su pija se estiraba, se expandía, se hundía en el calor húmedo. Me agarró de los hombros, con fuerza, pero no con agresión: con urgencia contenida. Y cuando por fin se sentó completamente sobre mí, con su culo apretado contra mis muslos y su pija enterrada hasta la raíz, nos quedamos así, quietos, sin respirar.

—Sí —dijo—. Sí, sí, sí.

Empecé a moverme. Primero con los dedos, sacando y volviendo a introducir, con un ritmo suave, casi hipnótico. Él movía las caderas al unísono, como si estuviera bailando conmigo, con un baile antiguo, olvidado. Bajé la cabeza y le mordí la nuca, apenas, con los dientes cerrados pero sin apretar. Él soltó un gemido que pareció salir de las entrañas, y se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en mis muslos, y se puso a sacudirse sobre mí, con movimientos cortos y rápidos, hasta que su pija se estremeció, y él gritó:

—¡Ahora, andrés, ahora!

Le apreté los testículos, le masajeé el perineo, y empujé hacia atrás con la cadera, metiéndome todo lo que pude, y cuando él empezó a correrse, yo lo seguí: el calor me invadió, la tensión se rompió como un hilo tenso, y sentí cómo su cuerpo se derramaba en el mío, como si ambos hubiéramos vuelto a nacer.

Se desplomó sobre mí, sudado, temblando

¿Te ha gustado? Valóralo

4.5 · 14 votos
Reportar
Compartir

También en Anal