El último latido antes del adiós
10 minEl último latido antes del adiós
Apenas crucé el umbral, el aire se volvió espeso, como si hubiera estado esperándome todo el día. Ella estaba de pie junto a la ventana, con la luz del atardecer filtrándose por las cortinas semicerradas y dibujando líneas doradas sobre su espalda desnuda. No se giró al entrar. Ya sabía que estaba allí. Desde la primera vez que me llamó, supe que me encontraría en ese lugar, en ese instante, con el corazón acelerado y las manos frías.
—Llegaste justo a tiempo —dijo, sin voltear, con una voz que ya me conocía más allá de las palabras.
—No iba a fallar —respondí, cerrando la puerta con cuidado, como si temiera despertar algo que no quería despertar demasiado pronto.
Me acerqué despacio, sin prisas, como quien se acerca a un fuego que ya ha quemado antes y aún así no puede resistirse. Ella tenía el cabello suelto, largo, oscuro, con reflejos marrones cuando la luz lo tocaba. Una trenza suelta caía por un hombro, y el tejido de su blusa blanca —ligeramente translúcida— dejaba entrever la curva de sus senos, la sombra oscura de sus pezones. No usaba sujetador. Lo supe antes de verlo: siempre lo hacía así cuando sabía que iba a venir. Como una advertencia sutil, una promesa disfrazada de descuido.
—¿Te acuerdas del primer café que tomamos aquí? —me preguntó, por fin girándose, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Sí.
—Fue un error.
—No —dije, deteniéndome a un metro de ella—. Fue la primera vez que sentí que algo iba a cambiar.
Ella bajó la vista, con la punta de los dedos rozando el borde del marco de la ventana. Tenía las uñas bien cuidadas, sin esmalte, apenas un brillo natural. Sus nudillos estaban ligeramente blancos, como si apretara algo dentro de sí misma.
—¿Crees en los errores buenos? —preguntó.
—Depende de cuánto duele el cambio.
Sus ojos subieron lentamente hasta los míos. Eran café, con un anillo dorado alrededor de la pupila que se hacía más visible cuando la luz lo tocaba directo. Eran los mismos ojos que me habían mirado desde la mesa de al lado, en ese café pequeño, en esa esquina de la ciudad que ya no existe.
—Yo no creía en los errores buenos —dijo— hasta que te vi sentado ahí, con las manos temblorosas mientras tomabas tu espresso.
—Estaba nervioso.
—No por mí.
—Porque sabía que si hablaba, no podría volver atrás.
Ella suspiró, una exhalación larga, como si soltara algo que había estado cargando desde hace meses. Se apartó del marco y dio un paso hacia mí. No corrió, no se apresuró. Caminó con la seguridad de quien ya ha pagado el precio de cada paso.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora —dije, levantando la mano, lentamente, como si temiera que ella se fuera si hacía un movimiento brusco—… ahora no pienso en lo que viene después.
Su piel estaba tibia. Caliente. No por el sol, sino por dentro. Cuando mis dedos rozaron su mejilla, ella cerró los ojos y inclinó la cabeza hacia mi palma, como una flor que se abre al toque de la luz.
—Hoy no es un error —dijo, abriendo los ojos otra vez—. Hoy es lo que decidimos que sea.
Me incliné, lo suficiente para que mis labios rozaran el ángulo de su mandíbula. Sentí un temblor, sutil, casi imperceptible, pero ahí estaba. Como una cuerda que se afloja antes de vibrar.
—Tú decides cuánto quieres —susurré.
—Ya decidí —dijo—. Hoy quiero sentirte como si fuera la última vez.
No respondí. No tenía nada que decir. A veces, las palabras pesan más que el silencio. Y yo quería que todo fuera ligero, tan ligero como su respiración cuando la besé.
Fue un beso lento, casi tímido, como si estuviéramos probando un sabor desconocido. Su boca era suave, húmeda, con un sabor a café y a algo más, algo que no podía nombrar pero que me reconocía desde la primera vez que nos vimos. Mis manos encontraron la cintura de su blusa, la levanté con cuidado, deslizando los dedos bajo el tejido hasta que la piel de su espalda quedó al descubierto.
—Dime si para —dije.
—No —susurró—. No pares.
Bajé los labios, trazando una línea desde la base de su cuello hasta el hueco entre sus pechos. La tela de la blusa ya estaba arrugada, las mangas colgaban de sus brazos, y su respiración se había vuelto más profunda, más irregular. No era una carrera. Era un baile, cada paso calculado, cada contacto intencional.
—¿Qué sientes cuando me miras? —le pregunté, mientras desabrochaba lentamente los botones de su blusa, uno por uno, como si cada uno fuera una promesa que debía cumplir.
—Dolor —dijo, sin dudar.
—¿Por qué?
—Porque sé que esto no dura.
—Entonces que dure al menos un instante.
Ella cerró los ojos otra vez, y esta vez no los abrió hasta que mi labio rozó el borde de su pecho, donde su corazón latía rápido, rápido, como si hubiera olvidado el ritmo habitual y necesitara reaprenderlo.
—Hoy no habrá mañana —dijo.
—Hoy —repetí—. Solo hoy.
La tomé en mis brazos con suavidad, como si fuera un objeto frágil, aunque sabía que no lo era. Ella se dejó llevar, apoyó su frente en mi hombro y me susurró al oído:
—¿Me prometes que me recordarás?
—No —dije—. Te recordaré sin promesas.
Sus dedos encontraron el borde de mi camiseta, la levantaron, y cuando mis pechos tocaron su piel, ambos jadeamos, al unísono, como si el contacto hubiera abierto una compuerta que llevaba años cerrada.
—Quítame esto —dijo.
No necesité más. Mis manos deslizaron la blusa por sus brazos, dejándola desnuda desde la cintura hacia arriba. Sus pechos eran redondeados, firmes, con pezones oscuros y hinchados por el deseo. La luz del atardecer los iluminaba, creando sombras que se movían con su respiración.
—Eres hermosa —dije.
—No lo soy —respondió—. Solo soy tuya por hoy.
Me besó entonces, con más fuerza, con más urgencia. Su lengua entró en mi boca como una revelación, como si me estuviera mostrando algo que aún no sabía que existía. Mis manos bajaron, deslizándose por su espalda, por la curva de sus caderas, hasta encontrar el borde de su falda, que ya estaba a medio subir, como si ella misma la hubiera levantado sin que yo lo notara.
—Toca —dijo, tomando mi mano y colocándola sobre su muslo.
Estaba desnuda debajo. No llevaba bragas. Solo piel, suave, cálida, con una línea oscura que marcaba el inicio de su vientre. Mis dedos se deslizaron hacia arriba, lentos, como si temiera romper algo, pero ella me detuvo, apretó mi mano contra ella, y me miró con los ojos semicerrados.
—Más —dijo.
Y lo hice. Mis dedos encontraron su clítoris, ya hinchado, ya ansioso. Ella gimió, un sonido bajo, gutural, que me recorrió como una descarga. Apoyé la frente en su hombro y seguí moviendo los dedos, con ritmo, con ternura, con la certeza de que no había prisa.
—¿Quieres que te meta los dedos? —pregunté, sin dejar de moverlos.
—Sí —dijo—. Pero no sin antes quitarme la falda.
Me separé un poco para hacerlo, y ella me ayudó, bajando la tela hasta sus tobillos y sacando una pierna tras otra. Quedó de pie, desnuda, con la luz del sol poniente acariciándole las curvas, iluminándole la piel como si fuera una escultura hecha de luz y deseo.
—Siéntate —dije.
Ella no dudó. Se sentó en el sofá, cruzó las piernas, y me miró esperando.
—No —dije—. Tú no mandas hoy.
Le quité las sandalias con cuidado, como si fueran joyas valiosas, y deslicé sus calcetines, que no llevaba. Sus pies eran pequeños, con los dedos bien separados, las uñas limpias, sin esmalte. Le masajeé los tobillos, luego los pies, y finalmente los dedos, uno por uno, mientras ella cerraba los ojos y dejaba salir pequeños gemidos, suaves, casi inaudibles.
—¿Te acuerdas de la primera vez que te vi en el parque? —me preguntó, con los ojos aún cerrados.
—Sí.
—Estabas sentado en el banco, escribiendo en un cuaderno.
—Era un diario.
—¿Y yo?
—Te vi caminar. Con tus tacones altos, con el bolso al hombro, con una sonrisa que no te pertenecía. Me dije: “Esa mujer tiene una historia que no cuenta”.
—La tenía —dijo—. Pero hoy no la contaré.
—Hoy solo la vivimos.
Le besé la planta del pie, lentamente, con los labios, con la lengua. Ella jadeó, arqueó la espalda, y por primera vez, me miró con los ojos llenos de algo que no era solo deseo: era confesión.
—¿Por qué yo? —preguntó.
—Porque tú me miraste primero.
—No fue así.
—Fue así.
—Yo no te miraba.
—Sí. Me miraste cuando te pasaste el pelo por el hombro, cuando te inclinaste para recoger algo del suelo, cuando te detuviste a respirar.
Ella no respondió. Solo me sonrió, con una sonrisa que sí llegó a sus ojos, y me extendió la mano.
—Ven.
Me levanté, me acerqué, y me senté frente a ella, entre sus piernas abiertas. Mis manos encontraron su cintura, mis dedos rozaron su ombligo, y luego, con calma, con respeto, con devoción, mis labios encontraron su centro.
No fue rápido. No fue locura. Fue lento, profundo, como si el mundo se hubiera detenido solo para este instante. Ella se agarrió a mis hombros, sus uñas rozando mi piel, y sus gemidos se volvieron más fuertes, más crudos, más verdaderos.
—Sí —dijo—. Sí, así.
No paré. No tuve prisa. Tenía todo el tiempo del mundo, aunque sabía que no era así. Pero en ese momento, lo inventé. Lo construí con cada movimiento de mis labios, con cada succión, con cada rozamiento de mi lengua.
Ella se vino con un grito ahogado, con la cabeza arqueada hacia atrás, con los ojos cerrados y las lágrimas en las comisuras. No eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de entrega.
Me levanté, me limpié con la manga, y la tomé en mis brazos. La besé en la frente, en los párpados, en los labios.
—¿Ahora qué? —preguntó.
—Ahora —dije—… ahora nos quedamos callados.
Ella asintió, se acurrucó contra mí, y puso su cabeza sobre mi pecho, escuchando mi latido. El sol ya se había ido. La habitación estaba a oscuras, salvo por la luz tenue de la luna que entraba por la ventana.
—¿Volveremos a vernos? —preguntó, después de un rato.
—No lo sé.
—¿Te importa?
—Sí —dije—. Me duele pensar que esto se acaba.
—Entonces no pienses —dijo—. Solo siente.
—Estoy sintiendo —respondí—. Con cada latido.
Ella se giró, me miró con los ojos brillantes, y me besó, esta vez con lentitud y con promesa. No era una promesa de futuro, sino de presente. De ahora.
—Dime algo —dijo.
—Te diré lo que sentí cuando te vi entrar por primera vez.
—¿Sí?
—Que el tiempo se detuvo.
—Mentira.
—No —dije—. Fue así. Como si el mundo hubiera dejado de girar solo por unos segundos, solo para que pudieras verme, y yo verte.
Ella sonrió, y esta vez fue sincera.
—Entonces tal vez… —dijo, acariciándome el rostro— tal vez el tiempo no se detuvo. Tal vez solo aprendimos a escucharlo.
—Tal vez —repetí.
Se levantó, se estiró, y caminó hacia la ventana. No se cubrió. Se dejó ver, con la luna sobre su piel, con el silencio sobre su espalda. Yo la observé desde el sofá, con la ropa desordenada, con el corazón aún acelerado, con las manos temblando.
—Hoy no fue un error —dijo, sin voltear—. Fue una elección.
—Sí —dije—. Una elección.
Ella asintió, y por primera vez desde que entré, se giró completamente hacia mí.
—Entonces… —dijo—… hasta la próxima elección.
No dije nada. Solo asentí. Porque en ese momento, no había nada más que decir. Solo había que sentir, y dejar que el silencio hablara por nosotros.
Y así quedamos: dos cuerpos desnudos, dos mentes cansadas, dos corazones que aún latían al unísono, como si el tiempo hubiera aprendido, por fin, a escucharlos.
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