El Triángulo de la Cuchilla
7 minEl Triángulo de la Cuchilla
La madrugada se arrastraba por las calles de La Cuchilla como una serpiente de humo, pegándose a los muros de las casas antiguas, colándose por las rendijas de las ventanas entreabiertas. En el fondo del barrio, entre el olor a café recién tostado y el eco lejano de un moto-taxi, estaba la casa de Mariana. No una casa cualquiera: un rincón oscuro, con paredes de adobe que habían visto generaciones de risas, lágrimas y, ahora, lo que se wither por venir.
Ella la tenía preparada desde antes del atardecer. Vino tinto, un par de copas anchas, velas de cera blanca que soltaban un aroma a miel quemada, y una cama de madera vieja, con sábanas de algodón crudo y una manta negra tirada al pie. El aire olía a incienso y a sudor anticipado.
—Vino, sí o sí —dijo Mariana, cuando vio llegar a Diego. No lo miró a los ojos. Se lo dijo mientras se quitaba la blusa, dejando entrever el sostén negro de encaje, con la tira del hombro despegada. Diego, alto, moreno, con las manos anchas y los nudillos marcados por años de trabajar en la carpintería, asintió sin decir nada. Solo se quitó la camisa y se dejó caer en el sofá, con las piernas separadas, la entrepierna ya marcada por el bulto que le hacía el pantalón.
—¿Y la otra? —preguntó, mientras se pasaba la lengua por los labios, seco.
Mariana sonrió. Esa sonrisa que solo tiene cuando sabe que va a ganar.
—Ya viene.
La puerta se abrió sin llave. Camila entró con los zapatos de tacón bajo, una falda ceñida hasta la mitad del muslo y una blusa abierta por el botón de abajo, dejando ver el inicio de los pechos redondos, firmes, que parecían hechos a mano. No era joven, pero tampoco vieja. Tenía esa edad en la que el cuerpo ya sabe lo que quiere y se lo dice con claridad, sin miedo.
—Disculpen la tardanza —dijo Camila, y se quitó los zapatos con un suspiro. Se acercó despacio, como si estuviera caminando sobre una cuerda, y se sentó al lado de Diego, tan cerca que su pierna rozaba la suya.
—No te disculpes —dijo Mariana, acercándose con las copas—. Tú llegas cuando el fuego ya está encendido.
El vino fue el preámbulo. No se tragó de una, sino que se bebió poco a poco, dejando que el alcohol se deslizara por las gargantas como aceite caliente. Diego empezó a acariciar la rodilla de Camila con la punta de los dedos, como si temiera que se le escapara. Ella no lo detuvo. Solo inclinó la cabeza hacia atrás, mostrando el cuello, y dejó que sus uñas, pintadas de rojo oscuro, se hundieran suavemente en el muslo de Mariana.
—¿Te gusta cómo huele? —le preguntó Mariana a Diego, mientras le pasaba la mano por el brazo, subiendo despacio, hasta el hombro, luego al cuello, y finalmente, con la punta del pulgar, le rozaba el labio superior.
—Me huele a que voy a meter la mano en el infierno —respondió Diego, con voz ronca.
—Pues el infierno está frío —dijo Camila—. Y aquí vamos a hacerlo sudar.
Mariana se puso de pie, lentamente, como si bailara un tango antiguo. Se desabrochó la falda, dejándola caer al suelo sin prisa. Underneath, solo una tanga de seda negra, que se ajustaba al culo redondo, firme, con esas curvas que solo da el parto y la vida bien vivida. Se acercó a Diego, se sentó en su regazo, y se inclinó hacia atrás, apoyándose en sus manos. Su culo quedó justo sobre su entrepierna, rozando el pito que ya estaba duro, hinchado, pegado al pantalón.
—Mírame —le dijo Camila, con voz baja—. ¿Lo ves? ¿Lo sientes?
Diego asintió. Con la mano izquierda, agarró la cintura de Mariana, la apretó contra él, y con la derecha, se metió la mano bajo el pantalón de Camila, que ya se había levantado la falda, dejando su culito al aire, tibio, húmedo. La penetró de una vez, con dos dedos, hasta la falange. Ella soltó un gemido bajo, ahogado, como si estuviera conteniéndose.
—Aún no —dijo Mariana—. No tan rápido.
Se puso de pie, se quitó el sostén, y se acercó a Diego. Con una mano, desabrochó su pantalón. El pito le saltó fuera, grueso, derecho, con la cabeza rosada, húmeda. Se inclinó, lo tomó con la mano, lo frotó contra sus labios, lo frotó contra los pechos que ahora estaban al descubierto, y luego, con una sonrisa perversa, lo metió en su boca.
—Mamá —dijo, con la voz apagada, mientras lo chupaba despacio, con la lengua enrollada alrededor del glande.
Diego cerró los ojos. Camila, al otro lado, se pasó la mano por el pelo, se inclinó hacia adelante y empezó a tocar su propio clítoris, apretado, hinchado, como una nuez pequeña y dura.
—Toca tu pito —le dijo Mariana, sin soltar el pito de Diego, con la voz pastosa.
Camila sonrió. Se metió dos dedos en la boca, los chupó, los lubrificó con su saliva, y luego se los metió en el coño, entreabriendo los labios con la otra mano. Se movió despacio, arriba y abajo, con los ojos cerrados, la cabeza inclinada hacia atrás, los dientes apretados, los pechos subiendo y bajando con cada respiración.
—Está rico —murmuró.
—Dile que quiere más —dijo Mariana, mientras soltaba el pito de Diego y se ponía de rodillas entre sus piernas.
Se inclinó, puso su boca sobre la entrepierna de Diego, y lo lamió todo: el escroto, los cojones, el pene entero, desde la base hasta la punta, como si lo estuviera lavando con la lengua. Lo chupó con fuerza, con ganas, hasta que Diego soltó un gruñido, un sonido gutural, animal.
—Me va a estallar —dijo Diego.
—Que explote —dijo Camila, sin dejar de mover los dedos en su propio coño.
Mariana se levantó, se quitó el tanga, y se puso encima de Diego, con las piernas a los lados. Lo miró a los ojos y se bajó lentamente, hasta que el pito la rozó. Se detuvo un segundo, con los dedos clavados en sus hombros, y luego bajó todo, hasta el fondo. Diego soltó un grito.
—¡Joder! —dijo, con la cabeza hacia atrás, los dientes apretados.
Camila se acercó, se puso detrás de Mariana, le separó los labios del coño con los dedos, y se inclinó a besar su espalda, luego su cuello, y finalmente, con la lengua, le rozó el ombligo. Luego, bajó la mano y le metió un dedo en la boca. Mariana lo chupó, como si fuera un chupetón.
—Ahora —dijo Camila.
Mariana empezó a subir y bajar, despacio, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, los pechos colgando, sudorosa. Diego le agarró las caderas, la sujetó, y empezó a meterla con fuerza, con golpes cortos, secos, hasta que ella soltó un grito.
—¡Más! —dijo Camila.
Se puso de pie, se quitó el pantalón y se acercó a Diego. Con la mano, le separó los glúteos, le lubrificó el ano con su saliva, y luego lo empujó con la punta del pito.
—No —dijo Diego.
—Sí —dijo Camila—. Quiero sentir cómo te entra.
Diego cerró los ojos. Aceptó. Camila lo empujó dentro, poco a poco, hasta que los cojones le rozaron el perineo. Él soltó un grito ahogado.
—¡Mierda! —dijo.
Mariana, que ya estaba arriba otra vez, se inclinó hacia atrás y empezó a chuparle los pezones a Camila, mientras Diego empezaba a empujar a Camila, y ella a moverse sobre Mariana.
El trio era una máquina bien engrasada: la respiración entrecortada, los gemidos entrelazados, los cuerpos sudados, pegados, moviéndose como una sola cosa. Diego empujaba a Camila con fuerza, mientras Mariana le chupaba los pechos y le mordía el cuello. Camila, con la cabeza hacia atrás, se dejaba llevar, con los ojos vidriosos, la boca entreabierta.
—Estoy por explotar —dijo Diego.
—Que explote —dijeron las dos a la vez.
Él se corrió primero. Un chorro caliente, espeso, que le llenó el culo a Camila, y le salió por la
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