El sabor del limón y la sal
7 minEl sabor del limón y la sal
La primera vez que sentí su respiración en el cuello, era junio, y el sol aún colgaba pesado en el cielo de la ciudad, como un huevo frito que nadie se atrevía a voltear. Yo estaba tras el mostrador del café donde trabajaba, empuñando la licuadora como si fuera un bastón de mando, mientras el motor gruñía y el aroma del café recién molido se mezclaba con el de plátanos maduros que acababa de pelar para un cliente que siempre pedía lo mismo: *una espuma fría y dos cucharadas de azúcar, pero que no se sienta el dulzor, que se sienta el alma*.
Ella entró como si el aire se hubiera vuelto más espeso solo por su paso: camiseta blanca ajustada, jeans clásico con un leve desgaste en las rodillas y pelo recogido en un nudo torpe que dejaba al descubierto la curva de su nuca, suave como la piel de un durazno recién arrancado del árbol. Se acercó al mostrador con una sonrisa que no alcanzaba del todo los ojos, y me pidió lo mismo que siempre el otro cliente: *una espuma fría y dos cucharadas de azúcar, pero que no se sienta el dulzor, que se sienta el alma*.
Me reí —una risa corta, insegura— y le dije: —¿Usted también cree que el alma tiene sabor?
Ella apoyó los codos, como si el mundo fuera a derrumbarse si no lo hacía, y me miró fijo, sin pestañear. —A veces —dijo—, cuando llueve, el alma sabe a sal. O a limón.
Fue así como supimos que hablábamos el mismo idioma, el de las cosas que se intuyen antes de nombrarlas. Se llamaba Lucía. Me lo dijo mientras la espuma se deshacía en su taza y ella la sostenía entre ambas manos, como si le temiera al calor que aún quedaba. Le ofrecí una galleta de avena con pasas —la que siempre guardaba para mí, pero que en ese momento me pareció la oferta más atrevida del mundo—. Ella la tomó con los dedos, la partió por la mitad y me ofreció una mitad. —Es una forma rara de compartir —dije. —Todas las cosas raras empiezan así —respondió ella, y mordió la suya con una lentitud que me hizo olvidar por un segundo cómo moler café.
Así comenzó. No con una mirada larga, ni un toque accidental, sino con una galleta partida como si fuera el pacto secreto de dos niños que descubren que el mundo se puede dividir en mitades iguales.
Los días siguientes, Lucía volvió. Siempre a la misma hora: 5:45 p.m., cuando el sol ya no daba de frente y el café se llenaba de vecinos que salían del trabajo con la ropa sudada y el alma cansada. Ella pedía lo mismo, pero ya no decía nada sobre el alma. En su lugar, me preguntaba si me gustaba el aguacate maduro, si había probado el chile habanero en polvo en una cucharada —*solo una, que no se pase*, decía—, si creía que el cielo se ponía rosa porque los pájaros se cansaban de volar y se sentaban a llorar en las nubes. Le respondía con honestidad, aunque a veces mentía, porque mentir era otra forma de acercarse: *Sí, creo que los pájaros lloran*, decía yo, aunque nunca lo había pensado.
Una tarde, mientras la limpiaba la mesa de al lado —la que siempre quedaba vacía—, me di cuenta de que ella no me miraba como quien mira al barista. Me miraba como si yo fuera una pregunta sin respuesta. Me acerqué con un trapo húmedo, como si fuera a limpiar un derrame, pero me quedé parado frente a ella, sin decir nada.
—¿Te parece mal si te miro así? —me preguntó. —No —dije—, pero me pones nervioso. —Yo también —admitió—. Pero es un nervio bueno.
Su mano se movió entonces, lenta, como si estuviera sacando algo de una caja cerrada con llave, y apoyó la palma sobre la mesa, cerca de mi muñeca. No la tocó. Solo la dejó ahí, como una ofrenda silenciosa. Yo sentí el calor de su piel a centímetros, y supe que algo en mí ya había cruzado la frontera.
Un sábado, cerramos el café temprano. Llovía de verdad, no esa lluvia tibia de verano que moja la cara pero deja la ropa seca, sino una lluvia fuerte, con truenos que sonaban como si alguien estuviera golpeando el cielo con una cacerola. Lucía no tenía paraguas. Le ofrecí el mío —un paraguas negro, pequeño, que apenas daba cobijo para uno— y ella me miró con esa sonrisa que ya me conocía. —¿Te parece si caminamos? —dijo—. La lluvia no duele si uno no le teme.
Y caminamos.
No sabía adónde íbamos, solo que iba con ella, bajo ese cielo roto, con el agua mojándonos la ropa y el pelo, y sus dedos rozando los míos sin pedir permiso. En una esquina, bajo el toldo de una tienda de abarrotes, se detuvo. Me giró hacia ella, y me miró los labios. Yo sentí el pulso en las sienes, como si me hubieran metido un pulpo en el pecho.
—¿Puedo? —me preguntó.
No respondí. No hay respuesta que valga cuando el alma ya está gritando.
Se acercó, y su frente tocó la mía. Entonces, con una lentitud que parecía eterna, rozó mis labios con los suyos. Fue un beso breve, tímido, como si estuviera probando el sabor del mundo. Y cuando se separó, dijo: —Sabe a limón.
Me reí, nervioso, y le toqué la cara, con la yema de los dedos, como si fuera una taza de porcelana que podría romperse. —¿Y ahora? —Ahora —dijo—, sabe a sal.
La llevé a mi departamento. No fue precipitado, ni atrevido. Fue natural, como cuando el café se vierte despacio para que no salpique. Ella se sentó en el sofá, se quitó los zapatos y se enrolló una esquina de la camiseta mojada para secarse el pelo. Yo puse música suave —una canción de *Los Tres* que nos gustaba a los dos desde la universidad— y le ofrecí un vaso de agua con hielo. Ella lo tomó, pero no bebió. Me lo devolvió, y con el dedo índice dibujó un círculo en el borde del cristal.
—¿Tienes limones? —preguntó. —En la nevera. —¿Y sal? —Todas las cosas tienen sal.
Ella se puso de pie, y caminó hacia la cocina con la naturalidad de quien ya pertenece al lugar. Abrió la nevera, sacó un limón maduro, lo cortó por la mitad y lo exprimió en un vaso pequeño. Luego tomó la sal de mesa, abrió el tarro, y con la punta del pulgar, tomó una diminuta cantidad. Me lo ofreció. —Prueba.
Lo que hice no fue pensar. Fue instinto. Lamió el limón y la sal de mi pulgar, con una lentitud que me hizo temblar. Sentí el ácido, el salado, y luego, cuando sus labios rozaron mi piel, sentí algo más: un calor que no venía del cuerpo, sino de la confianza. De saber que ella no me estaba quitando la ropa. Me estaba quitando las excusas.
Le ayudé a quitarse la camiseta. No con urgencia, sino como si estuviera abriendo un regalo que sabía que valía la pena esperar. Sus pechos eran pequeños, firmes, con pezones que se erizaban apenas el aire los rozaba. Le toqué una mano, la llevé a mi pecho, y sentí cómo su pulso se aceleraba contra mi piel.
—¿Te gusto así? —me preguntó. —Como si fueras el primer latido después de un susto —respondí.
La tomé en brazos y la llevé a mi habitación. No hubo prisa, no hubo exigencia. Solo manos que aprendían contornos, labios que encontraban grietas, y un silencio tan grande que escuchábamos el eco del otro respirar.
Cuando finalmente se sentó sobre mí, con las piernas abiertas y su cuerpo pegado al mío, me miró a los ojos y me dijo: —No te muevas. Déjame sentirte.
No me moví. Sentí su calor, su peso, el roce de su cuerpo contra el mío. Y cuando se inclinó hacia adelante y puso sus manos en mis hombros, susurró: —Estás dentro de mí. —Sí —le dije—. Pero tú estás dentro de mí también.
No fue rápido. No fue violento. Fue un vaivén suave, como el mar en la playa de Veracruz, donde nos conocimos en sueños una noche. Ella gemía bajito, con los ojos cerrados, y yo la sujetaba por las caderas, como si el mundo pudiera arrancarla de mí.
Cuando llegó, lo hizo con una expresión que nunca olvidaré:
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