El trio bajo el sol de Oaxaca
7 minEl trio bajo el sol de Oaxaca
Llegué a Oaxaca de madrugada, con el alma aún llena de sal del Pacífico y los pies cansados de caminar por muelles de madera podrida. Había dejado atrás a Camila en Puerto Escondido —una pescadora de ojos grises y risa fácil— y me había dicho: «Si te encuentras con alguien que te mire como yo te miro, no lo dejes pasar». No sabía que esa palabra —*encuentro*— iba a resonar en mi pecho tres días después, en una pequeña casa de adobe con techo de teja, en un callejón sin nombre cerca del mercado de Benito Juárez.
Me llamaba Mateo. Un fotógrafo de Chicago que llevaba tres meses viajando por México, buscando luz dorada y gestos auténticos. Lo vi por primera vez cuando entré al *mercado* a comprar tortillas de maíz recién hechas. Estaba sentado en un banco de madera, con su cámara antigua sobre las rodillas, dibujando con lápiz una secuencia de movimientos: una mujer doblando tlacoyos, los dedos rápidos, el vapor subiendo del comal. No llevaba reloj, ni pulsera, ni anillo. Sólo una mancha de polvo en la sien izquierda y una cicatriz en el antebrazo, como una línea de tinta olvidada.
—¿Querés una tortilla con queso? —le pregunté en tono casual, como si no me importara si aceptaba o no.
—Sí —dijo, sin mirarme de inmediato—. Pero antes, ¿me dejás dibujarte cinco segundos?
—¿Yo?
—Sólo si querés. No es obligatorio. Es que… tenés una postura de alguien que llegó para quedarse un rato, pero no sabe cuánto.
Sonreí. No era un cumplido, era una observación precisa, y me gustó.
Comimos juntos en un rincón del mercado, sentados en un banco bajo, con las piernas separadas para no rozarnos demasiado. Nos hablamos sin apuro, como si ya nos conociéramos. Me dijo que había venido tras una ruptura que lo dejó sin ganas de mirar el mundo, y que desde entonces buscaba encuentros que no tuvieran reglas, solo presencia. Yo le confesé que había salido de una relación de cinco años sin despedida, sin explicación, solo una nota en la nevera: *Te amo, pero no puedo más*. Él asintió, como si esa clase de ausencia le fuera familiar.
—¿Te parece si seguimos hablando afuera? —dijo, limpiándose los dedos con un pañuelo—. Hay un jardín cerca de la iglesia de Santo Domingo. A esta hora, el sol se pone y se vuelve líquido.
Caminamos hasta allí. El jardín estaba vacío, salvo por una pareja mayor paseando un perro de pelo largo y tres palomas que se daban permiso para aletear entre las flores. Mateo se sentó en el borde de una fuente de piedra, y yo me quedé de pie, con las manos en los bolsillos, sintiendo el calor del día en los hombros.
—¿Te importa si te toco la mano? —preguntó, sin mirarme.
—No.
Estiró el brazo, y sus dedos rozaron los míos, con una ligereza que no prometía nada, pero sí ofrecía algo. No fue un beso, no fue un abrazo, fue una advertencia: *Estoy aquí. Y si vos querés, también puedo estar aquí con vos*.
Fue entonces cuando escuchamos las risas.
Dos chicas se acercaban por el sendero de tierra, una con una falda de algodón estampado y el pelo en un nudo deshecho, la otra con pantalones cortos, camiseta blanca y gafas de sol que se había empujado hasta la coronilla. La primera se detuvo al vernos, como si hubiera reconocido algo en el aire.
—¿Mateo? —dijo.
Él se giró, y su rostro se iluminó con una sonrisa que no tenía nada de forzado.
—Lucía. Qué sorpresa.
Se abrazaron, y la otra chica se acercó con cautela, como si no estuviera segura de si era parte de la escena o un intruso. Lucía la presentó: —Esta es Ana, mi compañera de cuarto en la pensión. Venimos a ver las luces de la noche.
—Hola —dije, y le estreché la mano. Su piel era cálida, y su mirada tenía un brillo que no era solo por el sol.
Ana me devolvió la sonrisa, y algo en su forma de sostener la mirada —ni demandante, ni tímida— me hizo pensar: *Esta sí que sabe lo que quiere, y lo dice con los ojos*.
Lucía, que parecía divertirse con el momento, se sentó a mi lado en la fuente.
—¿Y vos? —me preguntó.
—Yo soy el tipo al que Mateo le está robando el sol.
Ana se rio, y esta vez no fue una risa educada. Fue una risa que venía de dentro, que no se contenía.
—¿Y qué hacés cuando no estás robando el sol?
—Escribo. O intento. A veces viajo. Como él. Pero yo busco historias que no saben que están esperando ser contadas.
—Suena peligroso —dijo Mateo, con una sonrisa.
—Todo lo que vale la pena lo es —respondí.
El sol empezó a bajar, y el jardín se llenó de sombras largas y cálidas. Lucía se acercó a Mateo y le susurró algo al oído. Él asintió, sin prisa, y me miró.
—¿Te parece si nos sentamos en el pasto? —dijo—. Ana y yo tenemos ganas de saber más de vos. Y Lucía… —se volvió hacia ella— ya me contó que te dejó una copia de *El laberinto de la soledad* en la mesa del desayuno.
Ana se ruborizó levemente, y Lucía se encogió de hombros.
—Es que… vos también me dejaste tu número.
—¿Y no lo llamaste? —pregunté.
—Llamé, sí. Pero no respondiste.
—Me había ido a un pueblo pescando camarones. Sin señal.
—Entonces vine a buscarte.
Era la primera vez que alguien me decía eso, y sentí un nudo en el estómago que no era de ansiedad, sino de expectativa.
Nos sentamos en el pasto. Ana se recostó sobre un brazo, con la cabeza ligeramente inclinada hacia mí. Mateo se sentó entre nosotras, con las piernas estiradas, y cuando Lucía se acercó a él, puso una mano en su muslo, sin presión, solo para marcar un espacio.
—¿Te importa si te toco el pelo? —me preguntó Ana.
—No.
Era su turno, y lo acepté como un regalo.
Sus dedos se deslizaron por mis rizos, suaves, como si estuviera midiendo algo invisible. Mateo nos observaba, con una sonrisa que no era de envidia, sino de reconocimiento. Lucía se volvió hacia él y le besó el cuello, despacio, como si le estuviera pidiendo permiso para algo.
—¿Te parece si te quitás la camisa? —dijo Mateo.
—Sí.
Me senté un poco más derecho, y desabotoné lentamente. El aire rozó mi pecho, y sentí el calor de tres miradas, pero no de una manera incómoda. Era como si estuviera siendo leído, no juzgado. Lucía me acarició el hombro, y Mateo, con la misma lentitud, me quitó las gafas de sol que Ana aún llevaba puestas, y se las puso en su propia cara. Me miró a través del cristal oscuro, y por un instante, no supe si lo veía a él o a mí mismo.
Ana se acercó más. Su muslo rozó el mío, y luego su rodilla, y finalmente su pierna entera. Me incliné hacia ella, y ella me besó. Fue un beso sin prisa, sin exigencia, como si no importara lo que sucediera después. Sus labios eran suaves, pero con una presencia firme, como si supiera exactamente qué hacer.
Cuando nos separamos, Mateo y Lucía estaban abrazados, con la cabeza de ella apoyada en su pecho. Él le acariciaba el brazo, y ella le besaba el cuello otra vez, con más calma esta vez.
—¿Querés que te toque? —me preguntó Ana.
—Sí.
Ella se quitó la camiseta, y yo vi su pecho: redondeado, con pezones morenos y sensibles, y una marca de nacimiento en forma de media luna bajo la clavícula izquierda. Se acercó, y con las manos me desabotonó los pantalones, sin prisa. Su respiración cambió cuando tocó mi pene, erecto ya por el calor y la espera.
Mateo se puso de pie, y Lucía también. Él se quitó su camisa, y ella, sin decir nada, se sentó frente a mí, con las piernas abiertas, y me tendió la mano.
—Vení.
Me acerqué. Mateo me sostuvo el pene con una mano, y Lucía me guió hacia su cuerpo. Ana me besó mientras yo me deslizaba dentro de Lucía, lento, con la espalda apoyada en el tronco de un árbol. Mateo me besó el cuello, y Ana me mordisqueó el hombro. Lucía gimió, bajito, como si tuviera miedo de romper el
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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.