El sabor del maíz y el río
10 minEl sabor del maíz y el río
La luz del atardecer, esa dorada y cálida que se desliza entre los árboles del parque central de Guadalajara, se colaba por la ventana entreabierta del pequeño apartamento en el segundo piso de una casa colonial restaurada. Afuera, el murmullo suave de la ciudad —las risas lejanas, el trote de un perro, el zumbido de una moto que se alejaba— formaba un telón de fondo perfecto para lo que estaba por suceder.
Lidia se movía con la lentitud de quien sabe que el tiempo no corre en su contra, sino que se inclina a su favor. Tenía treinta y cinco años, piel morena clara con un brillo cálido de sol reciente, cabello negro y ondulado que llevaba recogido en un nudo torpe sobre la nuca. Usaba una camiseta blanca de algodón viejo y shorts de tela beige, los pies descalzos apoyados en el suelo de terracota. En la cocina, preparaba un atole de maíz nuevo, el aroma dulce y tostado llenando el aire como una promesa antigua.
—¿Te apetece algo? —preguntó sin voltear, sabiendo que él ya estaba allí.
Diego se había quedado quieto en la entrada, la puerta entreabierta tras él, con el viento del oeste llevándose una hoja seca y trayendo consigo el olor del río Tuarán. Tenía la piel de un cobre profundo, marcada por el sol de años trabajando en el norte de México, los hombros anchos bajo una camisa de algodón azul claro, mangas enrolladas hasta los codos. Sus manos, grandes y fuertes, mostraban cicatrices menores de trabajo: una en el pulgar, una línea casi invisible en el dorso de la mano izquierda. Pero lo que más marcaba su presencia era la mirada: oscura, atenta, como si cada gesto de Lidia fuera un mapa que él estuviera aprendiendo de nuevo.
—Sí —respondió, voz grave, baja, como un susurro que alguien hubiera escuchado a lo lejos—. Pero no sé si el atole me va a alcanzar.
Ella sonrió, una sonrisa que no llegó a los ojos aún. No del todo. Pero hubo un destello allí, un reconocimiento que no necesitaba palabras. Había diez años desde la última vez que se habían visto. Diez años de cartas intermitentes, de mensajes que decían más de lo que decían, de silencios que pesaban más que las confesaciones.
—Tú siempre fuiste así —dijo ella, girando con una cacerola humeante—. Creías que el atole era un pretexto.
—Lo era —respondió él, acercándose—. Pero también era real.
Ella vertió el líquido espeso en dos tazones de barro, los puso sobre la mesa de madera rústica, y se sentó frente a él. No se tocaron. Aún no. Pero el aire vibraba, cargado de recuerdos que se estiraban como raíces bajo tierra, buscando contacto.
Diego tomó el tazón con ambas manos, lo elevó hasta los labios, y bebió un sorbo lento. Su expresión cambió: primero sorpresa, luego nostalgia, y por último una especie de paz. Porque el atole estaba perfecto: no demasiado dulce, con un toque de canela recién molida y la textura justa, espesa pero fluida, como si el maíz hubiera aprendido a hablar con el agua sin perder su esencia.
—Es el mismo —dijo, sin mirarla—. El que hacías en la casa de tu abuela, en Tonalá.
—Claro que es el mismo —respondió ella—. Solo que ahora lo hago sin miedo.
Él alzó la vista por fin. Sus ojos se encontraron, y en ese cruce hubo un silencio tan denso que parecía tener forma. Fue como si el tiempo se hubiera encogido, como si diez años no fueran más que un parpadeo entre dos respiraciones.
—¿Y tú? —preguntó él, bajando la voz—. ¿Todavía pintas?
Ella asintió, sin quitarle los ojos de encima. —Sí. A veces. No como antes. Pero sí.
—¿Con qué pintas ahora?
—Con óleos. Y con acuarela. Pero sobre todo con los recuerdos.
Diego dejó el tazón en la mesa y, lentamente, volvió a enfocarla. No con urgencia, sino con la cautela de quien sabe que una palabra mal colocada puede romper algo frágil. —Me dijiste que no volverías a venir.
—Lo dije.
—¿Y ahora?
—Ahora vine.
Hubo una pausa. No incómoda. Solo necesaria. Como el momento justo entre el latido y el siguiente.
—¿Por qué?
Ella se inclinó hacia adelante, las manos apoyadas en el borde de la mesa, los codos ligeramente doblados, la barbilla ligeramente alzada. No era una postura de desafío. Era una invitación. Silenciosa. Totalmente consciente.
—Porque cuando el río se seca, no significa que el agua haya muerto. Solo está buscando otro cauce.
Diego respiró hondo. Notó que sus dedos se crispaban contra las paredes del tazón. Notó el calor que subía por su cuello, la forma en que su pulso se aceleraba, pero sin descontrol. Como una marea que sabe cuándo llegar.
—Tú nunca fuiste un río —dijo él, voz más baja aún—. Fuiste una tormenta.
Ella sonrió entonces, de verdad. Una sonrisa que le iluminó el rostro, que hizo brillar sus ojos castaños como piedras mojadas.
—Tal vez. Pero las tormentas también dejan semillas.
Se levantó. No con prisa. Se deshizo del nudo del cabello y dejó que la melena le cayera sobre los hombros. Luego, se acercó a él. No para tocarlo aún. Solo para estar cerca. Tanto que podía sentir su aliento, el frescor de su piel, el olor a jabón de coco y sol.
—¿Te acuerdas del puente viejo? —preguntó.
—Cómo no —respondió él—. Donde nos besamos por primera vez.
—¿Te dije algo entonces?
—Me dijiste que no me olvidara de cómo se sentía la lluvia en la piel.
—No fue la lluvia, Diego. Fue la primera vez que sentí que era mía.
—Y yo —dijo él, levantando una mano—. La primera vez que sentí que no estaba solo.
Su dedo índice rozó su mejilla. Suavemente. Como si temiera que la piel de ella fuera de papel. Luego, con lentitud, bajó hasta su cuello, sin presionar, solo acariciando la línea suave donde el pulso latía más fuerte. Ella no se inmutó. Solo cerró los ojos, como si estuviera escuchando una melodía que sabía de memoria.
—¿Todavía me quieres? —preguntó él, voz rota por el peso de los años.
Ella abrió los ojos. Los tenía húmedos, pero no de lágrimas. De luz. De reconocimiento.
—No te quiero —dijo—. Te recuerdo.
Él la tomó entonces por la cintura. La atrajo hacia sí, sin fuerza, pero con firmeza. Sus cuerpos se encontraron, primero por accidente, luego por decisión. Ella apoyó la frente contra su pecho, escuchó su corazón. El suyo latía fuerte, pero regular. El de ella, más acelerado, pero en sintonía.
—¿Y si volvemos a empezar? —preguntó él—. No como antes. Pero tampoco como desconocidos.
—¿Y si empezamos ahora?
—Ahora.
Él la besó entonces. No con urgencia. No con desesperación. Con la paciencia de quien ha esperado demasiado para precipitarse. Sus labios se encontraron como dos ríos que se unen: lentos, profundos, inevitables. Ella respondió con una suavidad que lo hizo temblar, con la lengua que buscaba su sabor sin presionar, con las manos que subieron por su espalda y se hundieron en el pelo, jalándolo con ternura.
Diego la empujó con delicadeza hacia atrás, sobre la mesa. Ella no opuso resistencia. Dejó que él se deshiciera del resto del atole, que lo empujara con la mano hacia un lado, como si fuera un obstáculo del pasado. Se sentó, los muslos a cada lado de la madera fría, y lo miró mientras él se quitaba la camisa. La piel de su pecho era morena, con vello oscuro, marcada por cicatrices menores, por tatuajes difuminados por el tiempo —uno en el hombro izquierdo, una estrella; otro en el antebrazo, un círculo con una línea central—. No dijo nada. Solo la miró mientras ella se quitaba la camiseta.
Sus pechos eran firmes, redondeados, con pezones oscuros y ligeramente hinchados, ya por la anticipación, ya por el calor del cuerpo de él. Él se inclinó y besó uno, primero con los labios, luego con la lengua, con una suavidad que hacía eco de algo muy antiguo. Ella arqueó la espalda, soltó un sonido bajo, casi gutural, que no era de placer, sino de liberación.
—Eres mía —dijo ella, no como una exigencia, sino como una confesión.
—Y tú eres mía —respondió él—. Siempre lo fuiste.
Se levantó entonces, desabrochó el cierre de sus shorts, los bajó con lentitud, dejando que la tela se deslizara por sus muslos. Ella no lo miró de inmediato. Primero puso una mano sobre su muslo, con la palma caliente, con los dedos ligeramente separados. Luego, con la otra, rozó el borde de su pene, que ya estaba semifirme, oscuro, hinchado, listo.
—Estás tan hermoso —dijo ella—. Como el día que te vi por primera vez.
—Tú me hiciste así.
Ella sonrió, y por primera vez, en sus ojos hubo una chispa que no era nostalgia. Era deseo. Puro. Directo.
—Entonces demuéstramelo.
Él se quitó los pantalones y se sentó frente a ella, sus piernas separadas, sus rodillas tocando las suyas. La tomó por la cintura, la levantó, y la colocó sobre sus muslos, de espaldas a él. Con una mano, le separó los labios del sexo, y con la otra, rozó su clítoris con el dedo pulgar, en círculos lentos. Ella gimió, un gemido bajo, que se perdió entre los susurros del viento que entraba por la ventana.
—¿Sientes eso? —preguntó él, voz grave.
—Sí —respondió ella—. Siento que vuelvo.
—Entonces no te muevas. Déjame recordarte.
Él la besó en la nuca, luego en los hombros, mientras sus dedos seguían trabajando sobre ella. La presión aumentó, los círculos se hicieron más profundos, más rápidos, hasta que ella se estremeció, su cuerpo arqueándose hacia atrás, sus manos aferrándose a los brazos de él. Ella vino con un gemido ahogado, su nombre pronunciado como una oración.
—Diego…
Él la volvió a levantar, la giró con cuidado, y se colocó entre sus piernas. Ella lo miró con los ojos cerrados, los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando con rapidez. Él entró en ella con lentitud, con una precisión que parecía casi milagrosa. Ella soltó un grito suave, sus uñas clavándose en sus hombros.
—Tú eres mi casa —dijo ella.
Él no respondió. Solo comenzó a moverse. No con furia. No con ganas desbordadas. Con un ritmo que era pulso, era latido, era respiración. Cada embestida era una promesa. Cada pausa, un suspiro. Cada vez que ella lo llamaba por su nombre, él respondía con un beso en la frente.
El sol se había ocultado ya. La luz entraba por la ventana en hileras doradas, bañando sus cuerpos en una luminosidad cálida. Ella lo miraba con una intensidad que lo hacía temblar. Él no se apartaba. No quería. Como si temiera que, si la soltaba, ella se deshiciese en el aire.
—¿Me amas? —preguntó ella, voz quebrada.
—Te amo —respondió él—. Desde siempre.
—Entonces quédate.
—Estoy aquí.
Y lo estaba. No solo con su cuerpo. Con su mirada. Con su respiración. Con su tiempo.
Cuando ella vino de nuevo, esta vez con sus manos bajo sus caderas, con sus uñas rozando su piel, con su cuerpo temblando como hoja al viento, él se dejó llevar, se fundió en su interior, y se entregó completo, como si fuera la primera vez. O como si fuera la última. Pero no importaba. Porque en ese instante, no había pasado ni futuro. Solo el presente. Solo ellos. Solo el sabor del maíz y el río.
Después, en la cama, abrazados, con el atole frío sobre la mesa y el viento moviendo las cortinas, ella apoyó la cabeza en su pecho y le dijo:
—Hoy no fue un reencuentro.
—¿No?
—No. Fue un regreso.
Él la apretó contra sí.
—Entonces quédate.
—Ya estoy aquí.
Y lo estaban. Ambos. Por fin.
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