El Tren de las Tres y Media
7 minEl Tren de las Tres y Media
La estación de Medellín olía a café recién hecho, gasolina y sudor de gente apresurada. Mariana, con su falda corta de lunares y los pies descalzos dentro de sandalias de cuero, esperaba en el andén número tres con un café en mano y el celular en el otro. Tenía veintinueve años, piel morena clara como panela disuelta, cabello crespo recogido en un nudo alto que apenas sostenía el peso de su impaciencia. Venía de una reunión de trabajo en la zona G de Bogotá y el tren Express del Valle la llevaría a su casa, en Envigado, en treinta minutos.
Llegó un tren pequeño, pintado de blanco y azul, con asientos de tercera clase y ventanas que se abrían con manivela. Mariana subió, buscó un asiento al fondo, junto a la ventanilla, y justo cuando se acomodaba, entró él.
Era alto, de hombros anchos, con una camiseta negra que le quedaba apretada en el pecho y los brazos cubiertos de tatuajes geométricos en negro. Tenía la piel oscura, casi negra, de un negro que brillaba bajo la luz tenue del tren, y los ojos claros, casi dorados, como si llevara luz propia dentro del cuerpo. Se llamaba Amadou, según la pegatina de su tarjeta de transporte que se le cayó al sentarse. Senegalés, de passage en Colombia desde hacía dos años, trabajando como técnico en un taller de motos en El Poblado.
Mariana no lo notó al principio, pero cuando el tren arrancó con un chasquido metálico y una vibración leve, él le dedicó una mirada larga, de esas que no se pierden. Ella, con la punta de la lengua entre los dientes, devolvió la mirada sin miedo, con esa seguridad que da el hecho de haberse mirado mil veces al espejo y saber que lo que ve es bueno.
—¿También va a Envigado? —preguntó Amadou en un español con acento suave, casi musical, sin exagerar las palabras.
—Sí —respondió Mariana, con voz baja, de esas que se usan cuando se quiere escuchar bien—. ¿Y vos?
—Yo también. Tardamos veinte minutos más o menos.
El tren avanzaba por los Andes, entre viñedos pequeños y casas apretadas, con la brisa entrando por la ventanilla abierta de Mariana. El aire movía una hebra de su cabello y le acariciaba el cuello. Amadou la miraba de reojo, con los dedos apoyados en el respaldo del asiento de al lado, como si quisiera tocarlo pero no se atreviera. Ella lo notó, y le sonrió.
—¿Vienes de Bogotá? —preguntó él.
—Sí, una reunión aburrida. Pero el café del hotel era una chimba.
Amadou soltó una risita suave, baja, de pecho.
—Yo también estuve en Bogotá hace dos semanas. En el hotel de la carrera 13. Tiene un bar que pone ron con frutas, rico de verga.
—Ah, ¿sí? —Mariana se inclinó un poco hacia adelante, como si quisiera acercarse más, pero sin romper el juego. —¿Y qué tal te fue?
—Bueno… —dijo él, mirándola de soslayo—. Conocí a una mujer. Tenía labios grandes, como los tuyos. Y una cintura fina que parecía que se iba a romper si la abrazabas muy fuerte.
Ella se rindió a la sonrisa. No era vanidad, era certeza.
—¿Y qué pasó?
—Nada —dijo él, encogiéndose de hombros—. Me dijo que no le gustaba la gente que hablaba mucho. Que prefería hacer.
Mariana se mordió el labio inferior. Le gustaba cómo lo decía, como si cada palabra fuera un beso que se daba a sí misma.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije: “Entonces no te digo nada. Solo te miro y espero que me invites a tu cuarto”.
Ella se rio, y esta vez no intentó ocultarlo. Una risa larga, que le subió por el cuello y le hizo temblar los hombros.
—Eres un pendejo.
—Sí, pero un pendejo que te mira como si fuera a robarte el aliento.
Mariana bajó la mirada un segundo, y cuando la volvió a subir, Amadou ya tenía la mano en el asiento de al lado. No la tocó, solo la dejó allí, palma arriba, como una invitación. Ella dudó un instante, con el corazón latiendo en la garganta, y luego puso su mano sobre la suya.
La piel de él era cálida, ligeramente rugosa por el trabajo con las motos, y su pulgar rozó el dorso de su mano, lento, como si estuviera leyendo algo invisible. Ella sintió un cosquilleo que subió por el brazo y le recorrió la espalda.
—¿Te gusta el tren? —susurró Amadou.
—Sí. Es lento, pero tiene movimiento.
—Como nosotros.
Ella asintió, sin soltar su mano. El tren dio un leve tamborileo al pasar por un cruce de vías, y su cuerpo se inclinó hacia él. Él la tomó por la cintura con la otra mano, suave, sin presión, solo para sostenerla.
—¿Tienes miedo? —preguntó ella.
—No. Soy hombre. No tengo miedo de lo que siento.
—Yo sí —dijo ella—. Tengo miedo de querer esto demasiado.
—Entonces no lo quieras —dijo él—. Solo sácalo.
Y la besó.
No fue un beso de despedida, ni de deseo apresurado. Fue un beso lento, profundo, con lengua y dientes y respiraciones entrecortadas. Ella sintió el sabor a café y a sal en su boca, y él olió su perfume de vainilla y humedad. Sus manos se movieron solas: la de él subió por su espalda hasta el nudo del cabello, y la de ella se enredó en su camiseta, jalándolo más cerca. Él se levantó un poco del asiento para acercarse, y ella se puso de pie, equilibrándose con una mano en su hombro.
El tren entró en un túnel, y la luz desapareció. Solo quedaron sus respiraciones y el roce de sus cuerpos. Amadou la apretó contra su pecho, y ella sintió el calor de su virilidad a través de los dos pantalones. No era urgente, pero era presente, tangible. Ella se pegó más, con las caderas hacia atrás, buscando el rozamiento, y él gimió, bajo, casi inaudible.
—¿Quieres ir al baño? —le dijo al oído.
Ella asintió, sin soltarlo.
El baño del tren era pequeño, con espejo roto y un inodoro viejo. Amadou cerró la puerta con el pestillo y la puso de espaldas contra la pared, con las manos a los lados. Ella le desabrochó el cinturón con una sola mano, mientras con la otra le acariciaba el pene a través del pantalón. Él jadeó.
—Te voy a comer —dijo Mariana, con la voz ronca.
—Sí —susurró él—. Pero primero… quiero verte.
Le quitó la blusa, con lentitud, como si cada botón fuera una promesa. Luego la falda, y por último las tanga de encaje negro. Ella se quedó allí, con los pechos grandes y firmes, los pezones tiesos, y el vello oscuro y crespo sobre el pubis, humedecido ya por la anticipación.
Amadou la miró un largo rato, con los ojos entreabiertos, la respiración cortada. Luego se arrodilló, sin soltarla, y le apartó las piernas con las manos. Le besó el clítoris, lento, y ella se estremeció como si la hubieran golpeado con un trueno. Él repitió, con la lengua firme, golpeando suave, y ella lo apretó por la cabeza, como si quisiera hundirlo más adentro.
—Estás rico —murmuró—. Tú eres rico.
Él se levantó, se desabrochó el pantalón, y sacó su pito grande, grueso, de color oscuro, con la punta humedecida por el preseminal. Mariana lo sostuvo con una mano, lo acarició desde la base hasta la cabeza, y lo olfateó: sudor, jabón, su olor. Le lamió la punta, y él se estremeció.
—Voy a entrar —dijo él.
—Sí —susurró ella—. Hazlo.
Él la tomó de la cintura, la levantó un poco, y la metió en el inodoro. Ella se agarró de sus hombros, con las uñas clavadas, y él la penetró con un solo movimiento, lento, hasta la raíz. Ella soltó un grito ahogado, con los ojos cerrados.
—Mierda… —dijo él.
—Sí, di mierda —respondió ella—. Porque esto es una mierda buena.
Él comenzó a moverse, con movimientos cortos, profundos, golpeándole el fondo, y ella se dejó llevar, con la cabeza contra su hombro, los dientes en su cuello. El tren pasó por otra curva, y su cuerpo se balanceó, pero
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Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.