El Trío en el Espejo del Baño
9 minEl Trío en el Espejo del Baño
Valentina Ruiz no había planeado pasar la tarde solita —aunque, para ser honesta, ya llevaba días así—, pero el universo, ese viejo chistoso que le juega malas pasadas con un guiño de ojo, decidió que hoy sería distinto. La lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas del departamento de la colonia Roma Norte, como si alguien le estuviera dando órdenes a la ciudad entera: “¡Cállate y quédate en casa!” Y Valentina, con su camiseta de algodón gris descolorido y los pies descalzos hundidos en el piso frío de mayólica, no solo se calló: se puso a jugar.
Todo comenzó con un malgastado tupperware de arroz con leche que se le había caído en la cocina. No fue un accidente: fue una provocación. El recipiente resbaló entre sus dedos húmedos, volvió a rodar sobre el mostrador como una apuesta perdida, y cuando cayó al suelo, el ruido no fue de cristal roto, sino de algo más sutil: un *click* interno, como el que se da cuando decides dejar de pelearte con el destino.
—Maldita sea, arroz —dijo en voz alta, arrodillándose a recoger los restos—. Me estás cobrando intereses.
La lluvia seguía castigando el vidrio. Valentina se levantó, se sacudió las manos en el delantal de florecitas que nunca usaba pero que ahora sí se ponía por ironía, y caminó hacia el baño. Era un baño pequeño, casi diminuto, con azulejos beige que hacía poco había pintado de blanco con un pincel de cerda dura y un poco de paciencia. El espejo, ese gran testigo silencioso, estaba borroso por el vapor que subía del baño que su compañera de departamento, Lalo, había tomado media hora antes. Lalo, que salió a la tienda por un chicle y un café, y que ya no volvería hasta dentro de una hora —o hasta que la lluvia se cansara y se fuera a dormir—.
Valentina se miró en el espejo. El rostro que le devolvía la luz tenue era el suyo: cejas arqueadas, labios entreabiertos como si estuviera a punto de decir algo gracioso o peligroso, y una sonrisa que se le había quedado pegada desde que se dio cuenta de que, hoy, *nadie* la iba a interrumpir.
—Buenas tardes, Valentina —se saludó—. Hoy no tienes cita. Ni con el doctor, ni con el corazón roto, ni con el gato del vecino que te ama demasiado.
Se desabotonó la camiseta lentamente, sin prisa, como si estuviera abriendo una caja de sorpresas. No era una caja cualquiera, sino una caja bien guardada: su cuerpo. No era un cuerpo cualquiera, sino el cuerpo que había aprendido a leer con los ojos cerrados, con las manos temblorosas, con los oídos pegados al pecho para escuchar su propio latido cuando algo la ponía nerviosa —y no necesariamente por miedo*.
La camiseta cayó al suelo. Valentina no se miró el pecho aún. Se tomó su tiempo. Se acercó al lavabo, abrió el grifo frío, y se mojó los dedos. El agua le heló la punta de los dedos, sí, pero también le despertó algo más: una chispa que subió por el brazo, como si el frío le estuviera dando permiso.
—¡Ay, chingo! —exclamó, sacudiendo la mano—. ¿Tú también te estás burlando de mí?
Y entonces lo hizo.
Con la palma seca esta vez, se pasó una mano por la cintura, sintiendo la suave curva de su ombligo, el vellito claro que le crecía en un patrón que parecía hecho a mano, como si el universo hubiera decidido que ella merecía un pequeño dibujo en la piel. Se inclinó un poco hacia el espejo, como para ver mejor, como si quisiera que el reflejo le diera su opinión.
—¿Te gustaría que te tocara como si fuera la primera vez? —le preguntó al espejo—. O mejor: como si fuera la última.
No esperó respuesta. Se pasó la mano izquierda por el costado del pecho, con un movimiento suave, casi de beso. La piel estaba sensible, como si ya supiera lo que venía. Se detuvo un segundo, con la yema del índice apoyada en la areola, y sonrió.
—No te precipites —le dijo al pecho—. Aún no llegamos a la parte buena.
Se quitó los shorts de algodón, los dejó colgados en el tirador de la puerta, como si fueran un regalo envuelto en tela. Se quedó sola, en ropa interior: una tanga color crema con una costura deshilachada en la cadera izquierda —una huella del tiempo, de las lavadoras, de los días que había usado sin pensarlo—. Se miró con atención: el vientre plano, pero no rígido; las caderas anchas, como si hubieran sido diseñadas para sostener algo, o para recibirlo; y las nalgas, esas dos mitades redondeadas que, cuando caminaba, tenían un ritmo propio, como si bailaran sin permiso.
Se llevó la mano al muslo, se lo frotó con lentitud, sintiendo la textura de la piel, el ligero vello, el calor que empezaba a subir como una marea interna. Se acercó al espejo, se puso de puntitas, y con la punta de los dedos, rozó el borde del tanga.
—Hola, viejo —susurró—. Hoy no te escondes.
Se lo bajó con cuidado, como si fuera una lenteja de una lenteja de cámara antigua. Se lo dejó en el borde del lavabo, al lado del cepillo de dientes. Y entonces se miró en el espejo, *realmente* se miró: sin filtros, sin prisa, sin miedo.
—Veo que sí te pones nervioso —le dijo a su propio cuerpo—. ¿Pero sabes qué? A mí también me pone nerviosa esto. Pero no es malo. Es… vivo.
Se llevó la mano al centro, a la zona que ya empezaba a palpitarse con un latido suave, como un tamboril que acaba de encontrar el ritmo. Se pasó el pulgar por encima del clítoris, a través de la humedad natural que ya se había acumulado, como una gota de rocío en la punta de una flor que no sabe que es primavera.
—¡Ah! —exclamó, cerrando los ojos un segundo—. ¡Claro que sí!
Abrió los ojos otra vez, se miró fijamente en el espejo, y ahora sí, con una mano, se separó los labios menores, descubriendo el pequeño nudo de nervios y placer. Se inclinó hacia el espejo, como para verlo mejor, como si quisiera tomarle una foto al momento.
—Mira, valiente —le dijo al clítoris—. Hoy no te escondes. Hoy eres el protagonista.
Y entonces, con dos dedos, la tocó.
No fue rápido. No fue agresivo. Fue como si estuviera abriendo una puerta que llevaba años cerrada: con calma, con curiosidad, con respeto. Se pasó el pulgar en círculos pequeños, primero suaves, luego más firmes, hasta que su cuerpo empezó a responder: la respiración se aceleró, el pecho se elevó, los muslos se tensaron.
Se metió un dedo.
Lento. Profundo. Con la punta ligeramente hacia arriba, como si estuviera buscando algo que ya conocía, pero que hoy quería redescubrir.
—Sí —murmuró, con los dientes apretados—. Ahí está.
Su cabeza se inclinó hacia adelante, los ojos cerrados, la boca entreabierta, y el espejo, ese viejo testigo, solo reflejaba su rostro: cejas fruncidas, labios temblorosos, una sonrisa que empezaba a romperse como una galleta de vainilla recién horneada.
Se metió un segundo dedo.
El cuerpo se arqueó, sin pedir permiso.
—Mierda… —susurró—. Me está ganando.
Pero no era una derrota. Era una rendición voluntaria.
La mano se movía ahora con un ritmo más firme, más seguro. El pulgar seguía trabajando sobre el clítoris, con movimientos circulares que se hacían más rápidos, más intensos, mientras los dedos dentro de ella se abrían, se estiraban, se curvaban como si estuvieran escribiendo una carta que solo ella podía entender.
—Tú sabes dónde está —le dijo a su cuerpo—. Tú sabes dónde suena la música.
Y así fue.
Un cosquilleo en la parte baja del vientre, que subió como una ola, que se hizo más fuerte, más urgente, hasta que su cuerpo se sacudió, como si un rayo hubiera caído en medio de su pecho.
—¡Ay! —gritó, sin vergüenza, sin pena—. ¡Ahí está!
Los dedos se movieron más rápido. El espejo reflejaba ahora una Valentina distinta: pelo despeinado, mejillas rojas, ojos brillantes, labios entreabiertos como si estuviera a punto de decir algo definitivo.
—Sí… sí… sí… —murmuraba, como una oración—. Más… más…
Y entonces, con un último impulso, la mano se movió como si estuviera dibujando una letra en el aire: una *V* mayúscula, por *Valentina*, por *vivir*, por *vencedora*.
Y todo se deshizo.
No fue una explosión, sino una desintegración suave, como el azúcar derretida sobre una tarta. Su cuerpo se tensó, los pies se encogieron, los dedos de las manos se cerraron en puños pequeños, y luego… luego vino la ola: una ola alta, cálida, húmeda, que la arrastró hacia atrás, hacia dentro, hacia un lugar donde no había pensamientos, solo sensación.
Se desplomó contra el lavabo, con la frente apoyada en el borde frío, la respiración entrecortada, los dedos aún dentro de ella, moviéndose con un ritmo que ya era automático, casi instintivo.
—Jesús, María y José —murmuró, con una risa que se le escapó entre jadeos—. ¿Cómo no me di cuenta antes? Esto es… esto es *un triunfo*.
Se retiró los dedos despacio, con un sonido húmedo, suave. Se secó con una toalla de algodón que tenía colgada del gancho, sin mirar el espejo. Se puso de pie, se estiró como un gato que acaba de despertar, y se miró por primera vez sin juzgar.
—Hoy ganaste, Valentina —le dijo a su reflejo—. Hoy ganaste.
Y entonces, como si el universo, ese viejo chistoso, le hubiera escuchado, la puerta del baño se abrió un poco.
—¿Valentina? —dijo una voz conocida—. ¿Estás ahí adentro?
Era Lalo.
Valentina se giró de golpe, con una sonrisa aún pegada a los labios, con los ojos brillantes, con la piel que aún palpitaba.
—¡Sí! —respondió, con la voz un poco ronca, pero sin miedo—. ¡Sí, aquí estoy!
Y mientras Lalo entraba, con un paquete de chicles en una mano y un café en la otra, Valentina se secó las manos en el pantalón, se ajustó la camiseta que aún estaba en el suelo, y pensó:
*Hoy no fue un día cualquiera. Hoy fue un día en que me elegí a mí misma, otra vez.*
Y eso —pensó, mientras la lluvia seguía golpeando el vidrio— era más que un placer.
Era libertad.
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