El Sol en la Palma

El Sol en la Palma

@el_marinero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

Lázaro se despertó con el calor del mediodía pegado a la piel, como una manta húmeda. El aire en el cuarto pequeño, al fondo de la pensión de Belgrano, olía a polvo dorado, a sudor seco y a ese ligero perfume de jabón de glicerina que usaba desde chico —el que le traía su abuela de Resistencia—. La ventana estaba entreabierta, dejando entrar el zumbido de las moscas y el eco lejano de una guitarra que alguien afinaba en la vereda de al lado. Pero Lázaro no escuchaba nada de eso. Estaba quieto, de costado, con una pierna cruzada sobre la otra, la mano izquierda aún apoyada en el muslo, la derecha colgando hacia el colchón, los dedos ligeramente curvados, como si aún sostuviera algo que ya se había ido.

Se había levantado con esa sensación: la punta de la lengua dulce, el estómago vacío y un peso en la entrepierna que no se iba con el café. No era urgencia, no era necesidad. Era una invitación. Una que él, desde hace semanas, venía rechazando con excusas de trabajo, de cansancio, de mala suerte. Pero hoy el sol entraba por la rendija de la persiana, cortando la habitación en dos: luz y sombra, como una cuchilla. Y él, sin moverse, se dejó arrastrar.

Se desabotonó la camiseta de algodón, dejando al descubierto el pecho, el vello oscuro, las pezones que ya se endurecían con el aire tibio. Con la palma de la mano izquierda, lentamente, pasó por su abdomen, sintiendo el estiramiento de la piel, el leve temblor que le subía por la columna. La respiración se le hizo profunda. La exhalaron los pulmones como una nube visible, blanca, que se deshacía en el aire. Entonces, con la mano derecha, se llevó el dedo índice a la boca. Lo lamíó, lento, con la lengua enrollada, y se lo metió hasta la segunda falange. Sabía a sal y a tiempo. Volvió a hacerlo, esta vez con el anular, y mientras lo hacía, cerró los ojos y se dejó llevar.

La mano volvió al muslo, esta vez con más intención. Se deslizó hacia adentro, rozando el borde del short, y se detuvo. Respiró. Volvió a lamírsele el dedo, con más saliva ahora, más calor. Se llevó la mano al bajo vientre, al ombligo, y luego, sin prisas, al borde del short. Lo jaló hacia un lado, dejando al descubierto la entrepierna, la curva de los testículos colgando, pesados, ya húmedos. Se quedó un buen rato mirándolos, como si los viera por primera vez. Los dedos los rozaron, suaves, como si fueran frutas recién cortadas. Luego, con la palma cerrada, los tomó con suavidad, apretándolos un instante, y soltó un gemido que no salió de la boca, sino de la garganta, bajo, gutural, como un gruñido de gato en el fondo de un callejón.

Se inclinó un poco más, apoyando el codo en el colchón, y con la mano derecha, ya lubrificada con su propia saliva, cerró los dedos sobre su pija. La envolvió toda, desde la base hasta la punta, donde la cabeza ya se pintaba de un color más oscuro, más rojizo, como una fruta madura. Movió la mano, lento, con un ritmo que no era mecánico, sino aprendido, como si cada nervio de su cuerpo estuviera contándole cuánto aguantaba, cuánto quería, cuánto le daba miedo darle.

La cabeza le empezó a dar vueltas. No por el aire, no por el calor, sino por la propia sensación. El roce de la piel seca contra la piel sensible, el calor que se multiplicaba con cada estocada, cada subida y bajada. Se llevó la mano libre a la entrepierna, para sostenerse, para ayudar, y se llevó el pulgar a la boca otra vez. Lo chupó. Lo mordisqueó con suavidad, como si fuera un chicle antiguo, y mientras lo hacía, su pija se endureció más, se infló, se puso más gruesa en la base. Sintió que el cuerpo le temblaba, que las rodillas querían doblarse, pero no se soltaba. Se dejó llevar.

Sus ojos se abrieron un poco. Miró su mano, sus dedos, el movimiento. Miró cómo la piel se tensaba, cómo el cuerpo se arqueaba solo, sin que él se lo dijera. Y entonces, sin que lo hubiera planeado, soltó la mano, dejó que la otra subiera hasta su cuello, se enroscara en el pelo, y lo jaló hacia atrás, mientras su pija se estrechaba en la base, se inflaba, y un chorro espeso, blanco, salió con fuerza, pegado al abdomen, a los pelos, a la palma de su mano.

Se quedó así un buen rato. Respirando. Con la cabeza inclinada, los ojos cerrados, la mano aún aferrada a su pija, que ya se relajaba, se encogía, se volvía blanda. El sol, ahora más alto, entraba por la ventana entera, iluminando cada gota de sudor en su pecho, cada arruga en el colchón, cada pelo oscuro en su muslo. Y Lázaro, sin moverse, se dejó llevar por la calma que sigue al torbellino. Porque había estado solo. Pero no solo de verdad. Había estado consigo mismo, con su cuerpo, con sus ganas, con su tiempo. Y eso, en esta ciudad que nunca duerme, era un lujo.

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