El tiempo entre los dedos
4 minEl tiempo entre los dedos
La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del apartamento del quinto piso, un ritmo constante que hacía parecer que el mundo se detenía. Elena, de pie frente al espejo del baño, se desabrochaba lentamente la blusa de seda color caoba. Cada botón era una decisión, cada desliz de los dedos una promesa tácita. El aire olía a humedad y a jabón de vainilla, y su piel, aún húmeda de la ducha reciente, brillaba con una ligera capa de aceite floral.
En la cama, con las sábanas de algodón egipcio desordenadas como pensamientos desordenados, estaba Mateo. No esperaba que viniera. Había hablado solo de pasillo esa tarde, en la oficina, entre el sonido de las impresoras y las risas forzadas de los compañeros: —¿Te apetece un café después? Elena había negado con la cabeza, pero sus ojos no lo habían hecho. —Oye, si necesitas algo… sabes dónde estoy.
No era cierto. No del todo. Pero sí lo era, en lo más hondo: él sabía.
Ahora, sentado en el borde de la cama, con los muslos separados apenas, las manos apoyadas sobre las rodillas, Mateo la miraba sin prisa. No era un hombre de gestos grandes ni palabras grandiosas. Tenía los hombros anchos, las muñecas gruesas de quien trabaja con las manos —carpintero, le había dicho una vez—, y una cicatriz casi invisible en la frente, de una caída de bicicleta a los doce años.
Elena se acercó. El sonido de sus pies descalzos sobre el suelo de madera resonaba como latidos. Se detuvo frente a él, entre sus piernas, y por primera vez no bajó la mirada. Lo miró a los ojos mientras desabrochaba su propio pantalón. No era una invitación, ni una rendición: era un acto de elección, tan claro como el agua que still goteaba del cabello.
—¿Te acuerdas de aquella vez? —preguntó ella, mientras sus dedos rozaban el borde del elástico de su ropa interior. —Claro —respondió Mateo, voz baja, sin prisas—. En la casa de verano. Tú con el traje de baño mojado… y yo con las manos vacías.
Ella sonrió, pero no era una sonrisa de nostalgia. Era una sonrisa de fuego contenido.
Se sentó a su lado, no en el borde ni en el centro, sino justo donde él la quería: entre sus brazos abiertos, pero sin forzar. Él la tomó por la cintura, la piel de sus palmas ásperas por el trabajo, suaves ahora por el cuidado del cuerpo. La giró con suavidad hasta que sus espaldas tocaron su pecho.
—Hoy no hay que esperar más —murmuró él, y la mano que antes sostenía su cadera subió, lentamente, hasta rozar la curva de su pecho. No la apretó, solo la acarició, como si temiera que se disipara como el vapor del café.
Elena inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola en su hombro, y dejó que sus pezones se endurecieran contra la tela fina de su camiseta. Él la ayudó a quitársela, pero no la tiró a un lado. La dejó caer suavemente, como si fuera una hoja de otoño.
—Huelen a vainilla y a ti —dijo él, y la boca de Mateo encontró su cuello, no mordió, solo presionó los labios, lamió con la lengua un trazo fino, como si dibujara una palabra olvidada.
Elena gimió, pero no fue un sonido fuerte. Fue un susurro de piel que se rendía, de músculos que soltaban el peso del día. Él deslizó las manos por su espalda, desabrochó el sostén con un movimiento casi musical, y entonces, por primera vez, la tocó desnuda: las curvas de su cintura, la redondez de sus caderas, los muslos firmes y cálidos.
—Dime qué quieres —susurró él, cuando la llevó hacia atrás, hasta que quedaron acostados, él sobre un lado, ella con la cabeza sobre su brazo.
Ella no respondió con palabras. Se incorporó, se sentó sobre sus muslos, y con los dedos, uno a uno, desabrochó los botones de su camisa. La apartó, dejó ver el pecho anchuroso, el vello oscuro, el ombligo profundo. Luego, con la misma calma, bajó los pantalones y la ropa interior juntos, hasta que quedó libre su pene, tieso y húmedo ya por el deseo contenido.
Elena no lo miró como quien mira un objeto. Lo miró como quien reconoce un idioma antiguo, una música que siempre ha estado allí, solo que nunca antes había tenido permiso para tocarlo.
Se inclinó, lo acarició con la palma, luego con los dedos, sin apuro, como si el tiempo fuera un río que ellos mismos habían contenido con una presa.
—Hoy —dijo ella— quiero que te quedes.
Y cuando él se movió, cuando la tomó por las caderas y la guió hacia sí, no hubo violencia, solo un ajuste perfecto, como dos piezas de un rompecabezas que saben, desde siempre, que encajan.
La lluvia seguía cayendo. La ciudad, al otro lado de las ventanas, seguía funcionando. Pero en ese cuarto, entre el olor a piel y jabón, entre los suspiros contenidos y los movimientos lentos, el tiempo no era horas ni minutos: era la curva de su cuello bajo su boca, era el calor de su vientre cuando él se movía dentro de ella, era el instante en que ella cerró los ojos y dejó que el mundo se disolviera
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