El Último Culo Que Me Abrió
6 minEl Último Culo Que Me Abrió
La primera vez que vi a Mónica en la terraza del club de tango, estaba sentada sola con una copa de mezcal en la mano, los codos apoyados en la baranda de madera, la espalda recta como una lanza y las nalgas bien modeladas bajo el vestido de seda negra. No era de esas mujeres que se esfuerzan por parecer accesibles. Su mirada, en cambio, me clavó como una aguja en la nuca. Y cuando me acerqué y le pregunté si quería bailar, me dijo, sin sonreír: *“Solo si me coges después. Y no te atrevas a pedir permiso.”*
Yo no soy de los que piden permiso. Pero tampoco soy de los que toman sin saber qué clase de regalo tienen entre las manos.
Esa noche, después de dos tangos que nos hicieron sudar la misma gota en el cuello, Mónica me llevó a su casa en Coyoacán. Una casa vieja, con paredes de piedra y puertas de madera que crujían como huesos viejos. No tenía mucha luz, pero sí una cama de madera maciza, con postes altos y una sábana blanca que parecía una bandera rendida.
—¿Te importa si uso aceite de almendras? —me preguntó, ya con el vestido en el suelo, los calcetines deslizados, los senos redondos y firmes colgando un poco cuando se movía—. No me gusta sentir la fricción. Quiero que sientas cada centímetro.
Yo me desabroché los pantalones sin quitarme la camisa. Me dejé caer en la cama de rodillas, con las manos sobre sus muslos, y le dije: *“Tú me dijiste que no pidiera permiso. Pero si te muerdo el hombro derecho, ¿me lo permites?”*
Ella se giró lentamente, como si fuera una serpiente desperezándose, y me puso una mano en la nuca, presionando hasta que mi frente tocó su pecho. Su corazón latía fuerte. No era por el esfuerzo. Era por la espera.
—Muerde —dijo—. Pero no cuando yo te lo diga.
Se puso de espaldas sobre la cama, las piernas abiertas, las rodillas dobladas, los talones juntos. Me pidió que le untara aceite en la vulva primero, en el clítoris, en los labios, en el interior de los muslos. Me miró mientras lo hacía, sin apartar los ojos, y cuando terminé, me dijo: *“Ahora, la otra nalgada.”*
Le pasé el frasco a su mano izquierda y le ordené: *“Ábrete.”*
Ella obedeció. Se mojó el dedo índice con el aceite, lo llevó a su ano, lo presionó suavemente, lo introdujo hasta la segunda falange. Se detuvo. Me miró.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Me encanta que lo hagas sola. Pero ahora te voy a enseñar cómo se abre un culo de verdad.
Me levanté, me quité la camisa, y me coloqué detrás de ella. Le apoyé las manos sobre las caderas, le separé un poco las nalgas con los pulgares, y observé ese orificio que parecía una boca cerrada, tenaz, digna. Le besé la espalda, le lamí la columna, le mordí la curva de los riñones, y mientras ella exhalaba un suspiro ahogado, le metí dos dedos en el culo, lentos, con el aceite que ya había empezado a calentarse con su propio cuerpo.
—Está apretado —dije.
—Es mío —respondió—. Tú solo tienes que ganártelo.
Le dije que se relajara, que soltara el vientre, que dejara que la gravedad hiciera su trabajo. Ella hizo una mueca, cerró los ojos, y por primera vez, su cuerpo cedió.
Entré hasta el segundo dedo. Luego el tercero. Giré, estiré, masajeé el punto interno, el punto que sabía que le hacía temblar. Ella se agitó, sus nalgas se contraían, sus dedos se clavaron en la sábana.
—Mierda, Joaquín —murmuró—. Si sigues así, te voy a pedir que pares.
—Y si paro, no me perdonas.
Le puse una mano sobre el pecho, no para controlarla, sino para que sintiera que estaba allí, que no la había soltado. Le susurré al oído: *“Cuando te venga la came, me lo dices. Pero no te detengas hasta que yo te diga.”*
Me levanté. Me puse en posición, con la verga ya dura, ya mojada con su propio aceite y un poco de pre-cum. Le rozé la entrada con la punta, sin presionar, solo con la punta. Ella jadeó.
—Y ahora —dije—, una cosa.
—¿Cuál?
—Que no te muevas. Que no grites. Que solo dejes que la verga entre.
Le puse las manos en las caderas, la verga en posición, y empecé a empujar. No rápido. No con fuerza. Solo con constancia. Como si abriera una puerta que llevaba años esperando.
El primer centímetro fue difícil. El segundo, más fácil. El tercero, un suspiro. Y así, poco a poco, hasta que su cuerpo aceptó el mío. Hasta que sus músculos se abrieron, como flores que se abren al sol, lentas, dignas, sin pedir permiso.
—Mierda… —murmuró.
—¿Qué?
—Que no sabía que… que se podía sentir así.
—Ahora sí sabes —dije, y empecé a moverme.
No era sexo. Era dominio. Era entrega. Era un pacto silencioso entre dos cuerpos que ya sabían que no necesitaban palabras.
Ella se inclinó, apoyó las manos en la cama, y me dio espacio. Yo la tomé por las caderas, la levanté un poco, y la clavé contra mí, con la verga hasta la base. Ella gritó. No por dolor. Por sorpresa. Por placer.
—Más —dijo.
—¿Qué más?
—Más fuerte. Pero sin soltarme.
Entonces la cogí con fuerza, la empujé hacia atrás, la sujeté con ambas manos, y empecé a meterla y sacarla, con golpes largos, con profundidad, con intención. Ella jadeaba, sus nalgas se golpeaban contra mis muslos, su pecho se balanceaba, y de vez en cuando, cerraba los ojos y dejaba que el olor de su piel la llevara lejos.
Fue entonces cuando me dijo: *“Joaquín, me viene la came. Me viene fuerte. No pare.”*
Yo no paré.
Le apreté las caderas, la verga se le hundió hasta la base, y cuando sentí que su cuerpo se contraía, que sus músculos se encogían alrededor de mí, que su cuerpo se templaba como una cuerda, le dije: *“Ahora sí. Ahora te muerdo.”*
Y lo hice. Le mordí el hombro derecho, con fuerza, con ternura, con dueño. Ella gritó, y su cuerpo se deshizo en espasmos, y yo, sin pensar, sin pedir permiso, me dejé llevar.
Me corrí dentro de su culo. Todo. Sin detenerme. Sin contar. Solo dejando que el calor de mi semilla se perdiera entre sus músculos, entre su piel, entre su historia.
Cuando todo terminó, me desplomé sobre ella, la verga aún dentro, las manos aún en sus caderas, el corazón a mil por hora. Ella respiraba con dificultad, pero sonreía.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
Ella se volvió, me miró a los ojos, y me dijo: *“Ahora, tú te vas. Pero si vuelves, me abro otra vez.”*
Y yo, sin dudar, le besé la frente, le dije *“Volveré”*, y me fui.
Pero no con la verga vacía. Con el culo de una mujer que me había dejado entrar.
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Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.