El tiempo que se queda a cenar

El tiempo que se queda a cenar

@santiago_vera ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que lo vi, no fue con intención. Fue un lunes de junio, con ese cielo plomizo que pone melancolía en Medellín, y yo, como siempre, sentado en el banco de madera al frente de mi casa en El Poblado, tomando un café humeante mientras el mundo pasaba por delante en su ritmo apresurado. Él llegó caminando por la calle 49, con esa postura que solo tienen los hombres que han aprendido a cargar el mundo sin quejarse. Camisa de algodón holgada, los botones hasta el pecho abierto, los pantalones bien planchados pero sin rigidez, como si ya hubiera vivido demasiadas sudaderas de verano y no les tuviera miedo. Tenía algo más de cincuenta, pero ese algo más no se notaba en la marcha, ni en los hombros, ni en la forma en que se quitó las gafas del puente de la nariz para limpiarlas con la punta de la camisa. Me fijé en sus manos: largas, con nudillos marcados, uñas cortas y limpias, una pequeña cicatriz en el dorso que parecía un trazo de pluma desviado.

—Buenas tardes, vecino —me dijo cuando pasó, con esa voz que no grita pero que se escucha bien, como si hubiera estado acostumbrado a hablar despacio y con claridad, en clases de historia o en recintos silenciosos.

—Buenas —respondí, sin apartar la vista del café, pero sintiendo el peso de su mirada una fracción de segundo más de lo necesario.

Se llamaba Fernando. Lo supe porque al día siguiente, cuando bajé a recoger el periódico, su buzón ya tenía su nombre grabado en latón: *F. M.* —Fernando Montoya—, y una planta de jazmín recién plantada, con tierra oscura alrededor, como si ya le hubiera dado nombre a aquello que aún no le pertenecía.

Nos cruzamos de nuevo al atardecer, cuando el sol se deslizaba por los tejados de las casas vecinas y lo convertía en un reflejo dorado sobre el asfalto. Él llevaba una bolsa de papel marrón, del mercado, y yo estaba cargando dos botellas de aguardiente antioqueño, porque se venía una lluvia ligera y la madera del porche huele mejor cuando se humedece despacio.

—¿Va a llover fuerte? —preguntó, deteniéndose.

—Solo una caricia —dije, y me sonreí por la tontería, pero él asintió como si yo le hubiera dado una respuesta seria.

—A mí también me gusta cuando llueve despacio —dijo—. Es que el tiempo se queda a cenar.

Y así fue como empezó. No con un beso, ni con una palabra de más, sino con una frase que yo no olvidaré jamás.

Los días siguientes, nos saludamos con más frecuencia. A veces me dejaba una manzana madura en el borde del banco; otras, un libro de pasta blanda, con el título borrado por el tiempo: *El ruido de las cosas al caer*. Lo devolví con una nota escrita a mano, con tinta azul: *Muy bonito. Pero el ruido no es lo que más duele. A veces, el silencio sí sabe a sal*.

Él respondió al día siguiente con una taza de café en mi puerta, con leche y dos cucharadas de azúcar, como a mí me gusta. Y una pregunta escrita en una servilleta: *¿Y qué duele más, entonces?*

No le contesté con palabras. Le contesté con presencia. Comencé a sentarme en el banco diez minutos antes de que él pasara, con un libro abierto, pero sin leer. Lo miraba acercarse, la forma en que su sombra se alargaba sobre el pavimento, la forma en que sus ojos —marrones, con un brillo de miel vieja— se encontraban con los míos. No era una mirada de conquista. Era una mirada de reconocimiento. Como si ya nos hubiéramos cruzado en otra vida y él supiera que yo tenía una cicatriz detrás de la oreja izquierda, que no se ve a menos que me incline.

Una tarde, cuando la lluvia ya no era una caricia sino un abrazo, me refugié en su porche. Él no me dijo nada, solo abrió la puerta y me hizo una seña con la cabeza. Entré. El ambiente huele a madera envejecida, a tabaco seco y a café recién hecho. En la pared, un reloj de péndulo marcaba las 5:47.

—¿Te importa? —pregunté.

—No. En absoluto —dijo, y me pasó una toalla seca.

Nos sentamos frente a frente en el sofá de cuero, con las piernas cruzadas, las manos sobre las rodillas. La lluvia golpeaba suavemente el techo, como si también estuviera conteniendo la respiración.

—¿Por qué nunca te he visto trabajar? —pregunté.

—Porque no trabajo de día —respondió, con una sonrisa leve—. Soy profesor. De literatura. Pero hoy no hay clase.

—¿Y qué haces los días que no hay clase?

—Espero —dijo.

—¿A qué?

—A que alguien se siente en mi banco. A que alguien me mire sin pedir nada. A que alguien se quede cuando la lluvia empieza a sonar como una canción que ya conoce.

Me acerqué. No fue rápido. Fue lento, como si el aire se hubiera vuelto denso, como si cada centímetro contara. Mis dedos tocaron la piel de su muñeca, y sentí el latido, rápido pero estable, como un reloj bien cuerdado. No se movió. Solo me miró, y en sus ojos no había duda, ni ansiedad, ni apuro. Había aceptación. Había confianza.

—¿Te importa si me quito la camisa? —me preguntó.

—No —susurré—. Me encanta verte.

Esa fue la primera vez que le dije *me encanta verte*, y no me avergoncé. Porque no era una frase de deseo, sino de admiración. De reconocimiento. De gratitud por estar ahí, en ese momento, en ese porche, con él, con la lluvia, con el tiempo que se había quedado a cenar.

Se quitó la camisa despacio. No para exhibir, sino para revelar. Sus hombros tenían esa curva que solo da el trabajo con las manos, con el tiempo, con la vida. El pecho no era terso, pero tenía una textura hermosa: piel dorada, con vellosos finos, una línea oscura que bajaba hacia el ombligo y desaparecía bajo el borde de los pantalones. No me atreví a tocarlo de inmediato. Solo pasé el dedo por el borde de una cicatriz antigua, casi invisible, en la clavícula.

—Caí de un árbol —dijo, como leyéndome—. Tenía diecisiete. Me rompí la clavícula, pero no me dolía tanto como el miedo a que mi padre me obligara a quedarme en casa una semana.

—¿Y qué hiciste? —pregunté.

—Me bajé del árbol. Me lavé la sangre con agua fría. Y fui a clases.

Me reí. Él también. Y entonces, sin que nadie lo dijera, sin que nadie lo ordenara, nos inclinamos al mismo tiempo. Nuestros labios se encontraron, no como un encuentro, sino como un regreso. Su boca era cálida, con sabor a café y a humedad. Sus manos subieron por mi espalda, largas, firmes, como si ya conocieran cada vértebra.

—¿Te importa si te quito los pantalones? —me preguntó, rompiendo el silencio que había quedado después del beso.

—No —dije—. Me encanta verte.

Y así fue. No hubo apuro. No hubo exigencia. Solo manos que exploraban con calma, solo respiraciones que se entrelazaban, solo piel que se acostumbraba a la piel del otro. Él se arrodilló frente a mí, y cuando sus dedos desabrocharon la bragueta, no fue con precipitación, sino con una reverencia antigua, como si estuviera abriendo una puerta que había estado cerrada por años.

—¿Te gusta así? —preguntó, y sus ojos estaban fijos en los míos, no en mi pito, no en mi cuerpo. En mis ojos.

—Sí —susurré—. Me gusta que me preguntes.

Me tomó la mano y me la puso sobre su muslo. Sentí el calor, la tensión, la vida. No era un cuerpo joven, pero era un cuerpo que sabía vivir. Que sabía esperar. Que sabía sentir.

—¿Te parece si seguimos? —preguntó, y en su voz había una pregunta, sí, pero también una invitación.

—Sí —dije, y esta vez no fue un susurro. Fue una promesa.

Y así seguimos. Con calma. Con dignidad. Con ese erotismo maduro que no grita, que no exige, que se instala en el cuerpo como una costumbre antigua, como una costumbre buena. Él me tomó por la cintura, me guió hacia la cama, y cuando por fin nos acostamos, no fue con prisa, sino con un silencio que decía más que mil palabras.

No hubo gritos. Solo gemidos bajos, como si cada sonido fuera una confesión. Él me m

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