El trío que se armó en el cumple de Lucía

El trío que se armó en el cumple de Lucía

@el_anonimo ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 3 min de lectura

La casa de Lucía olía a vino barato, tabaco de sobremesa y esencia de gardenia que no lograba tapar del todo el sudor y el deseo. Eran las once y media de un viernes de junio, y el salón estaba lleno de gente que reía en grupos pequeños, con esa liviana agitación que precede a algo más fuerte, algo que se siente pero no se nombra. Martín estaba apoyado en el umbral de la cocina, con una cerveza tibia entre los dedos, mirando cómo Ana —su compañera de trabajo desde hacía dos años y medio— le hablaba a Lucía con las manos moviéndose como alas de aves pequeñas. Ana tenía los labios pintados de rojo oscuro, los ojos brillantes por el alcohol y una sonrisa que, desde que entró, no dejaba de tocarlo a él de reojo.

—¿Viste cómo se le iluminó la cara cuando entró Víctor? —le dijo Lucía, bajando la voz como si contara un secreto de pubertad—. Fijate que ni se presentaron bien. Se miraron, se rieron, y ya está. Parecía que se conocían desde chicos.

Martín asintió, pero no escuchaba del todo. Estaba pendiente de que Ana se girara. Y ahí lo hizo. Se volvió con una copa de vino en la mano, con esa postura de quién ya decidió algo y ahora solo esperaba permiso. Sus ojos encontraron los de Martín, y no los apartó. No como antes, cuando los cruzaba y se esquivaban como si fueran chispas peligrosas. Esta vez, fue directo. Fue una palabra que no decía nada, pero lo decía todo.

—¿Y si nos vamos temprano? —le dijo Víctor cuando se acercó, con la chaqueta puesta pero la camisa desabrochada hasta el ombligo—. Tengo un vino nuevo, un Malbec que me trajeron de Luján. Es para probarlo con atención.

Ana sonrió, sin apuro, sin prisa. Se inclinó un poco, como para ajustarse el zapato, y Martín vio cómo elástico negro se deslizaba por la curva de su glúteo, justo arriba del borde de la pollera. El vello suave, la piel cálida, el leve brillo del sudor en la zona lumbar. Todo sin moverse demasiado. Todo con intención.

—Yo no tengo nada planeado —dijo ella, y se secó los labios con el dorso de la mano—. A menos que Vos tenés algo en mente, Víctor.

Él se acercó, dejó la botella de vino sobre la mesa, y se volvió con las manos en los bolsillos. Miró a Martín, y luego a Ana, y luego otra vez a Martín. Como si estuviera midiendo una distancia que solo él veía.

—¿Y si venís vos también? —preguntó, y esta vez la voz le tembló un poco—. La casa tiene dos pisos. Y una pileta pequeña. Y… —se detuvo, sonrió—. Y un par de almohadas nuevas.

Ana no respondió de inmediato. Se puso de pie, se sacudió la pollera con un gesto lento, y caminó hasta la puerta. Se detuvo, con la mano apoyada en el marco, y se volvió hacia ellos. El pelo le cayó sobre un ojo. Se lo empujó atrás con el dedo índice, sin prisa.

—Dame cinco minutos —dijo—. Me cambio. Y vos, Martín, si venís, no traigas excusas. Porque acá no hay excusas que valgan.

Cuando regresó, llevaba una pollera más corta, una remera negra ajustada y los pies descalzos. El olor a gardenia se mezcló con algo más dulce, más animal. Víctor la miró sin disimular. Martín también. Y cuando Ana se acercó, primero a Víctor, luego a él, con los dedos extendidos, como ofreciendo una llave, todo lo que había estado callado se abrió como una puerta que llevaba años sin usarse.

—¿Listos? —preguntó ella, y en su voz no había burla, ni seducción forzada, ni promesa vacía. Solo una invitación clara, como una copa llena hasta el borde, que ya no necesita más hielo.

Y ellos, sin decir nada más, solo asintieron. Y salieron juntos, tres pasos al mismo tiempo, hacia la noche que aún no había terminado.

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