El Último Culo de Agosto
4 minEl Último Culo de Agosto
Me lo encontré en la esquina de Corrientes y Sarmiento, bajo la lluvia fina de esos días de fin de verano que parecen no querer terminar. Vio mi mirada, me reconoció al segundo, y me sonrió como si no hubiera pasado ni un minuto desde aquella noche en Mar del Plata, hace siete años. Leila. No dijo nada, solo me tendió el paraguas y me agarró del codo: —Vení, que te voy a llevar a mi casa —me dijo en voz baja, con ese acento que aún me hacía temblar los nudillos.
Su departamento olía a cedro y café recién hecho. Las luces bajas, las persianas semicerradas, y ella, en falda corta y medias de red, con los tacones sueltos frente al sofá. Me senté, temblando de nervios y de ganas. Ella se sentó enfrente, me tomó la mano y me la llevó al pecho. —Sentí esto desde que entraste, Diego —dijo, y me dio un beso en la frente, lento, con sabor a vino y a olvido.
Nos desnudamos con calma, sin prisa, como si cada prenda fuera un capítulo que teníamos que cerrar bien. Vi su cuerpo: más marcado, más humano, pero igual de hermoso. Los pechos anchos y caídos por haber amamantado, la tripa suave pero tersa, y entre las piernas, esa concha que aún me hacía sentir chico. Me arrodillé. La besé en el monte de Venus, lamió con ternura, hasta que la sentí temblar y gemir su nombre: —Diego… capaz que no aguanto ni un minuto si me chupás así.
Me paré, la senté en el borde del sofá, y le abrí las piernas con la palma de la mano. La miré a los ojos mientras deslizaba los dedos por su ombligo, por el borde de su concha húmeda, hasta rozar su ano, apretado, suave, como un puño cerrado que me invitaba a entrárselo. —Vos sabés lo que quiero —le dije, y ella asintió, con la respiración corta. —Sí, capaz que sí. Pero con cuidado, ¿no? —Me pidió, y me dio su dedo índice, mojado con saliva, para que lo ensuciara un poco con su humedad. Lo metí despacio, apenas entró un poco, y ella me agarró de la nuca, con fuerza: —Sí, sí, así… pero despacio, que quiero sentir cada milímetro.
Le lubrifiqué el culo con aceite de almendras que había en la mesita auxiliar, y mientras le daba masaje en los glúteos, le dije: —¿Te acordás de aquella noche en la terraza, cuando nos miraron desde el edificio de enfrente? —Ella reía, con los ojos cerrados: —Sí, cuando te dije que me garcharas por atrás, pero después me asusté y pedí clemencia… ——Esta vez no te pido clemencia —le dije, y le inserté la punta del pene, que ya estaba duro como una roca, contra su ano apretado. —Solo quiero entrar, sentir cómo me agarra, cómo se abre para mí… —Me miró, con una sonrisa traviesa, y me ayudó a empujar, un poco más, hasta que se hundió todo el pelo, y el resto vino solo.
Se agarró del respaldo del sofá, la cabeza hacia atrás, los dientes apretados. —Ah… Dios, Diego… está grande, pero me gusta. Sentí que se me llenaba el vientre, que se me cerraba el ano alrededor de mí, suave pero firme, como un latido que me reclamaba. Empecé a moverme, lento, cada entrada un acto de entrega, cada salida un suspiro que le arrancaba de la garganta un gemido ahogado. —Sí, así… más profundo… que me agarrás la cadera… —Me pidió, y yo le agarre la cadera derecha con la mano izquierda, mientras con la derecha le acariciaba el clítoris, ya endurecido, hinchado, que brillaba con la humedad de su deseo.
Llegamos juntos. Ella gritó mi nombre como una plegaria, y yo sentí cómo su cuerpo se estremecía alrededor de mí, como si me suplicara que no me retirara nunca. Me derramé dentro, lento, mientras ella se dejaba caer sobre mi hombro, sudorosa, temblando, con la cara contraída en una sonrisa de satisfacción pura.
—Capaz que vuelva a Argentina solo por esto —le dije, acariciándole el pelo mojado de sudor. Ella me besó la mano: —No por esto, por mí. Porque vos sabés que esto… esto es solo el principio.
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Reencuentros, química que estalla, segundas oportunidades en la cama. Escribo pasión de la que deja marca.