El Último Botón de la Camisa
10 minEl Último Botón de la Camisa
La habitación olía a café recién hecho y a lluvia que aún no había caído. Mariana apoyó la espalda contra el marco de la puerta entreabierta, con los brazos cruzados, los ojos fijos en la curva de la espalda de Lucas mientras se inclinaba sobre la cocina para enjuagar un vaso. El sol de mediodía le dibujaba sombras suaves en los hombros, y en la nuca, apenas visible bajo el cabello corto y desordenado, una marca redonda —una quemadura de cigarro de juventud— parecía un sello de historia personal.
—¿Te apetece una infusión? —preguntó Lucas sin volverse, voz grave pero templada, como si ya supiera que ella no iba a responder con lo que esperaba.
—No —dijo Mariana, avanzando un paso—. Quiero que me quites la camisa.
Lucas se enderezó despacio, giró sobre sus talones, y la miró. Ella llevaba una camisa blanca de algodón, un poco grande, con los botones hasta la nuca, las mangas subidas hasta los codos. Nada en su postura sugería coquetería; era una decisión, un acto de intención.
—¿Ahora? —preguntó él, con una ceja ligeramente alzada, como si la pregunta fuera solo un pretexto para ganar segundos.
—Ahora —repitió ella, y se llevó una mano al primer botón.
No lo desabrochó. Lo tocó solo con la punta del índice, rozándolo, dejando que la tela se estirara y dejara entrever el borde de su sujetador de encaje negro, sutil pero intencional.
—Me dijiste que no querías café —dijo Lucas.
—Quiero que me quites la camisa. Con los dientes.
Él soltó el vaso en el fregadero, sin romper el contacto visual. Se secó las manos en una toalla pequeña, la colgó con precisión, y dio dos pasos hacia ella. No apresurados. No furtivos. Cada paso era una decisión, como si estuviera cruzando un río en silencio y sin puente.
—¿Y si me equivoco? —preguntó, ya frente a ella.
—Te equivocas de nuevo. Hasta que aciertes.
Lucas respiró hondo y, lentamente, inclinó el rostro. El aire entre ellos se volvió denso, como si la habitación misma hubiera dejado de exhalar. Sus labios rozaron la piel de su cuello, no para besar, sino para probar el calor, la textura, la humedad de su pulso. Mariana no se movió. Solo cerró los ojos, y dejó que su cabeza se inclinara ligeramente hacia atrás, como una flor que se abre al sol sin temor.
Sus dientes rozaron el primer botón. Frío contra su piel. Luego, un leve tirón. El botón se desprendió con un chasquido casi imperceptible, como una semilla que se desprende de su cápsula.
—¿Así? —susurró él.
—Sí —respondió ella, voz baja, con un hilo de risa contenida—. Pero no lo hagas por la costura. Hazlo como si fuera lo último que te quedaba por entender de mí.
Lucas sonrió, apenas. Volvió a inclinarse. Esta vez, con la punta de la lengua, rozó el segundo botón, lo mordió con más firmeza, y lo arrancó con un movimiento corto y preciso. El tercer botón cedió con más dificultad; la tela se tensó, y la camisa se abrió un poco más, dejando al descubierto la curva de su busto, la línea suave de su clavícula.
Cuando llegó al cuarto, ya no usó los dientes.
Con los pulgares, empujó el botón hacia abajo, y luego deslizó la camisa por sus hombros, dejándola caer suavemente al suelo. Mariana no llevaba medias. Sus piernas estaban desnudas hasta la altura de las rodillas, y luego una tira de piel que subía hasta el muslo, donde el elástico del calcetín dejaba una marca rosada.
—¿Te importa si uso las manos? —preguntó él, con un hilo de ironía.
—Me importa que no uses las manos para hacerlo más lento —respondió ella, y le tendió la mano—. Vamos al cuarto.
El dormitorio era amplio, con paredes de madera clara y una cama baja, sin cabecero. En la pared, un espejo rectangular, marco negro, ocupaba casi toda la superficie. Mariana se detuvo frente a él, y se pasó las manos por los costados, desde las caderas hasta las axilas, como si se estuviera midiendo. Lucas la siguió con la mirada, y vio cómo sus pechos se movían ligeramente con la respiración, no por emoción, sino por la propia física del cuerpo en reposo.
—No me mires como si estuvieras midiendo la distancia entre el espejo y la cama —dijo ella, sin voltear.
—Estoy midiendo cuánto me voy a demorar en hacerte decir mi nombre por primera vez —respondió él, acercándose desde atrás.
Esta vez, sus manos fueron las que desabotonaron lo que faltaba de la camisa. Con lentitud, cada botón, como si fuera una página que se voltea en un libro que no se quiere terminar. Cuando la camisa quedó abierta, Lucas la empujó con suavidad por los hombros, y cayó al suelo, entre sus pies.
—¿Te acuerdas del primer beso? —preguntó Mariana, sin mirarlo.
—No. —Él negó con la cabeza, y le rozó el cuello con la nariz—. Tú me besaste en la oreja, y yo me caí de la escalera.
—Fue en el balcón del décimo piso —dijo ella, y se giró, enfrentándolo—. Y no te caíste. Solo te quedaste paralizado.
—Fue por la luz —mintió él, y le acarició la mejilla—. Porque de repente, todo se volvió blanco.
Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, de esas que no necesitan boca, solo los ojos.
—Hoy no va a ser blanco.
Lucas la besó entonces. No con urgencia. No con hambre. Con curiosidad. Como si cada parte de su boca fuera un mapa que estaba descubriendo por primera vez. Sus labios se abrieron con calma. La lengua de él rozó la de ella, suave, como si estuviera probando un nuevo sabor. Mariana le envolvió la nuca con las manos, tirando ligeramente, no para acercarlo, sino para sostenerlo.
Cuando se separaron, el aire entre ellos era cálido y húmedo.
—¿Listo? —preguntó ella.
Él asintió. No con seguridad. Con honestidad.
—No. Pero quiero intentarlo.
Mariana se llevó la mano a la cintura de los pantalones, los bajó lentamente, primero una pierna, luego la otra. No tenía ropa interior. Lucas la observó sin apresurarse, como si cada detalle fuera un versículo que debía aprenderse de memoria.
—¿Te preocupa que me duela? —preguntó ella.
—No. —Él negó—. Me preocupa que tú no me digas cuándo parar.
—Si te paro, te mato.
Lucas soltó una risa baja, y la tomó de la mano. La condujo hasta la cama, sin presión, sin fuerza. Mariana se sentó, las piernas separadas, las rodillas ligeramente dobladas. Lucas se arrodilló frente a ella, no como en una oración, sino como quien se prepara para escuchar una historia importante.
Primero, besó sus muslos. Lento. Cada uno. Como si estuviera marcando un territorio con la boca, no con dientes, sino con saliva y calor. Luego, con la punta de la lengua, trazó un círculo en su ombligo. Y luego, más abajo, rozó con los labios el borde de su pubis, sin tocar aún lo que estaba debajo.
—Tú —dijo Mariana—. ¿Qué haces?
—Te estoy leyendo —respondió él—. Y aún no llego al capítulo interesante.
Ella no respondió. Solo apartó una pierna, dejando más espacio. Lucas se inclinó, y esta vez, sí, la tocó con la lengua. No rápido. No insistente. Un solo golpe, suave, desde abajo hacia arriba, como si estuviera descubriendo un nuevo idioma.
Mariana exhaló. No fue un grito. Fue un sonido que salió de lo más hondo, como si su cuerpo estuviera liberando un peso que no sabía que llevaba. Lucas lo notó, y repitió el movimiento. Y luego otro. Y luego, con más firmeza, separó los labios con los dedos, y se dedicó a lamerla con una lentitud que dolía por ser tan intensa.
Ella no se tocó. No se miró. Solo cerró los ojos, y dejó que su cabeza se balanceara ligeramente de un lado a otro. Sus manos, antes apoyadas en la cama, ahora se aferraban al borde, los nudillos blancos.
—¿Así? —preguntó él, con la boca aún cerca.
—Sí —respondió ella—. Pero no pare.
—¿No quieres que pare?
—Quiero que sigas hasta que me olvide de mi nombre.
Lucas lo hizo. Con la lengua, con los labios, con los dedos, presionando suavemente, como si estuviera tocando un instrumento que aún no conocía del todo. Mariana comenzó a mover las caderas, no con violencia, sino con una sincopación que era pura reacción. Su respiración se aceleró, pero no se desbocó. Se volvió más profunda, más húmeda.
Cuando sintió que estaba a punto de llegar, lo detuvo.
—Ahora —dijo.
—¿Ahora?
—Sí. Tú. En mí. Pero no así.
—¿Cómo entonces?
Ella se inclinó hacia atrás, apoyándose en las manos, y le indicó que se sentara en la cama. Lo hizo, y ella se sentó a horcajadas sobre él, con las piernas separadas. No se apresuró. Se dejó guiar por él, por sus manos en sus caderas, por su mirada.
—No empieces aún —dijo ella—. Solo acércate.
Lucas la miró, y entendió. Le tomó la mano y la llevó a su entrepierna, donde ya estaba erecto, firme, listo. Mariana lo rodeó con los dedos, lentamente, sintiendo la textura, el calor, la vida que latía en su pulso.
—No es solo el tamaño —dijo ella—. Es la forma en que respiras cuando estás cerca de mí.
—¿Y eso?
—Eso me hace sentir que puedo confiar.
—Entonces confía —dijo él—. Ahora.
Ella se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en sus hombros, y bajó lentamente, hasta sentirlo dentro. No fue un golpe. Fue una entrada, suave, como si el cuerpo se recordara después de mucho tiempo. Mariana se detuvo. Cerró los ojos. Respiró.
—Está bien —murmuró—. Está bien.
—¿Estás segura? —preguntó él.
—Sí —respondió ella—. Pero no por mí. Por ti. Porque quiero verte cuando lo hagas.
Lucas la miró. Sus ojos estaban abiertos, fijos en los suyos. Sin miedo. Sin fingimiento. Solo entrega.
—Entonces empiezo —dijo él.
Y empezó. Con movimientos lentos, con una profundidad que no forzaba, sino que se permitía. Mariana se dejó llevar. Sus manos se aferraban a sus brazos, y su cabeza se inclinaba hacia atrás, como si estuviera volando, pero sin miedo a caer.
Cuando se aceleraron, no fue por necesidad, sino por elección. Como si ambos hubieran llegado a un acuerdo silencioso, como si el cuerpo supiera cuándo debe rendirse al deseo.
—Mira —dijo Mariana.
Lucas lo hizo. Y vio cómo su rostro se transformaba, cómo sus cejas se fruncían, cómo sus labios se abrían sin sonido, cómo su piel se ponía más oscura, como si el sol estuviera brotando desde dentro.
—Tú también —respondió él.
Y ella lo miró. Vio cómo su expresión se volvía intensa, cómo sus mandíbulas se apretaban, cómo sus ojos perdían el enfoque por un instante, como si estuviera viendo algo que solo él podía ver.
—Más —susurró Mariana.
—¿Quieres más?
—Quiero que no te detengas hasta que me olvides.
Él la tomó por la cintura, la levantó ligeramente, y la bajó de nuevo, con más fuerza, con más profundidad, como si estuviera clavando una palabra en la piel. Mariana gimió, por primera vez. No fue un grito. Fue un sonido que salió de lo más hondo, como si su alma hubiera encontrado una puerta que no sabía que existía.
Y entonces, Lucas se inclinó hacia adelante, y la besó. No en la boca. En el cuello. Y mientras la besaba, se dejó llevar, con una fuerza que no era violencia, sino entrega.
Mariana lo sintió antes que verlo. El temblor, el calorcito que se expandía, el momento en que su cuerpo se entregaba por completo.
—Ahora —dijo ella.
Lucas se detuvo un instante. La miró. Y luego, con un movimiento suave, la volvió a tomar por la cintura, y la bajó hasta el fondo. Mariana cerró los ojos. Y se dejó llevar.
Cuando todo terminó, no se separaron de inmediato. Se quedaron así, con él aún dentro de ella, con ella apoyada sobre su pecho, con el sudor que les pegaba la piel, con la respiración que aún no había vuelto a la normalidad.
—¿Te acuerdas del primer beso? —preguntó ella, por segunda vez.
—Sí —respondió él—. Pero esta vez no me caí de la escalera.
Ella sonrió. Y le rozó la mejilla con la punta del dedo.
—Porque esta vez, tú me besaste en la oreja.
Y entonces, Lucas la besó. No con urgencia. No con hambre. Con curiosidad
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