El tren que no paró en Guadalajara
6 minEl tren que no paró en Guadalajara
La luz del atardecer se deshacía en cintas doradas sobre los ventanales del tren que partía de Querétaro con destino a León. Clara ajustó su bolso en el compartimiento superior, sus dedos rozando el cuero gastado con familiaridad. Llevaba puesta una blusa blanca abierta sobre una camiseta negra ceñida, y los pantalones cortos de lino color crema dejaban al descubierto piernas bronceadas por el sol de la ciudad. Se sentó junto a la ventana, cerró los ojos un instante y dejó que el traqueteo suave del tren le acariciara la espalda.
—¿Te importa si me sentó aquí? —la voz era grave, cálida, con un dejo de risa contenida.
Clara abrió los ojos. Él estaba de pie en el pasillo, con una mochila deportiva en una mano y una botella de agua en la otra. Alto, moreno, cabello castaño corto y despeinado por el viento, ojos oscuros que parecían tener ya conocimiento del mundo. Usaba un pantalón de mezclilla clara y una camisa manga corta, abotonada hasta el tercer botón, que dejaba entrever una cadena de plata con un pequeño colgante en forma de luna creciente.
—No, claro que no —respondió Clara, sonriendo con naturalidad—. Este tren siempre huele a café barato y aire acondicionado viejo. Casi mejor que olor a perfume.
Él soltó una risa baja, se sentó a su lado y puso la botella en el reposabrazos.
—Andrés —se presentó, extendiendo la mano.
—Clara.
Su apretón fue firme, breve, pero suficiente para que Clara notara la textura de sus nudillos, la calidez de su piel. No hubo recelo, ni esfuerzo por impresionar. Solo un intercambio sencillo entre dos personas que sabían que el tiempo viaja distinto cuando estás lejos de casa.
—¿Vas a León por trabajo o por placer? —preguntó él, girando ligeramente el cuerpo hacia ella.
—Un poco de los dos. Tengo una amiga que se casa el domingo. Tú?
—Voy a visitar a mi hermana. Me dejó en la estación de Guadalajara una botella de mezcal y un mensaje: “Que no se te olvide probarlo antes de que se acabe”.
Clara rió, inclinándose un poco hacia adelante, los codos sobre las rodillas, los cabellos cayendo sobre una mejilla.
—¿Y si te la bebes antes de llegar a Guadalajara?
—Esa es la idea —dijo él, y sus ojos se fijaron en ella un segundo más de lo necesario—. ¿Te gusta el mezcal?
—Me encanta. Pero prefiero el tequila —corrigió con una sonrisa pícara—. El mezcal me da ganas de abrazar árboles.
—Entonces te recomiendo este: es de la región de Atotonilco. Ahumado, pero con notas de fruta. Si te gusta el mango, te va a gustar.
—¿Te paso mi botella de tequila si no te gusta? —ofreció ella, sacando una pequeña garrafa de cristal del bolso.
—¿Tequila artesanal? —Andrés la miró con verdadero interés—. ¿De quién es?
—De un tío lejano. Se llama Don Amado. Dice que si no te duele el hígado al tercer trago, no está bien hecho.
Andrés soltó una risa fuerte, que llamó la atención de algunos pasajeros, pero a él no le importaba.
—Me encanta la gente que confía en el hígado.
El tren avanzaba por el valle, los campos de maíz y agave desfilaban lentos bajo el cielo teñido de naranja y violeta. Hablaron de cosas sencillas: libros leídos en viajes, canciones que no se cansaban de escuchar, recuerdos de infancia en ciudades pequeñas. Clara descubrió que Andrés había vivido en Oaxaca, en Guanajuato, en Morelia; que le gustaba pintar acuarelas, aunque nunca mostraba sus obras. Él, a su vez, notó que Clara tenía una risa contagiosa, que hablaba con las manos, y que cuando se concentraba en algo, fruncía ligeramente el ceño sin perder la sonrisa.
—¿Sabes qué me llama la atención? —dijo él, de pronto—. Que no has mirado ni una vez el celular desde que subí.
Clara se encogió de hombros, jugueteando con la correa de su bolso.
—A veces me aburre más lo que hay en la pantalla que lo que pasa en la vida real.
—Buenas palabras —asintió él, y la mirada de Clara se quedó clavada en sus labios un instante.
El tren se detuvo con un suave chirrido. Clara miró por la ventana.
—Guadalajara —murmuró—. Aunque este tren no para aquí.
—No, no para —confesó él—. Pero me gusta que pase.
Clara giró la cabeza lentamente hacia él. La luz del atardecer le acariciaba el rostro, iluminando las pecas en las mejillas, el brillo de sus ojos. Andrés no se apartó. La mano que tenía apoyada en el reposabrazos se movió con lentitud, rozando apenas la de ella. Una yema de su pulgar pasó por el dorso de su mano, como si leyera una brisa invisible.
—¿Te importa si te toco? —preguntó él, voz baja, con ese tono que no pide permiso, sino que lo ofrece.
Clara tragó saliva. No hubo duda, ni vacilación. Solo el instante en que su pulgar se entrelazó con el de él.
—Depende —respondió—. ¿Vas a tocar bien?
Él sonrió, y en esa sonrisa había algo antiguo y nuevo a la vez.
—Te lo voy a demostrar.
Su mano se levantó con suavidad, acarició la curva de su mandíbula, bajó por el cuello, rozó el borde de su blusa abierta. Clara cerró los ojos. Sintió el calor de sus dedos sobre la piel, el roce de su pulgar en la clavícula, la presión suave que no exigía, solo exploraba. El tren sigue adelante, sin detenerse, como si supiera que algo importante está ocurriendo en su interior.
—¿Te gustan los hombres? —preguntó Clara, sin abrir los ojos, como si ya lo supiera, como si la pregunta fuera solo una forma de confirmar lo que su cuerpo ya sabía.
—Me gustas tú —respondió él—. No importa de qué lado del arcoíris estés. Me gustas porque eres Clara. Por cómo te mueves. Por cómo hablas cuando te emocionas. Por cómo oloras a limón y tierra mojada.
Clara abrió los ojos. Lo miró fijamente. Y entonces, sin prisa, sin tiento, puso su mano sobre la suya, la llevó hasta su pecho, donde su corazón latía con fuerza, pero sin miedo.
—Entonces —susurró—. ¿Qué vamos a hacer cuando lleguemos a León?
—Te invito a un mezcal —dijo él—. Y si te gusta, te invito a otro. Y si te gustan los dos, te invito a subirte a mi motocicleta y vamos a comer tacos al pastor en un lugar que solo conocen los que saben mirar.
Clara rió, esta vez con el cuerpo entero, y se inclinó hacia él. Sus labios se encontraron antes de que ella supiera si era su idea o la de él. Pero no importó. Porque el beso fue como el primer trago de un mezcal bien hecho: fuerte, cálido, con un afterglow que duraba.
Ella pasó la lengua por su labio inferior, él acarició su nuca, y el tren siguió avanzando, como si el mundo entero fuera un viaje que no quería terminar.
Cuando se separaron, Andrés puso su frente contra la de ella, respirando su aliento.
—¿Tienes plan para la noche? —preguntó, voz ronca.
—Depende —dijo Clara, y esta vez fue ella quien rozó su mejilla—. ¿Vas a hacer bien el amor?
Él la miró, y en sus ojos no había promesas vacías, solo una verdad clara y simple.
—Te lo voy a demostrar.
Y el tren siguió su curso, sin detenerse, sin pedir permiso, como el corazón de Clara, que ahora latía al ritmo de un destino que no necesitaba nombre.
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