El trato en la terraza
Yo nunca creí que algo así me pasaría. No porque no quiera, sino porque en mi vida todo ha sido tan ordenado, tan controlado, que jamás imaginé que un viernes cualquiera, tomando cerveza en la terraza de un departamento en Condesa, terminaría viendo cómo mi vieja se chingaba a otro en frente de mí, mientras yo, con el corazón en la garganta, le lamía los pies a una tipa que apenas conocía.
Nosotros, mi vieja y yo, llevamos como siete años juntos. Ella es de Guadalajara, bajita, morena, con un culito prieto que se le marca hasta en la playera. Yo soy de aquí, DF por los huesos, y aunque no soy de andar presumiendo, la verdad es que tengo buena pinta: cuerpo de gimnasio, barba de tres días, y una verga que, según ella, “no la deja dormir tranquila”. Hace como un año, un par de amigos nos invitaron a una fiesta en un penthouse de Polanco. No dijeron mucho, solo que era “algo diferente”. Cuando llegamos, nos dieron una copa de vino y nos dijeron: “acá todos juegan, pero solo si quieren”.
Al principio no entendí. Había parejas sentadas en sillones, riendo, tomándose de la mano… pero también vi a una tipa dándole mamadas a un tipo en medio de la sala, sin pena, como si fuera lo más normal. Mi vieja me apretó la mano. “¿Te late?”, me dijo. “No sé, ¿y si no?”, le respondí. “Pues no haces, pero mira”, y señaló con la barbilla a una pareja que se besaba lento, mientras él le metía un dedo a ella por detrás, sin dejar de reír.
Esa noche no hicimos nada, pero la semilla ya estaba. Empezamos a hablar del tema en la cama, a desnudarnos más lento, a imaginar. Hasta que un día ella me dijo: “¿Y si invitamos a alguien? A ver qué onda”. Yo me paralicé. “¿A quién? ¿Aquí? ¿Ahora?”. Ella se rio. “No seas gallina. Podemos ir a un lugar, o invitar a alguien a casa. A ver qué tan lejos queremos llegar”.
Así fue como conocimos a Raúl y a Lety. Nos los presentaron en una cena. Él, alto, piel canela, con un tatuaje de una serpiente que le subía por el brazo izquierdo hasta el cuello. Ella, delgada, pelo negro hasta los hombros, con unos ojos verdes que brillaban cuando hablaba. Nos cayó bien desde el principio. Charlamos de cine, de viajes, de política… y después, ya con unas copas encima, de sexo. “Nos gusta compartir”, dijo Raúl, sin vergüenza. “No por desesperación, sino porque nos encanta ver a Lety con otro, o verme yo con alguien nuevo”. “Y a mí me encanta verlo a él”, agregó ella, “sobre todo cuando le gusta”.
Un mes después, quedamos en vernos en su departamento. Terraza con jacuzzi, luces tenues, música de jazz suave de fondo. Nosotros llegamos con una botella de mezcal. Ellos, con ganas. No hubo preámbulos. “¿Quieren meterse al jacuzzi?”, preguntó Lety. Nos quitamos la ropa sin ceremonias. Yo vi a Raúl desnudo por primera vez. Verga larga, no muy gruesa, pero bien formada, con los huevos bajos. Él me miró a mí, y asintió. “Buena pinta traes”, dijo. Yo me reí. “Gracias, tú también”.
Lety se acercó a mi vieja y le dio un beso en la boca, lento, profundo. Mi vieja, que nunca había besado a una mujer, se dejó llevar. Yo las vi, hipnotizado. Lety le bajó la mano por la espalda, hasta agarrarle una nalguita prieta. “Qué rico”, dijo. Mi vieja se sonrojó, pero no se apartó. Raúl me pasó un trago. “¿Quieres ver cómo se chingan?”, me dijo. “O prefieres entrar tú primero”. “No sé”, le dije, “quiero ver a mi vieja… pero también quiero tocarte”. Él sonrió. “Toda la noche es larga, carnal”.
Nos sentamos en el borde del jacuzzi. El agua caliente nos envolvía hasta la cintura. Mi vieja y Lety estaban ya casi desnudas, sentadas en una banca, besándose, tocándose los pechos, las nalgas. Yo no podía despegar la vista. Raúl se acercó a mí, me tomó la mano y me la puso en su verga. “Tócame, si quieres”. La tomé. Dura, caliente, con venas marcadas. “Qué buena verga”, le dije. “Y tú tienes unas nalgas que dan ganas de morder”, respondió.
Entonces pasó. Mi vieja se paró, se quitó el brasier y se subió encima de Lety, sentada en la banca. Empezó a restregarse contra ella, despacio, con los ojos cerrados. Yo me paré, me acerqué, y me arrodillé frente a ellas. Le tomé una nalga a mi vieja con cada mano, separé sus cachetes y le lamí el culo, lento, saboreando. Ella gritó: “¡Sí, cabrón, así!”. Lety le metía un dedo, luego dos, y gemía: “Qué rico tienes, qué prieto”. Yo seguí lamiendo, subiendo hasta su espalda, bajando de nuevo, mientras mi verga palpitaba.
Raúl se acercó por atrás, me abrazó, me mordió el cuello. “¿Te late?”, me dijo al oído. “Sí, cabrón, me late todo”. Me dio vuelta, me besó. Fue raro al principio, pero rico. Tenía sabor a mezcal y a hombre. Me agarró la verga, me la masturbó mientras me besaba. Yo le puse las manos en las nalgas, las apreté. “¿Quieres que te la meta?”, me dijo. “Sí”, le respondí. “Pero quiero ver a mi vieja primero”.
En ese momento, ella se bajó de Lety, se paró frente a Raúl, que estaba sentado en la banca, con la verga tiesa. “¿Puedo?”, le preguntó. “Claro, chula”, dijo él. Y se la metió entera, sin miedo, despacio, como si ya la hubiera hecho mil veces. Yo me quedé viendo cómo se la tragaba, cómo movía las caderas, cómo gemía. Me acerqué, le tomé las nalgas, se las separé y le metí la lengua al culo al mismo tiempo que él le entraba por adelante. Ella gritó: “¡Sí, los dos, los dos!”.
Después, Raúl me dijo: “Ahora tú”. Me sentó en la banca, se arrodilló, y me la chupó como si fuera su oficio. Lety se acercó, me tomó las manos, me las puso en sus tetas. Mi vieja se arrodilló frente a él, le tomó la verga, empezó a chupársela. Todo era un laberinto de lenguas, dedos, gemidos. Al final, me paré, le dije a Raúl: “Quiero cogerte”. Él asintió. Me dio un condón. Me lo puse. Me sentó en la banca, se subió encima, y se sentó sobre mí. Sentí cómo me abría, cómo me recibía. Mi vieja me miraba, con los ojos brillando. “Qué rico te ves”, me dijo. Y yo, con lágrimas en los ojos, le respondí: “Nunca pensé que esto fuera posible”.
Nos quedamos hasta el amanecer, sudados, cansados, felices. No fue un polvo desesperado, ni un acto de rebeldía. Fue un trato entre adultos, con respeto, con ganas, con ternura. Y lo más raro es que, al día siguiente, cuando desperté con mi vieja abrazada a mí, supe que todo estaba bien. Mejor que bien. Que algo se había roto, sí, pero para que algo más grande entrara.
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