El trío que arrasó en mi cuarto

El trío que arrasó en mi cuarto

@marco_vidal ·22 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (33) · 231 lecturas · 7 min de lectura

Nunca imaginé que una noche de viernes con una amiga común terminaría con las dos desnudas sobre mi cama, respirando a un mismo ritmo mientras mi pene se hundía en dos cuerpos a la vez. Todo empezó como cualquier cosa: Ana me llamó para contarme que su novio de turno —un imbécil de nombre Rodrigo— la había dejado plantada en un restaurante. «Me mandó un WhatsApp de dos líneas: “Estoy cansado, cancelamos”», se quejó con esa mezcla de rabia y risa que solo ella pone cuando está a punto de hacer una estupidez. Yo la escuché desde mi sofá, con una cerveza fría en la mano y los ojos aún pegados a la pantalla del celular. «Vienes a casa o prefieres que te compre pizza y una botella de tequila», le respondí, sin pensarlo. Ella rió: «Tequila. Y ven a buscarme. No tengo ganas deUber».

Ana es morena, de ojos oscuros, cuerpo atlético por el yoga, pechos pequeños pero firmes, y una sonrisa que siempre parece preparada para una trampa. Llegó media hora después, con pantalones ajustados que marcaban cada curva de sus caderas, y un top negro que dejaba entrever la curva de sus pechos. Se quitó el abrigo al entrar y me miró con esos ojos que ya sabían que no íbamos a quedarnos en una conversación de café. «¿Te importa si me cambio?», preguntó, y antes de que yo pudiera responder, ya se había desabrochado el top y lo dejó caer al suelo. Sin sostén. Me lo dijeron antes que lo viera: los pezones duros, los pechos redondos, la piel clara con un leve brillo bajo las luces del techo. Me puse de pie, y ella se acercó, se subió a la mesita baja frente al sofá, me puso una mano en el cuello y me besó con la lengua abierta, sabiendo exactamente dónde quería sentirme. Me lamía el labio superior, luego el inferior, y cuando le abrí la boca, ella metió los dedos en mis pantalones y me sacó el pene, ya medio duro, ya sudando punta.

—Estás duro para mí —dijo, sonriendo—. Qué lindo.

Me arrodillé frente a ella y le bajó los pantalones con lentitud, dejando que el tejido se deslizara por sus muslos, sus calcetines, sus zapatos. Entreabrió las piernas, y allí estaba: su vagina, húmeda, oscura, con el clítoris hinchado ya solo por mirarla. Le separé los labios con los dedos y le lamí el pene. No, no: le lamí el clítoris. Ella gimió, bajó las manos a mi cabeza y me empujó más fuerte. Le chupé el clítoris, lo metí entre mis labios y lo succioné con fuerza, mientras con dos dedos le metía dentro, curvándolos para tocar el punto que sabía que la volvía loca. Ella jadeaba, sus caderas se movían al ritmo de mis dedos, y cuando sentí que estaba a punto de venirse, me puso una mano en la cara y me dijo: «Pará un segundo. Quiero que venga otro».

—¿Otro? —pregunté, sin soltarla.

—Sí —dijo, y sacó su celular. Lo desbloqueó, escribió algo rápido y me lo mostró: una foto de Lautaro, su hermano menor. «No es mi hermano de sangre», aclaró. «Es hijo de su padre y su segunda esposa. Pero nos criamos juntos. Y sí, me gusta desde hace años». Me dio un segundo para procesarlo, y yo solo pude asentir, con la boca seca y el pene aún en la mano de ella.

Lautaro llegó veinte minutos después, con una mochila al hombro y una sonrisa torcida. Era alto, de hombros anchos, piel morena clara y un pene visible incluso dentro de los pantalones. No se disculpó por llegar tarde, ni por la situación. Solo se quitó la camiseta, se acercó a Ana y le metió la lengua en la boca. Yo lo observaba desde el sofá, con la mano aún en mi pene, mirando cómo sus dedos se hundían en sus caderas, cómo ella le arqueaba la espalda, cómo sus pechos se movían con cada beso.

—¿Te gusta verlo? —me preguntó Ana, sin despegar los labios de los de él.

—Sí —dije, y me puse de pie.

Lautaro me miró por primera vez. Me recorrió con la mirada, me vio el pene, y sonrió. «Hermoso», dijo, y se acercó. Me agarró de la polla con la mano firme, me lo acarició de base a punta, y cuando me vio temblar, me empujó contra la pared. Ana se puso de pie detrás de mí, me tomó los testículos entre los dedos, y me susurró: «Quiero sentirte dentro de mí, y que él te vea entrar».

Me volví a Ana, me puse entre sus piernas, le abrí la vagina con los dedos y empujé. Entré lento, sintiendo su calor, su apretón, la forma en que su cuerpo se estiraba para mí. Ella jadeó, metió las manos en mi cabello y me pidió que la follaría fuerte. Y así lo hice: la penetré con golpes largos y profundos, viendo cómo su cabeza se reclinaba, cómo sus pechos rebotaban con cada embestida, cómo sus dedos se clavaban en mis brazos. Lautaro, a mi lado, me observaba con los ojos medio cerrados, y cuando Ana le dijo «toca tu polla», lo vi hacerlo: se lo apretó, se lo lamió, se lo miró mientras yo le metía la lengua a Ana en la boca.

—Quiero que lo hagas con los dos —dijo ella, con la voz rota—. Quiero sentir tu pene en mí y su mano en tu polla… y su boca en mi pecho.

Me giré, le hice espacio, y Ana se puso a cuatro patas sobre la cama. Lautaro se agachó, le chupó un pezón, luego el otro, mientras yo me ponía detrás de ella, le separaba los labios con los dedos y volvía a meterme. Esta vez, él se puso a mi lado, me agarró el pene con una mano, y con la otra me acarició los testículos, me masajeó el perineo, mientras Ana me pedía que la follaría hasta que no pudiera más.

—No te detengas —dijo ella, con la frente apoyada en la almohada—. No importa qué haga él, solo… solo sigue metiéndome tu pene.

Y lo hice. La follar hasta que sus gritos se volvieron gemidos roncos, hasta que sus musculos temblaban, hasta que Lautaro se puso entre sus piernas, le separó los labios con los dedos y le chupó el clítoris mientras yo la embestía desde atrás. Ella se vino dos veces: una con la boca abierta, sin gritar, con los ojos cerrados, y otra cuando Lautaro le metió dos dedos y le chupó el pene al mismo tiempo que yo la follaría con fuerza. Fue cuando él se puso frente a mí, me agarró de las caderas y me dijo: «Ahora ven a mí». Me volví, me puse a cuatro patas, y él se puso detrás, me lubricó el ano con su mano y su saliva, y me empujó. Entró lento, con una calma que me hizo temblar, y cuando se metió todo, me abrazó por la cintura y me susurró: «Estás apretado, Marco. Maldito, apretado».

No me moví al principio. Dejé que él me acariciara el pene, que me lamiera el cuello, que me mordiera la oreja. Pero cuando Ana se puso de pie, se acercó y me metió la mano en la boca, yo me lancé hacia atrás, lo embestí con fuerza, sintiendo su pene golpeando mi próstata, sintiendo su aliento en mi nuca. Se vino primero, con un grito ahogado, y yo lo seguí segundos después, arqueando la espalda, agarrando la almohada con fuerza, sintiendo su pene palpitando dentro mío mientras Ana me lamía el pene y los testículos, y me besaba la nuca.

Nos quedamos allí, los tres desordenados sobre la cama, sin hablar. Ana me acariciaba el brazo, Lautaro me daba un vaso de agua. Y yo, con el pene aún medio duro, con el culo ardiendo y la boca llena de su sabor, supe que nunca más volvería a ver una noche de viernes como algo común.

No iba a ser la última.

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Sin rodeos. El deseo no pide permiso, y mis relatos tampoco. Aquí las cosas pasan rápido, fuerte y como tienen que pasar.

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