El Sabor del Tiempo
7 minEl Sabor del Tiempo
Yo lo vi entrar al bar a las 21:47, y aunque no miré el reloj de pulsera para confirmarlo, tengo memoria de esos detalles desde que era joven y aún creía que el tiempo no pasaba tan rápido. Pero sí pasó. Y me dejó aquí, sentado en el banco de madera, con 51 años bien vividos, la camisa abierta hasta el tercer botón y las muñecas apoyadas en la mesa de roble oscuro que olía a cigarro viejo y café recién hecho.
Ella llegó veinte minutos después, con ese andar que solo tienen las mujeres que aún no han aprendido a caminar con miedo. Tenía 23, me dijo, y lo dijo sin cohibición, con una sonrisa que le partía la cara en dos mitades iguales: una de curiosidad, otra de desafío. Llamaba la atención, no por ser la más joven —aunque lo era—, sino por la forma en que se sentaba, sin pedir permiso, como si ya supiera que el lugar le pertenecía tanto como a cualquiera que lo habitara.
—¿Tú eres Tomas León? —preguntó, sin siquiera mirar la carta.
—Sí —respondí, y me levanté un poco para estrecharle la mano, pero no la solté de inmediato. Dejé que el roce se quedara un segundo más, solo lo justo para que sintiera el calor de mi piel, la粗 textura de mis nudillos, la historia que no decía con palabras.
—Me dijeron que sabes escribir como si te saliera sangre de los dedos —dijo, cruzando las piernas con naturalidad. Los muslos se rozaron por un instante antes de que el tejido del vestido vuelva a cerrarse como una promesa.
—Depende del tema —le dije, sonriendo con la boca cerrada, solo con los ojos.
Ella se llamaba Ximena. Me lo repitió tres veces, como si temiera que yo lo olvidara. Y yo no lo olvidé. Pero tampoco le dije que ya había olvidado los nombres de otras tres o cuatro mujeres que habían sentado ese mismo banco en los últimos diez años. No era orgullo, era realismo. El tiempo te limpia las cicatrices, pero no te devuelve la memoria de las fechas.
—¿Por qué me buscaste? —le pregunté, tomando un trago de mi tequila reposado, que sabía a cera y a tiempo.
—Porque dijeron que sabes hacer las cosas con calma —dijo, y me miró directo a los ojos. No parpadeó—. Que no te apuras. Que dejas que la cosa se cueza sola, como un mole bien hecho.
Me gustó. No por la comparación, sino por la seguridad. Era como escuchar una canción vieja en una voz nueva: familiar, pero con un giro que te hace volver a escucharla con atención.
—¿Y si me equivoco?
—Entonces me voy. Pero si no te equivocas… —dijo, y dejó la frase colgando como un gancho—. ¿Tienes algo para beber que no sea alcohol?
—Agua de Jamaica. Fresca.
Asintió, y cuando el camarero se la sirvió, vi cómo sus dedos envolvían el vaso, cómo el hielo se derretía lento contra su piel, cómo su pulgar rozaba el borde, como si ya estuviera imaginando otra cosa, otra piel, otra boca.
—¿Vives cerca? —le pregunté.
—Caminando, cinco minutos.
—¿Y si te invito a mi casa?
No hubo titubeo. Solo una sonrisa más ancha, más verde, como si la noche le hubiera susurrado algo que ella ya sabía.
—Si me invitas, no me arrepiento.
—Ni yo me arrepentiré —dije, y me levanté, dejando el dinero sobre la mesa, sin esperar cambio.
Caminamos juntos, sin tocar, sin apresurar el paso. Ella iba detrás, y yo sentía su mirada en la nuca, firme, como una mano que no se atrevía a rozar aún, pero ya apretaba. Llegamos a mi departamento, al cuarto piso, con las paredes pintadas de color tierra y el olor a madera vieja y jabón de castilla. Encendí solo una lámpara de pie, junto al sofá, y dejé que la luz dorada se extendiera como miel sobre el suelo.
—¿Me dejas quitarte el vestido? —le pregunté.
Ella se mordió el labio inferior, y por un segundo, vi la duda, no por miedo, sino por cálculo. Por saber si yo era tan seguro como parecía, o si se me iba a romper la voz en cualquier momento.
—Sí —dijo.
Me acerqué despacio. No con las manos ya, sino con el cuerpo. Me detuve frente a ella, lo suficientemente cerca para sentir su respiración, que se volvió más corta. Sus ojos estaban fijos en mi boca, y yo no los obligué a bajar. Solo dejé que mis dedos encontraran el cierre, suave, como si desabrochara una flor que no quiere romperse.
El vestido bajó por sus caderas, se enredó en sus muslos, y luego cayó al suelo, como una sombra que se rinde. Y ahí estaba ella, sola frente a mí, con 23 años, pechos pequeños, redondeados, pezones morenos y duros, y entre las piernas, el vello oscuro y bien cuidado, como si supiera que su cuerpo también era un lenguaje.
—Dime qué ves —le dije.
—Veo a un hombre que sabe esperar —respondió, y por primera vez, me tocó. Me pasó una mano por el pecho, despacio, como si estuviera midiendo el latido.
—Y tú —dije, y le acaricié el cuello con la yema de los dedos—… ves a un hombre que ya no tiene prisa por demostrar nada.
Me besó entonces, no con urgencia, sino con curiosidad. Su boca era fresca, dulce, con sabor a Jamaica y a promesa. Le aparté el pelo de la cara, le besé el cuello, la mandíbula, la oreja, y cuando su respiración se volvió más entrecortada, le aparté la mano que ya estaba sobre mi verga, dura ya contra el algodón de los pantalones.
—Déjame verte —le dije.
Me desabroché los pantalones, bajó la cremallera lentamente, como si cada milímetro fuera una decisión. Y cuando mi verga salió, larga, gruesa, con la punta húmeda, ella no apartó la vista. Me tomó con ambas manos, me la levantó un poco, y me miró los ojos mientras la pasaba por su boca.
—Tiene sabor a tiempo —dijo.
—A ti te va a gustar más —le dije, y la tomé de la cintura, la senté sobre el sofá, le abrí las piernas con las rodillas, y me coloqué entre ellas. Le pasé una mano por el estómago, por el vello suave, y cuando toqué su.clítoris, ya estaba húmeda, ya me lo estaba ofreciendo.
—Dime si te duele —le dije, mientras le separaba los labios con el pulgar.
—No me duele —susurró—. Me hace sentir viva.
La empujé dentro de ella con un solo movimiento, lento, pausado, como si el mundo se detuviera. Su cuerpo se arqueó, su boca se abrió, y soltó un sonido que no era queja ni placer, sino reconocimiento. Como si por fin hubiera encontrado algo que sabía que existía, pero no había creído que pudiera tocar.
—Tomas… —dijo, y me tiró del pelo, como si me estuviera llamando a casa.
Yo no me apresuraba. Dejaba que ella se adaptara, que su cuerpo se hiciera a la forma de mí, a la grossura de mi verga, a la profundidad de mis embestidas. Le mordí el hombro, le chupé un pecho, le dije cosas sucias al oído, cosas que solo se dicen cuando el tiempo ya no importa.
—Te voy a chupar hasta que te olvides de tu edad —le dije, y lo hice. Le lamí el clítoris, le chupé los labios, la metí dos dedos, y cuando su cuerpo se estremeció como una hoja en el viento, me levanté, me puse encima de ella, y le clavé la verga hasta la raíz.
Ella gritó mi nombre como una plegaria.
Yo no dije nada. Solo la cogí, con fuerza, con cariño, con la seguridad de quien sabe que el tiempo es un lujo que ya no tiene.
Cuando vine dentro de ella, con los ojos cerrados, sentí su pulso en el cuello, su piel sudada, su respiración entrelazada con la mía. Y cuando me retiré, me volvió a besar, con una sonrisa nueva.
—Hoy no fue un error —dije.
—No —dijo ella—. Hoy fue lo que tenía que pasar.
Y en ese momento, con 23 y 51, con la diferencia de edad como un puente y no como una pared, supe que el tiempo no nos había robado nada. Nos había dado un momento, bien hecho, como un mole que no se apura, pero que se sabe que va a gustar.
¿Qué tanto te calentó?
Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.