El sendero de la luna en el jardín
10 minEl sendero de la luna en el jardín
La luz del atardecer se derramaba como miel espesa por las hojas de la buganvilia que trepaba por la pared del jardín trasero. Las flores, ya cerradas, mostraban su reverso pálido, casi translúcido, como si guardaran en su estructura la memoria de la luz que habían perdido. Camilo se detuvo frente al pabilo, donde una tina de barro cocido contenía agua tibia con pétalos de rosa y hojas de menta. El vapor ascendía en espirales lentas, casi invisibles, y con él subía el aroma: frescura, tierra húmeda, y algo más, algo que aún no tenía nombre.
—¿Veniste con las manos vacías o trae algo más que el calor del camino? —preguntó Lucía desde la mecedora de mimbre, con la mirada clavada en el cielo, donde ya se dibujaba la primera estrella.
Camilo se quitó las sandalias, dejó los calcetines en el borde de la losa y avanzó descalzo. El suelo estaba tibio, aún reteniendo el calor del día. Se sentó al lado de la tina, sin mirarla de inmediato. El agua tembló cuando su pie rozó la superficie. No se sumergió; solo dejó que el borde del recipiente tocase su tobillo, y luego su pantorrilla, como una pregunta que se posa con cuidado.
—Traje el tiempo —respondió, por fin—. El que no pude traer ayer. El que no supe traer anteayer.
Lucía sonrió. No una sonrisa rápida ni forzada, sino algo más profundo: la curva de una verdad que tarda en desplegarse. Se levantó con lentitud, desatándose el cordón del delantal de lino que llevaba sobre la blusa. Lo colgó en una silla cercana y se acercó a la tina. No miró a Camilo, pero su presencia se sentía como un aumento de temperatura, como cuando el sol, al ocultarse, deja una sensación de quemadura residual en la piel.
Se zambulló los pies primero. Un suspiro le escapó entre los labios, apenas audible. Luego el agua subió por sus piernas, lentamente, como si el cuerpo mismo la ayudara a aceptarla. La tela de su blusa se pegó al pecho al mojarse, translúcida ya, revelando la curva de sus pezones, oscuros y firmes. Camilo no apartó la vista. No necesitaba hacerlo; ella lo sabía, y eso era lo que le permitía permanecer sentada, inmóvil, con las manos cruzadas sobre el vientre, los dedos entrelazados.
—¿Te acuerdas de la fiesta en San Bartolo? —preguntó Lucía, sin moverse—. La que duró hasta el alba.
—Me acordé de tu pelo. Suelto, con una flor de plástico que no se veía bien, pero que ponía una luz distinta en tu cara.
—Era de plástico, sí —rio ella, baja, contenida—. Pero tú la tocaste. Me quitaste la flor, la tiraste al jardín, y me dijiste que no me la volviera a poner. Que no merecía estar en una cabeza que ya tenía suficiente belleza.
—Te la quité porque no quería que pensaras que era eso lo que te hacía hermosa.
Lucía se volvió entonces, y por primera vez lo miró de frente. Sus ojos, de un marrón casi café, tenían el brillo del agua en reposo: profundos, tranquilos, pero con algo que se mueve bajo la superficie. Una corriente invisible.
—¿Y ahora qué crees que me hace hermosa?
—El modo en que te mojas los pies sin prisa. El modo en que dejas que el agua se seque sola sobre tu piel.
Ella asintió, como si esa fuera la única respuesta válida. Se levantó entonces, con calma, sin apuro por cubrirse. El agua resbalaba por sus muslos, por su cintura, por la curva de sus brazos. Se acercó a él, y esta vez sí se sentó frente a la tina, entre sus piernas, con la espalda apoyada en sus muslos. Camilo extendió las manos, lentamente, y colmó con agua el espacio entre sus dedos. Lo hizo con cuidado, como si estuviera llenando una copa que no se derrame.
—¿Sabes qué me gusta de ti? —dijo Lucía, con los ojos cerrados—. Que no me tocas como si fueras a romper algo. Que me tocas como si supieras que soy fuerte, que puedo aguantar.
—Tú me tocas así también.
—No siempre.
—No siempre quieres que lo haga.
Ella abrió los ojos, lo miró desde abajo, y asintió otra vez. Luego, con un movimiento suave, se levantó, se secó con una toalla de algodón grueso que estaba doblada en una silla, y se sentó frente a él, ahora sí, cara a cara. Entre ellos, la tina vacía.
—¿Te acuerdas de la primera vez que me viste con alguien más?
—Sí.
—¿Fue con David?
—Sí.
—Y aún así me hablaste después.
—Sí.
—No te enojaste.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no era yo quien debía enojarse. Y porque no era a ti a quien quería ver enojada.
Lucía se acercó, y esta vez fue ella quien tocó. Puso una mano sobre su pecho, sobre el corazón, y la mantuvo allí, sin presión, como una medición. Luego, con la otra mano, le desabrochó la primera botona de la camisa. No con urgencia, sino como si estuviera abriendo una puerta que sabía que ya estaba entreabierta. Camilo no se movió. Dejó que sus dedos recorrieran el camino de los botones, uno a uno, con lentitud. Cuando el último se soltó, ella separó la tela, pero no la sacó. Solo dejó que las mangas cayeran a sus brazos, y que la tela descansara sobre sus hombros, como una manta leve.
—Hoy vine porque me dije: si hoy no lo haces, tal vez nunca lo hagas. Y yo no quiero esperar tanto.
—¿Y si hoy no es el día?
—Entonces vendré mañana. O pasado. O dentro de un mes. Pero vendré.
Camilo asintió. Luego, con una mano en su nuca, la acercó. No fue un beso apresurado. Fue un roce. Una presión leve. El tipo de contacto que se repite varias veces antes de decidir si seguir. Y ella lo repitió, también con calma, también con duda, también con certeza.
Cuando se separaron, Lucía respiraba más fuerte. No por necesidad, sino porque el aire ahora tenía más densidad.
—¿Te acuerdas de la vez que fuimos al lago? —preguntó—. Cuando salimos a medianoche.
—Sí.
—Bailamos bajo la luna. Sin música. Solo el sonido del agua y las ranas.
—Tú tenías frío.
—Sí.
—Y me pediste que me quitara la camiseta.
—No pedí. Dije: “Ponme tu camiseta si quieres”.
—Y la puse.
—Y me miraste mientras la ponía.
—Porque no era solo una camiseta. Era tu olor. Era tu piel.
—Y luego me tomaste de la mano.
—Y me llevaste al agua.
Lucía se puso de pie. Le tendió la mano. Camilo la tomó, y ella lo ayudó a levantarse. El jardín, ahora, estaba iluminado por faroles de papel que pendían de las ramas más bajas. La luz era amarilla, cálida, y proyectaba sombras grandes y suaves sobre el suelo.
—¿Quieres volver a hacerlo? —preguntó Lucía.
—¿Qué?
—Bailar bajo la luna. Sin música. Solo el sonido del agua y las ranas.
—Sí.
Ella lo llevó por un sendero de piedras que conducía a un pequeño estanque al fondo del jardín. El agua estaba oscura, pero reflejaba las estrellas como si fueran pétalos flotando en su superficie. Camilo se quitó la camisa, la dobló y la dejó sobre una roca. Lucía se desató el cabello, que ahora brillaba con una luz casi plateada. No dijo nada. Solo se acercó a él, puso una mano en su pecho, y luego deslizó la otra por su brazo, hasta tomarle la mano.
El baile comenzó lento. Cuerpos que se ajustan, pies que buscan el mismo ritmo, respiraciones que se sincronizan. No era un baile de seducción, sino de reconocimiento. Como si cada paso fuera una palabra dicha en voz baja, repetida hasta que cobraba sentido. Camilo sentía la suavidad de la piel de Lucía bajo sus dedos, la forma en que su cadera se movía, no con insistencia, sino con naturalidad, como una rama que se inclina con el viento. Ella apoyaba la frente en su hombro, y su respiración, cálida y constante, le erizaba el cabello de la nuca.
—¿Sientes el aire? —le susurró ella.
—Sí.
—Es el mismo de antes.
—Sí.
—Y ahora estás aquí.
—Sí.
Se detuvieron. Camilo giró su cuerpo, y esta vez fue él quien la tomó por la cintura. La acercó, pero no con fuerza, sino como quien cierra los ojos para no perder el equilibrio. Lucía colocó las manos sobre sus hombros, y luego deslizó los dedos por su espalda, hasta encontrar la curva de sus riñones. La presión aumentó. No con desesperación, sino con certeza. Como si el cuerpo supiera exactamente dónde quería llegar.
—¿Te acuerdas de lo que te dije esa noche? —preguntó ella, cuando sus labios ya estaban cerca.
—Sí.
—¿Qué dije?
—Que no sabía si era capaz de amar a alguien así.
—¿Y qué respondiste?
—Que tú no necesitabas que lo supieras aún.
Lucía sonrió, y esta vez su boca se abrió un poco. No fue un beso completo. Fue una promesa. Una promesa que se extendió en el tiempo, que no necesitaba cumplirse de inmediato. Solo necesitaba existir.
—¿Y ahora qué dices? —susurró ella.
—Que tal vez ya lo sé.
—¿Sobre qué?
—Sobre que puedo amarte de muchas maneras. Que no es necesario elegir una sola.
Lucía lo miró fijamente. Luego, con los ojos cerrados, colocó su frente contra la de él. Se quedaron así varios segundos. El agua, atrás, susurraba contra las orillas. Las ranas cantaban su canción antigua. Las estrellas, arriba, parecían no parpadear.
—Tú me miras como si me vieras entera —dijo ella, por fin.
—Y tú me miras como si supieras lo que no he dicho.
—Porque lo sé.
—¿Cómo?
—Porque tú también me miras entera.
Camilo inclinó la cabeza y besó su frente. Luego, lentamente, sus labios descendieron hasta la comisura de su boca. No se abrieron. Solo se tocaron. Y en ese toque hubo todo: la tensión, la confianza, la historia, la promesa.
—¿Quieres seguir? —preguntó él.
—Sí.
—¿Estás segura?
—Estoy segura de que quiero estar aquí. De que quiero estar contigo.
—Entonces sí.
Lucía tomó su mano, la llevó hasta su cuello, y la dejó allí, sobre la pulsación de su garganta. Luego, con la otra mano, la llevó hasta su espalda, y la colocó sobre la curva de su cadera.
—No necesitas hacer nada ahora —dijo—. Solo estar.
Y él lo hizo. Estar. Con su cuerpo pegado al de ella, con el aroma de la menta y la tierra en el aire, con el agua oscura y las estrellas en el fondo. No hubo prisa. No hubo demands. Solo la certeza de que algo había comenzado, y que no necesitaba un final para ser válido.
Lucía cerró los ojos, y esta vez su respiración se volvió más profunda. Camilo sintió cómo su pecho se expandía contra el suyo. Cómo sus manos, que antes estaban quietas, ahora buscaban más piel. Cómo sus labios, que habían sido solo una promesa, ahora se abrían con confianza.
—Toca mi cuello —susurró ella—. Como cuando nos conocimos.
Él lo hizo. Con la punta de los dedos. Con una presión suave. Con el tipo de tacto que se guarda para los momentos en que se quiere recordar el momento.
—¿Te acuerdas de lo que dijiste? —preguntó ella.
—Dije que no sabía si era capaz de amar a alguien así.
—¿Y qué dije yo?
—Dijiste que tal vez no era necesario amar. Tal vez solo era necesario saber que se puede.
Lucía asintió. Luego, con un movimiento lento, se separó. No para terminar, sino para invitar. Para abrir otro espacio. Camilo la siguió, sin preguntar. Ella lo condujo hasta una hamaca colgada de dos árboles, junto al estanque. El algodón estaba suave, recién lavado, con un ligero olor a jabón casero.
Se sentaron juntos, uno frente al otro, con las piernas cruzadas, como si estuvieran hablando de cualquier cosa. Pero no hablaban. Solo se miraban. Y en esa mirada había más que palabras. Había un lenguaje que se había construido con cada silencio, con cada pausa, con cada gesto.
Lucía se inclinó y besó su cuello. No con urgencia, sino con curiosidad. Como si estuviera descubriendo un mapa nuevo. Camilo respiró hondo, y dejó que sus manos descendieran por su espalda, hasta encontrar la curva de sus glúteos. No apretó. Solo los sostuvo. Como si los estuviera midiendo. Como si estuviera aprendiendo su forma.
Ella se puso de pie, y lo hizo con lentitud, como si estuviera abandonando una costumbre. Luego, lo miró con los ojos abiertos, sin ocultar nada.
—¿Quieres que te muestre algo? —preguntó.
—Sí.
Ella lo tomó de la mano y lo llevó
¿Te ha gustado? Valóralo