El truco del ascensor
6 minEl truco del ascensor
Claudia vivía en un departamento del décimo piso de un edificio viejo pero bien cuidado, con pisos de parqué y ventanas que daban al río. Vivía sola desde que se separó de su marido hace dos años: un divorcio limpio, sin rencor, sin gritos, solo cansancio acumulado. En su vida, todo tenía su lugar y su hora: el trabajo de diseñadora gráfica, las tardes en el gimnasio, los domingos con sus padres. Todo ordenado, todo controlado, todo… aburrido.
Ese miércoles, a las 18:47, el ascensor se detuvo entre el sexto y el quinto piso. Las luces parpadearon una vez, dos, y se apagaron. Claudia soltó un suspiro seco, apretó el botón de llamada otra vez, y escuchó el silencio espeso del cable quejándose.
—Mierda —murmuró, sacando el celular. Sin señal, como siempre.
La puerta se abrió con un crujido metálico.
—¿Estás bien? —preguntó una voz grave, casi baja, casi cálida.
Era él. El nuevo vecino del décimo. El que había visto dos veces: la primera cuando se mudó, con una caja de libros hasta la cintura y una sonrisa tímida; la segunda, ayer, en la cocina del edificio, sacando leche del refrigerador compartido. Ella había llevado su vaso de plástico y él, sin mirarla, le había pasado el frasco sin decir nada. Pero ella había notado sus dedos rozando los suyos, breves, húmedos, como una descarga invisible.
—Llamá al portero —dijo él, acercándose. No entró del todo, se plantó frente a ella, a un metro, con las manos en los bolsillos de su pantalón de chándal gris.
—Vos sos el del décimo, ¿no? —preguntó Claudia, sin bajar la mirada de su pecho, que se movía lento bajo la tela del remerón.
—Sí. Matías.
—Claudia.
—Lo sé. Te escuché ayer con el piano.
Ella se sonrojó, pero no bajó los ojos. Lo miró fijo, y en sus ojos claros —casi transparentes bajo la luz tenue— vio algo que no era solo curiosidad: era una pregunta hecha carne.
—¿Te parece si llamamos al portero juntos? —dijo Matías, y acercó su celular.
Ella se acercó, y cuando sus hombros se tocaron, ella sintió un calor inmediato, como si el aire se hubiera vuelto espeso y pegajoso. Matías marcó, pero la línea sonó ocupada.
—Está cerrado —dijo él, guardando el celular.
—¿Y si esperamos un rato? —preguntó Claudia, con la voz más baja.
—Podemos esperar.
No dijeron más. El ascensor se quedó quieto, suspendido entre dos mundos. El aire olía a sudor, a jabón de lavandina, a perfume de ella: jazmín con un toque amargo. Matías se apartó un pelo del frente, y en ese movimiento, su manga se subió y dejó ver el tatuaje de una serpiente enrollada en su antebrazo.
—¿Tienen algo para tomar acá? —preguntó él, mirando hacia la pared lateral.
—Un poco de agua en mi bolso.
Matías se agachó, le quitó la cremallera y sacó la botella. Ella lo miró hacerlo, y cuando él se enderezó, sus dedos rozaron los de ella otra vez, esta vez más largo, más intenso.
—Perdón —dijo Matías, pero no soltó su mano.
—No pedí perdón —respondió ella, y apretó su mano con la suya.
La luz del celular de Matías se encendió. Un mensaje.
—Esperá —dijo él, y marcó otro número. —Hola, soy Matías, del décimo. El ascensor se cayó. No tengo señal… ¿Sí? ¿Me lo dejás pasar por la ventana del sector técnico?… Sí, el de al lado. Gracias.
Cortó, y la miró.
—Vamos.
—¿Adónde?
—A mi depto. Tenemos agua, y… —se acercó, y le rozó el cuello con la punta de los dedos— …tengo ganas de tocarte.
Claudia no dudó. Soltó su bolso en el suelo, tomó su mano, y lo siguió.
El ascensor del sector técnico era otro, más antiguo, que olía a metal quemado y aceite. Matías apretó un botón, y el cable crujó como un gruñido. Subieron tres pisos, y él la sacó por la puerta de emergencia, en un pasillo estrecho, con luces de emergencia rojas.
—Aquí no viene nadie —dijo él, y la tomó de la cintura.
La besó primero con calma, como si estuviera aprendiendo su sabor, pero cuando ella abrió la boca, él la empujó con la lengua, fuerte, húmeda, hambrienta. Ella le mordió el labio inferior, y Matías soltó un gruñido bajo, apretándola más, hundiendo sus dedos en su espalda baja, en la curva de sus riñones.
La empujó contra la pared, y ella sintió el frío del cemento a través de la tela del saco. Él se arrodilló sin soltarla, y con una mano le subió la falda hasta la cadera, mientras con la otra le desabrochaba el sujetador con un clic seco.
—Vos tenés tetas hermosas —dijo, y le pasó la lengua por el pezón, una, dos veces, hasta que se endureció como una piedra.
Claudia apretó sus cabellos, y lo tiró hacia adelante.
—Quiero verte dentro de mí —dijo, con voz rota.
Matías se paró de un salto, le subió la falda hasta la cintura, y desabrochó su jeans. Ella lo ayudó, sacó su polla tiesa y grande, cubierta de vello oscuro, con la punta húmeda y brillante.
—Sí —murmuró Matías, y con una mano le abrió la entrepierna de la bragas, separó sus labios húmedos, y encontró su clítoris, ya inflamado, ya temblando.
Ella gimió, alta, sin vergüenza, y se apretó contra su mano, pidiendo más.
—Decime qué querés —dijo él, y con el dedo índice la metió dos veces, lento, hasta el nudillo, mientras con el pulgar le daba vueltas al clítoris.
—¡Quiero que me garches! ¡Ahora! ¡Quiero sentir tu verga en la concha!
Matías la giró, la inclinó sobre el piso, y le separó las nalgas con las manos. Ella sintió su aliento caliente en el culo, y luego el roce áspero de su polla contra su orificio.
—Voy a entrar —dijo él, y se empujó hacia adentro con un impulso brusco.
Claudia gritó, no de dolor, sino de placer puro, crudo, como una descarga eléctrica que le subió por la columna y le hizo arquear la espalda. Matías la agarró de las caderas, y empezó a meter y sacar, lento al principio, luego más rápido, con golpes cortos, profundos, que la hacían tambalear.
—Estás apretada, jodida, apretada… —musitaba él, con la voz quebrada.
Ella se rozó el clítoris con los dedos, y se dejó llevar, con la frente apoyada en el piso, las piernas temblando, la concha mojada, sudorosa, hirviendo.
—Voy a correrme —dijo Matías, y la tomó de un brazo, la giró, y la puso de pie. Se inclinó, y le metió la polla hasta la base, con un golpe seco, y se corrió dentro de ella, espeso, caliente, con tres latigazos largos que ella sintió hasta el fondo, hasta el útero.
Ella lo sintió entrar, y con él, su propio orgasmo, una ola alta que la arrastró sin piedad, con los muslos apretados, los pechos suspendidos en el aire, y una risa histérica que le salió de la garganta al mismo tiempo que el clímax.
Matías la sostuvo, sin soltarla, mientras su polla se desinflaba dentro de su concha, y ella apoyó su cabeza en su hombro, con las lágrimas en las mejillas, con la boca seca, con el cuerpo temblando.
—Te voy a llamar —dijo él, y la besó en la frente.
—Sí —dijo Claudia, y se separó, pero sin soltar su mano—. Pero primero, vení. Hay agua en mi depto. Y… tengo un piano.
Y juntos, con las manos entrelazadas, bajaron por el pasillo oscuro, sin prisa, sin miedo, con el eco de sus pasos y el sabor de la traición en la lengua, dulce, amarga, inevitable.
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