El sendero de las manzanas silvestres

@andres_rio ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

El aire olía a tierra mojada y a hojas podridas, pero también a algo más sutil: el aroma del cuerpo de Lucía después de caminar bajo el sol del mediodía, una mezcla de sal, salvia silvestre y un toque de miel que le quedaba en la piel desde la mañana. Había ido a la finca de su amiga Sofía a ayudarla a recoger las manzanas que habían caído del árbol viejo, las que no sirven para comer pero sí para hacer licor, para hacer algo que dure más que la fruta en el suelo.

Sofía no era solo una amiga. Habían sido compañeras de universidad, luego vecinas por años, luego amigas que se encontraban en cafés de ciudades distintas y se escribían mensajes largos que nunca terminaban de enviarse. Pero desde que Lucía se había mudado a la ciudad, los encuentros eran menos frecuentes. Y hoy, con el sol alto y el calor que no daba tregua, algo en el silencio entre ambas se volvió más denso, más cargado.

—¿Te acuerdas de cuando jugábamos aquí, bajo ese manzano? —preguntó Sofía, agachándose para recoger una manzana más pequeña, verde con rayas rosadas, como si el sol le hubiera dado un beso fugaz.

Lucía asintió. No recordaba el juego. Recordaba el instante en que Sofía, entonces estudiante de botánica, le había enseñado cómo se forman las semillas dentro de la fruta, cómo el polen viaja de flor en flor sin prisa, como si supiera que cada contacto cuenta.

—No, Lucía. No me refiero a eso.

Lucía levantó la vista. Sofía la miraba con una expresión que no había visto antes: no era complicidad, no era cariño. Era algo más antiguo, más quieto, como una raíz que ha estado enterrada y que, de pronto, se decide a emerger.

—¿Qué no me refiero?

Sofía se levantó, limpiándose las manos en los pantalones. Tenía los brazos morenos por el sol, las muñecas finas, los nudillos marcados por las venas azuladas que siempre le habían parecido hermosos. Lucía recordaba eso. Recordaba sus manos. Pero no recordaba haberlas querido.

—Me refiero a que tú y yo… nunca nos hemos dicho lo que pasó esa noche. Cuando tú te fuiste.

Lucía se volvió hacia el manzano. Las ramas más bajas estaban cargadas de fruta. El sol las hacía brillar como si fueran pequeños focos. Pensó en las palabras que se había tragado durante diez años. Pensó en el verano en que Sofía había estado enferma, en cómo Lucía la había cuidado sin saber que, en lugar de compasión, sentía algo más. Pensó en cómo Sofía la había mirado la última noche, con los ojos húmedos y la respiración entrecortada, y cómo Lucía había salido de la habitación sin despedirse, sin mirar atrás.

—Yo pensé que no querías que me quedara —dijo, con voz más suave que la sombra del árbol.

—Yo pensé que no querías que te quedara.

La brisa movió las hojas. Una manzana cayó al suelo con un golpe seco. Ambas se miraron. No hubo miedo. Solo la certeza de algo que había estado allí, quieto, como una semilla en la tierra, esperando la lluvia.

Sofía se acercó. No con prisa. Con la lentitud de quien sabe que el tiempo ya no juega en su contra. Su respiración se había hecho más profunda, más regular. Lucía no retrocedió. No necesitó hacerlo.

—¿Te acuerdas de cómo huele la piel de alguien cuando ha estado llorando? —preguntó Sofía, ya a un paso de ella.

Lucía asintió. Había sentido esa fragancia en la noche de la despedida. Una mezcla de sal, de aceite de almendras amargas y de algo más dulce, como el viento que viene del mar.

Sofía levantó la mano. No para tocarla. Solo para acariciar el aire cerca de su mejilla, como si temiera que el simple roce del aire bastara para quemarla.

—Hoy no vine solo por las manzanas —dijo—. Vine porque hoy cumplió un año que no te veo. Y hoy me di cuenta de que las manzanas caen, pero las raíces… las raíces no se mueven. Quedan donde están, aunque no se vean.

Lucía sintió algo dentro del pecho. No era el corazón. Era algo más profundo. Como una raíz que se estira. Como una flor que se abre sin saber que puede hacerlo.

—¿Y si las raíces ya no quieren quedarse quietas? —preguntó.

Sofía sonrió. No fue una sonrisa triunfal. Fue una sonrisa de quien ha estado esperando esa pregunta durante años.

—Entonces se mueven.

La mano de Sofía finalmente rozó su mejilla. No fue un beso. Fue solo el calor de sus dedos, la textura de su piel, la suavidad de sus nudillos. Lucía cerró los ojos. Sintió el olor de la tierra, el perfume del manzano, la humedad del aire, y el sabor de la sal en sus propios labios.

—¿Qué haremos? —preguntó.

—Lo que siempre hicimos cuando nos sentíamos perdidas —respondió Sofía, bajando la mano pero sin alejarse—. Caminaremos. Buscaremos el sendero que lleva al río. Y cuando estemos cansadas, descansaremos.

—¿Y si el sendero está cubierto de espinas?

—Entonces lo abriremos con las manos.

Lucía respiró hondo. Tomó la mano de Sofía. No para besarla. No para besarla todavía. Solo para sentir su pulso, lento, constante, como el de un animal que ha sobrevivido al invierno.

Caminaron juntas por el sendero que llevaba al río. El polvo se levantaba en remolinos pequeños alrededor de sus pies descalzos. Las hojas de los árboles susurraban entre sí, pero no con palabras. Solo con ruido, como un suspiro viejo.

Cuando llegaron al río, el agua corría lenta, oscura y transparente a la vez. Sofía se sentó en una roca plana, mojó sus dedos y los pasó por la superficie, creando pequeños círculos que se expandían sin romperse.

Lucía se sentó a su lado. No se miraron. Miraron el agua, el cielo, las nubes que se deshacían en la distancia.

—¿Te acuerdas de cuando nadábamos aquí? —preguntó Sofía.

—Sí.

—Me acordé ayer. Y me di cuenta de que no fue el agua lo que me hizo sentir viva. Fue el momento en que te vi sumergirte y salir con el pelo pegado a la cara, y los ojos brillando como si hubieras encontrado algo.

Lucía se volvió hacia ella. La luz del atardecer le daba en el perfil, marcando las curvas de su rostro, el contorno de sus cejas, la curva de su cuello. No era belleza lo que sentía. Era reconocimiento. Como si hubiera estado buscando un color que no sabía que existía, y de pronto, allí estaba.

—¿Qué encontré? —preguntó.

Sofía la miró. Por primera vez, no hubo duda en sus ojos.

—Lo que te pertenece.

Lucía se inclinó. No para besarla. Solo para acercarse, para que sus frentes se tocaran. Para que sus respiraciones se mezclaran, para que el aire entre ellas se volviera cálido, denso, casi insoportable.

—¿Y si esto es un error? —murmuró.

—¿Y si no lo es? —respondió Sofía.

Y entonces sí, se besaron.

No fue un estallido. Fue un movimiento lento, como el de las nubes cuando cambian de forma. Sus labios se abrieron con la paciencia de quien sabe que no hay prisa. La lengua de Sofía rozó la de Lucía con una suavidad que parecía hecha de siglos. Sus manos se encontraron en la espalda, no con urgencia, sino con certeza, como si ya hubieran estado allí antes.

El beso fue largo. Profundo. Como una palabra que se repite una y otra vez hasta que pierde su significado y gana su verdadero sentido.

Cuando se separaron, el cielo ya estaba teñido de violeta. Las primeras estrellas empezaban a aparecer.

—Volvamos —dijo Sofía.

—Ahora.

—No. Cuando estemos listas.

Lucía asintió. Apoyó su cabeza en el hombro de Sofía. Sentía el latido de su corazón, lento y seguro.

Y en silencio, bajo el manzano que ya no estaba lejos, ambas sabían que algo había cambiado. No porque hubieran traicionado a nadie. Sino porque habían elegido volver a casa, aunque esa casa no tuviera paredes, ni nombre, ni fechas. Solo un sendero, un río, y la promesa de seguir caminando juntas.

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