El tacto del aire en la piel de Elisa
4 minEl tacto del aire en la piel de Elisa
Había una pausa en el aire justo antes del amanecer, cuando el mundo aún no decide si volver a dormir o rendirse a la luz. Yo estaba despierto, pero no inquieto. A mi lado, Elisa respiraba con esa cadencia lenta que solo tienen los cuerpos que han encontrado su lugar. No se movía, pero yo sabía que estaba despierta porque, de vez en cuando, sus dedos recorrían el borde de mi omóplato como si leyera un mapa que ya conocía de memoria.
Esa mañana, el calor entraba por la ventana entreabierta, perezoso, como si también tuviera miedo de interrumpir algo sagrado. La luz se deslizaba por su espalda desnuda, dibujando curvas que el día anterior yo había explorado con los labios, con los ojos cerrados, como quien aprende un idioma nuevo a besos. Su piel no era perfecta, y por eso me gustaba más. Una pequeña cicatriz en el hombro izquierdo, marca de una caída de niña, decía que había vivido antes que yo llegara. Y eso me excitaba: que su cuerpo tuviera historias que yo no había presenciado.
—¿Estás mirándome? —preguntó sin abrir los ojos, su voz apenas un hilo de aire.
—Sí —dije—. Como si fuera la primera vez.
Abrió los ojos entonces, lentamente, como si le costara trabajo regresar del sueño. Pero no fue un regreso violento. Fue como si el mundo se acomodara a su vuelta. Me miró con esa mezcla de ternura y desafío que solo ella tiene, como si dijera: *Sabes quién soy, y aun así estás aquí*.
Se sentó sobre la cama, las sábanas resbalaron hasta su cintura, y el aire rozó sus pechos con una familiaridad que me hizo contener el aliento. No eran grandes, pero tenían esa forma que parece hecha para caber en las manos, para ser sostenidos sin apretar, solo para sentir su peso, su temperatura. Pasé los dedos por su costado, desde la cadera hasta el borde del pecho, y ella cerró los ojos de nuevo, no de placer aún, sino de reconocimiento.
—Ayer —dije—, cuando te toqué aquí —y deslicé la yema del dedo por su cadera—, sentí como si estuviera descubriendo algo que siempre había estado oculto.
—¿Y ahora? —preguntó, bajando la voz.
—Ahora quiero descubrirlo otra vez.
Se acostó despacio, boca arriba, y yo me acerqué, no con prisa, sino con la solemnidad de quien sabe que no hay prisa. Mi boca encontró su cuello, luego el valle entre sus pechos, luego el ombligo, donde se detuvo mi lengua como si buscara un centro. Ella arqueó la espalda apenas, apenas, y supe que estaba lista. Pero no seguí. Me detuve. Quería que el deseo creciera sin prisa, como crece el musgo en las piedras, sin que nadie lo note hasta que ya está por todas partes.
—No pares —dijo, pero sin angustia, como si supiera que yo no lo haría.
—No voy a parar —respondí—. Pero quiero que esto dure más que un gemido.
Entonces bajé más, despacio, como si cada centímetro fuera un verso. Su piel sabía a sal y a sueño, a algo antiguo y profundo. Cuando mis labios encontraron su centro, ella soltó un suspiro que no fue largo, pero fue completo, como si todo su cuerpo hubiera esperado ese instante para relajarse. No buscaba el clímax, no aún. Buscaba el ritmo, la cadencia, el punto en que el placer deja de ser individual y se convierte en diálogo.
Sus manos en mi cabello, su respiración que ya no era pareja, sus piernas que se abrían sin pedir permiso, como si ya no hubiera necesidad de pedirlo. Y cuando sentí que estaba cerca, me detuve de nuevo.
—¿Por qué paras? —preguntó, esta vez con una risa quebrada.
—Porque quiero que me pidas que no pare.
Y lo hizo. No con palabras altas, sino con un murmullo, con el cuerpo que se alzaba buscando más, con los ojos que ya no preguntaban, sino exigían.
Entonces volví, lento, preciso, y esta vez no me detuve hasta que su voz se quebró en dos, hasta que su cuerpo tembló como si se deshiciera y volviera a formarse. Y cuando abrió los ojos, supe que no había terminado. Porque el placer no es un punto final. Es una coma. Y la historia, todavía, no había terminado.
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