El sabor del limón y la sal

El sabor del limón y la sal

@camila_rios ·15 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (13) · 10 lecturas · 7 min de lectura

La noche de la feria del libro en la Plaza San Ángel tenía ese aire caliente y cargado de antes de tormenta, con el cielo oscurecido por nubes grises que no caían, y el olor a café recién hecho y churros fritos flotando entre los puestos ambulantes. Camila llevaba puesta una blusa de algodón ceñida, abierta hasta el ombligo, y una falda plisada que le rozaba las rodillas. El cabello, oscuro y ondulado, lo tenía recogido en una coleta deshecha, con algunas mechas pegadas a la nuca por el sudor ligero del caminar entre las gradas.

En el stand de la editorial de la universidad, donde ella ayudaba a firmar copias de su segundo libro —una novela de misterio con toques de sensualidad sutil—, notó al hombre antes de verlo bien. Lo oyó: una risa profunda, un poco ronca, que resonó como un trueno lejano cuando el viento arrancó una hoja seca del árbol de la acera. Él estaba a tres metros, con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón gris claro y una camisa blanca entreabierta, que dejaba ver un trozo de pecho peludo y un collar de cuero con una pequeña cruz de plata. Se llamaba Jesús, decía la etiqueta pegada en su pecho: *Jesús R.*, invitado especial. Poeta. Y ya lo había visto antes, en una lectura pública hace dos meses, cuando él recitó un poema sobre los pies de una mujer que camina descalza por el piso de madera de una casa vieja.

—¿Le gustaría que lo firme? —preguntó Camila con una sonrisa, acercándose al stand.

Él la miró sin pestalear, y en sus ojos castaños hubo algo que no era solo admiración. Algo más húmedo, más lento. Como si ya la hubiera soñado varias veces.

—Si me firmas algo —dijo, bajando la voz—, prefiero que lo hagas en la página que diga *para ti*, sin más.

Camila se mordió el labio inferior un instante. Luego tomó el bolígrafo y escribió: *Para ti, que ya me miraste antes de conocerte. C. R.*

—¿Te gustan los poemas que hablan de cuerpo? —le preguntó él, sin quitarle los ojos de encima mientras ella le entregaba el libro.

—Depende. ¿Tienen finales buenos? —respondió ella, con una sonrisa que no fue del todo inocente.

Jesús se rió, esa risa que había escuchado antes, pero ahora sonaba más íntima, como si la compartiera solo con ella. Le pasó una mano por el brazo, apenas un roce, pero suficiente para que Camila sintiera el calor de su piel, áspera en los nudillos, suave en los dedos.

—Yo tengo uno —susurró—. Pero no lo leo en público. Lo escribí anoche, después de verte firmar libros.

Ella asintió, y por primera vez, la respiración se le aceleró.

***

La tormenta cayó a las once y media. Camila, ya con su blusa puesta y una chaqueta ligera, salió del edificio sin paraguas, sabiendo que Jesús la seguiría. Y sí, lo hizo. Apareció bajo el toldo de la heladería, con dos vasos de limonada recién exprimida, con hielo y un poco de sal en la orilla.

—Te la dije: buena para los días calurosos. O para cuando hay mucha tensión.

Ella tomó el vaso y lo probó. El sabor agrio, el frescor del limón, la sal que le picó la lengua… y luego, la dulzura oculta del azúcar. Se le erizaron los pezones bajo la blusa.

—¿Te gusta? —preguntó Jesús, acercándose más.

—Me gusta que no sea solo dulce. Me gusta que sepa a algo real.

Él sonrió, y esta vez le rozó la mano con la suya, dejando que sus dedos se entrelazaran por un par de segundos, hasta que el vaso se le resbaló un poco y Camila tuvo que agarrarlo con más fuerza.

—¿Te parece si vamos a un lugar donde no nos oiga nadie? —preguntó él, sin presión, pero con una seguridad que no pedía permiso, sino que lo ofrecía como una posibilidad.

Ella asintió, y caminaron hasta una calle lateral, estrecha, con paredes de piedra y luces tenues de faroles antiguos. A un lado, una escalera de caracol subía a un balcón de madera que daba a un jardín secreto, donde una fuente de piedra soltaba gotas lentas en una tina de agua verde.

—Aquí —dijo Jesús—. Nadie nos ve. Solo las ranas y los gatos.

***

El jardín estaba vacío. Solo ellos dos. El cielo se había abierto, y la lluvia empezó a caer, suave al principio, como un suspiro. Camila se quitó la chaqueta y la dejó sobre una banca de madera. Jesús se sentó a su lado, pero no tan lejos. La distancia entre ellos era apenas el ancho de una palma.

—¿Te importa si te toco? —le preguntó él, con los ojos fijos en los suyos.

Ella no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza y apoyó una mano sobre su muslo, dejando que sus dedos se deslizaran hacia arriba, hasta la base del muslo, donde la tela del pantalón se sentía más caliente.

Jesús suspiró, y entonces la besó.

No fue apresurado. Fue lento, sabroso, como probar una cerveza fría en un verano de domingo. Su boca era cálida, seca, con el sabor del limón y la sal de antes. Le rozó el labio con la lengua, le pidió entrada, y ella se la dio sin dudar. Él metió una mano bajo su blusa, con cuidado, sin apuro, y le acarició la espalda baja, rozando la curva de sus riñones.

—Eres hermosa —le dijo entre beso y beso—. No como en los libros. Más viva.

Camila le desabrochó la camisa, un botón tras otro, con lentitud, y cuando le tocó el pecho, sintió el corazón de él latiendo fuerte, como un tambor en una fiesta antigua. Él le apartó la blusa de los hombros, dejándola colgando solo por los brazos, y entonces la vio: sus pechos redondos, oscuros, con pezones que ya se habían endurecido por el calor y el deseo.

—Déjame —susurró Jesús—. Déjame mirarte.

Ella asintió, y él bajó la cabeza. Primero con la boca cerrada, mordisqueando suavemente la areola, luego con la lengua, trazando círculos lentos, como si estuviera dibujando un mapa que solo él conocía. Camila le metió los dedos en el cabello, no para apretar, sino para sentirlo, para saber que él estaba ahí, que no era un sueño.

Pero Jesús no se detuvo ahí. Con una mano, le separó las piernas, y con la otra, bajó su propia mano por el costado de su muslo, hasta la falda, y la subió hasta la entrepierna. Ella no llevaba bragas. Solo algodón suave, y el calor ya allí.

—Dime si esto está bien —le dijo, con la punta de los dedos rozando su clítoris.

Ella gimió, bajando la cabeza, con la frente apoyada en su hombro.

—Sí —susurró—. Sí, Jesús… así.

Él sonrió contra su piel y le metió dos dedos dentro, suaves, sin presión. Camila lo sintió todo: el estiramiento leve, el calor, el rozamiento del algodón contra su piel. Él movió los dedos con lentitud, buscando algo, y ella supo cuándo lo encontró: cuando su pulgar se apretó contra su clítoris y sus caderas se arquearon solas.

—Tú también —dijo ella, apartándose un poco para mirarlo.

Jesús se levantó, se desabrochó el cinturón y bajó la cremallera del pantalón. Sacó su verga, tiesa y gruesa, con un poco de vello oscuro en la base, y la cabeza brillante por la lluvia que aún caía suave. Camila le acarició la shaft con la palma, sintiendo el calor, la textura, el pulso que latía bajo la piel.

—¿Quieres que te lama? —preguntó él, con la voz ronca.

—Sí —dijo ella—. Pero primero… déjame verte.

Él se sentó de nuevo, con la espalda apoyada en la fuente, y ella se puso de rodillas entre sus piernas. Le rozó los testículos con los dedos, los tomó suavemente, y luego bajó la cabeza. Lamió el glande, lento, y lo sintió palpitando contra su lengua. Él soltó un gruñido, bajó la cabeza y le metió los dedos en el pelo.

—Eres una chingada buena, Camila —susurró—. Una buena chingada.

Ella sonrió contra su piel, y siguió lamiendo, bajando ahora hacia la base, metiendo su boca más de lo que le cabía, hasta sentir el vello púbico de él contra su nariz.

Cuando Jesús se corrió, lo hizo con un grito ahogado, una mano en la pared

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Lo sensual está en los detalles: la temperatura de la piel, el temblor de una respiración. Escribo despacio, para que se sienta.

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