El Tren que No Paró en Guadalajara
6 minEl Tren que No Paró en Guadalajara
Me subí al tren con la ropa still sudorosa del aeropuerto, los tacones duros de caminar entre terminales, y el olor a perfume barato y café malo pegado a la piel. Había perdido mi vuelo a León por una tontería de horario: me creí en tiempo, me quedé charlando con un tipo alto de camiseta negra y tatuajes de dragones en los antebrazos en la cafetería del aeropuerto, y cuando lo vi de nuevo en la taquilla del tren, me di cuenta de que tenía su número en el celular, sin saber cómo ni cuándo se metió ahí.
—Oye, ¿tú también vas hasta Querétaro? —me preguntó, y su voz sonaba como el ruido del tren cuando aún no arrancaba, una mezcla de ruido y calma.
—Sí —dije—, pero me bajo en Guadalajara.
—Ah —hizo una pausa, me miró de pies a cabeza, y soltó una risa baja—. Chingao, qué buena pinta tienes.
Me sonrojé, pero no bajé la vista. En vez de eso, le devolví la mirada, derecha, con la lengua entre los dientes, como cuando uno sabe que algo va a pasar y ya no le da miedo.
El tren arrancó con un tranco seco y yo me senté junto a él, en la ventanilla del lado de afuera, donde el sol castigaba más. Se llamaba Raúl. Era de Tijuana, trabajaba en logística, viajaba mucho, y tenía las manos callosas de sostener herramientas y el cuello bronceado por las horas en caminos de tierra.
—¿Quieres algo de beber? —me preguntó.
—Agua, por favor.
Sacó una botella pequeña de su mochila, la abrió, y me la pasó. Nos tocamos los dedos. Una fricción breve, pero me subió un escalofrío por la columna.
—¿Te gusta viajar? —me preguntó.
—Sí —dije—. Me encanta que el mundo se mueva mientras yo me dejo llevar.
—A mí también. Pero a veces me cansa. Que todo sea tan rápido.
—Entonces te bajas antes —le dije, y le sonreí—. O te bajas cuando ya no quieres estar en ningún lado.
Él se rió, y esa risa me entró por la oreja, me bajó por la garganta, y me hizo sentir algo en la entrepierna.
El tren avanzaba por el desierto, con las plantas de agave pasando como sombras lentas. Raúl se quitó la camiseta y se la dobló para usarla de almohada. Se quedó con una playera gris, pegada al pecho, con los pezones marcados por el sol y el sudor. Me miré las uñas. Me pinté las uñas de negro antes de salir, como siempre. Me sentí visible.
—¿Te importa si me relajo un rato? —me preguntó, tumbándose de lado en el asiento, con una pierna cruzada sobre la otra, dejando ver el borde del corte en el muslo.
—Claro que no —dije—. Pero no me toques, porque si lo haces, no me rindo.
Él me miró con los ojos entrecerrados, y me sonrió.
—Chingada, ¿y si te toco y te rindes igual?
Me acerqué. Me senté en el borde de su asiento, con las rodillas apoyadas en la superficie, y puse mis manos sobre sus muslos. Sentí el calor de su piel, el vello áspero, la musculatura tensa. Le desabroché los pantalones lentamente, sin quitarle la vista de encima.
—¿Estás seguro? —me preguntó, voz baja, gutural.
—Sí —dije—. Pero tú primero.
Él se sentó, se bajó los pantalones hasta las rodillas, y sacó su verga. Grande, tiesa, con la cabeza oscura y húmeda por el pre-culo. Me la mostró, lenta, como si fuera una ofrenda.
—¿La quieres? —me preguntó.
—Sí —dije, y le pasé la lengua por los labios—. Pero no te vas a creer dueño de nada.
Me agarró de la cintura y me tiró hacia él. Me senté sobre su verga, con la punta rozando mi entraña, y me bajé los pantalones cortos. Me sentí mojada. Ya lo estaba. Me bajé un poco más, y la cabeza de su verga se hundió en mí. Me estiré hacia atrás, y él me sostuvo de las nalgas.
—Chingaa, qué bien te sientes —murmuró.
—No te creas —le dije—. Apenas empezamos.
Empecé a moverme. Lento, con las uñas clavadas en sus hombros, con la boca entreabierta, con los ojos cerrados. Él me empujaba con su cadera, me sacaba y me metía, y cada vez que se hundía en mí, sentía el roce de sus pelvis contra mis nalgas.
—¿Quieres que te chupe? —me preguntó, con la voz rota.
—Sí —dije—. Pero no me digas que soy buena. Porque ya lo sé.
Se bajó del asiento, me puso de rodillas frente a él, y me agarró del pelo. Me jaloneó suavemente, sin forzar, y me metió la lengua dentro. Me lamió el clítoris con una intensidad que me hizo gritar. Me chupó hasta que me temblaron las piernas, hasta que sentí su dedo metido en la entrada de mi culo, rozando mi punto G, mientras su lengua me hacía estallar.
—Raúl —le dije—. Chingao, no me hagas eso.
—¿Qué más quieres? —me preguntó.
—Que me lo metas bien. Que me lo metas hasta que no pueda caminar mañana.
Se puso de pie, me tomó de la cintura, y me empujó contra la pared del vagón. Me levantó una pierna y la apoyó en su hombro. Se posicionó atrás de mí, me agarrió de las caderas, y me metió la verga de golpe. Me dio un grito ahogado. Me sentí llena hasta el fondo, con su calor quemándome por dentro.
—Tú maldita —me dijo—. Tú maldita, qué bien me coges.
Me dio una palmada en la nalga izquierda, fuerte, y luego otra en la derecha. Me golpeó con fuerza, pero no con rabia. Con deseo. Con necesidad.
Me cogió con fuerza, con ganas, con la boca pegada a mi oreja, repitiendo palabras sucias en voz baja: “chinga tu madre, qué rico estás”, “no te detengas, no te detengas”, “te voy a hacer gritar hasta que el tren se pare”.
Y cuando me llegó el orgasmo, fue como una descarga eléctrica. Me encogí, me apreté, y sentí su verga palpitando dentro de mí, mientras él me sujetaba con fuerza y se corrió, con un grito que casi no se escuchó por el ruido del tren.
Se desplomó sobre mí, con su cabeza en mi hombro, con el aliento caliente en mi cuello.
—¿Y ahora qué hacemos? —le pregunté.
—Nos bajamos en Guadalajara —dijo—. Y si te da ganas de regresar, me buscas.
—No —le dije—. Yo regreso cuando quiero. Tú vienes conmigo.
Él se rió, me besó en la nuca, y me dijo:
—Chingada, tú sí que eres viajera.
El tren entró a la estación con un chirrido metálico. Nos reacomodamos con calma. Él se subió los pantalones, me pasó un pañuelo para que me limpiara, y me dijo:
—¿Te paso a recoger otro día?
—Sí —le dije—. Pero no me digas dónde vas. A mí me gusta sorprenderme.
Me bajé del tren con las piernas temblorosas, con la verga de Raúl still latiéndome dentro de la memoria, con el olor a sudor y sal en la piel.
Y mientras caminaba hacia la salida, con los tacones sonando en el piso de mármol, supe que volvería a subirme a ese tren. Porque en Guadalajara, los trenes no siempre siguen el horario. A veces se quedan. A veces se van cuando tú ya no quieres. Y a veces, solo esperan.
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