El sabor del humo y el río
7 minEl sabor del humo y el río
La tarde se arrastraba lenta por las orillas del Paraná, tibio y denso, como una promesa que se demora en cumplirse. En el muelle de la vieja estación de ferrocarril, donde el óxido se había vuelto parte del paisaje, un hombre fumaba sentado en un banco de madera agrietada. Llamaba la atención no por su presencia, sino por su quietud: los codos apoyados en las rodillas, los hombros relajados pero firmes, el pelo negro cortado corto, descolorido por el sol en las puntas. Llamaba la atención porque esperaba, y no era alguien que esperara mucho.
Se llamaba Leandro. Treinta y siete años. Mecánico de barcos, pero con las manos más acostumbradas al aceite que al sudor. Tenía la piel morena, marcada por pecas que el invierno aclaraba, y los ojos color miel, siempre entreabiertos, como si estuviera mirando algo más allá de lo que los demás veían. Hoy, sin embargo, no miraba nada: solo dejaba que el humo del cigarrillo se deshaciera en el aire, y esperaba.
A las seis y veinticinco, apareció.
Venía caminando por el sendero de piedritas, con las manos metidas en los bolsillos de un jean desgastado, los hombros un poco encorvados, como si cargara algo invisible. Se llamaba Tomás. Treinta y dos, poeta de oficio, profesor de literatura por necesidad. Tenía los brazos morenos, las uñas cortas pero bien cuidadas, y una sonrisa que le llegaba hasta los ojos apenas se dejaba llevar por algo que le gustaba. Hoy no sonreía: solo observaba el muelle, el río, la luz que empezaba a dorar las copas de los árboles, y a él.
—¿Estás fumando en serio? —dijo Tomás cuando estuvo a tres pasos, sin pausa, como si ya lo hubiera visto miles de veces.
Leandro apagó el cigarrillo contra la suela de su bota y lo dejó caer al suelo. Lo miró. Lo miró bien.
—Sí, fumo. ¿Y vos venís tarde, piña?
—Tardé siete minutos —respondió Tomás, sentándose a su lado sin pedir permiso—. Contá con que el colectivo se detuvo en la mitad de la avenida, dos veces, por razones misteriosas. La primera fue por una discusión de parejas; la segunda, porque un gato pasó corriendo y el chofer se emocionó.
Leandro soltó una risa baja, ahogada, que le tembló en la garganta.
—Viste, ya me lo creí. ¿Y por qué venís?
—Porque me dijiste que este lugar huele a humo y río, y que es el único sitio donde se puede respirar sin que el mundo te joda.
Tomás se giró hacia él. Leandro también. Se miraron, largo, sin apuro. Y en ese silencio, algo se fue moviendo, lento, como el agua bajo el muelle, empujada por la marea que nadie ve venir.
—¿Viste la puesta de sol de ayer? —preguntó Leandro.
—No. Estaba escribiendo.
—Te perdiste algo. El cielo se rompió en trozos de naranja y violeta. Como si alguien hubiera prendido fuego a la atmósfera.
—Entonces today la quemé con palabras —dijo Tomás, y le tendió la mano—. Vení. Caminemos un rato.
Leandro lo miró la mano, luego sus ojos, luego el río. Y tomó la mano. No con urgencia, no con precisión, sino con confianza, como si ya hubiera estado allí antes.
Caminaron por el camino de tierra que bordeaba el río, las piernas abiertas, los hombros rozándose de vez en cuando. El sol se hundía ya en el horizonte, pintando el agua de plata y fuego. No hablaban mucho. Decían lo necesario, pero cada palabra pesaba, como una piedra que se deja caer al agua y hace ondas que tardan en desaparecer.
—¿Vos siempre venís acá? —preguntó Tomás.
—Cada vez que me siento atascado. El río me despeja la cabeza.
—¿Y el humo?
—El humo me relaja la mano. Es más fácil escribir con el cuerpo tranquilo.
—¿También escribís? —preguntó Tomás, sorprendido.
—No. Pero me encantaría. Siempre digo que algún día empiezo. Pero luego me da flojera.
—No es flojera. Es miedo.
Leandro se detuvo. Lo miró, esta vez con atención plena.
—¿Miedo?
—Sí. A que lo que tenés que decir no merezca la pena.
—¿Y vos? ¿Todavía tenés miedo?
—Cada vez que subo al aula con un poema nuevo. Pero luego me digo: si no lo digo ahora, nunca lo diré. Y entonces lo digo.
Tomás se acercó. Tanto que sus pechos casi se tocaban. Leandro sintió el calor de su pecho, el latido que se le aceleró en las sienes. No se movió. Dejó que Tomás se acercara más, hasta que su aliento rozó su cuello, y entonces sí, levantó la mano y le acarició la mejilla con la palma áspera, con las uñas cortas, con la seguridad de quien sabe lo que toca.
—Sos piola, Leandro.
—Sos piola vos —respondió Leandro, y lo atrajo hacia sí, sin fuerza, pero con firmeza.
Se besaron. Lento. Con los ojos cerrados, con las manos temblando un poquito, con la lengua que no buscaba conquistar, sino explorar. Era un beso que ya había estado esperando, que había estado saboreando en los silencios, en los gestos, en los miradas que se cruzaban sin decir nada. Un beso que no necesitaba palabras, porque ya las había dicho todo el día.
—Vamos a casa de un amigo —dijo Leandro, cuando se separaron un poco, apenas un centímetro, para respirar.
—¿Ahora?
—¿Tenés miedo?
—No. —Tomás sonrió—. Solo quiero saber si vos sabés qué hacés.
—Sí. —Leandro le tomó la mano otra vez—. Sé que quiero esto.
La casa estaba en Belgrano, pequeña, con paredes amarillentas por la humedad, pero limpia, ordenada. Había libros en el suelo, ropa doblada en una silla, una botella de vino tinto en la mesa de la cocina. Leandro encendió una luz tenue en el living, dejó las llaves en el mueble de la entrada y se volvió hacia Tomás.
—¿Querés vino?
—Sí. Pero después.
—Después no, ahora.
Leandro lo tomó de la nuca y lo besó de nuevo, más profundo, más lento, esta vez. Le desabrochó la camisa, con los dedos seguros, sin prisa, como si cada botón fuera una promesa que tenía que cumplirse a su tiempo. Tomás respiró hondo cuando sintió la piel de Leandro contra su pecho, cuando sintió su corazón latiendo, fuerte, constante, como el motor de un barco que se dispone a partir.
Se sentaron en el sofá, uno al lado del otro, sin soltarse. Tomás le quitó la remera, la dejó caer al suelo, y pasó las manos por su pecho, por sus costillas, por el vello ralo que tenía en el vientre. Leandro cerró los ojos, dejó que la sensación lo invadiera, que el calor le subiera por la espina dorsal, que el deseo se le instalara en la ingle, ya duro, ya ansioso.
—Me gustás —dijo Tomás, sin mirarlo.
—Me estás gustando vos —respondió Leandro—. Y eso me tiene un poco puto.
—Es normal. Estoy un poco puto yo también.
Se miraron. Y luego, sin más, Leandro lo tiró suavemente sobre el sofá. No con fuerza, no con imperio, sino con una ternura que lo hacía más peligroso. Se acomodó sobre él, con las rodillas a los lados de su cadera, con las manos apoyadas en su pecho, y lo miró a los ojos mientras le desabrochaba el jeans.
—¿Estás cómodo? —preguntó.
—Sí. —Tomás le tomó la mano—. Pero quiero que sigas.
Leandro lo besó en la frente, en la nariz, en los labios, mientras le bajaba el pantalón y la ropa interior. Y cuando lo vio desnudo, con su pene ya erguido, con los testículos tensos, con la pielmorena y ligeramente velluda, se humedeció los labios y se inclinó.
Lo chupó despacio. Con la lengua, con los labios, con la palma de la mano. Tomás se arqueó, soltó un gemido bajo, ahogado, como si temiera romper algo. Pero Leandro no quería que lo guardara. Le pasó la mano por el pelo, le inclinó la cabeza un poco más, y lo cogió con suavidad, con seguridad, con la misma paciencia con la que se arregla un motor que lleva años sin funcionar.
—Cuidado con el lubricante —dijo Tomás, entre dientes—. Está en el cajón de la mesita de luz.
—Lo sé —respondió Leandro, y se levantó, se sacó la remera, se desabrochó el jeans. Se puso en cu
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Llego, observo y me tomo mi tiempo. La seducción no tiene prisa; el buen relato tampoco. Ambientes, miradas, lo que se cocina lento.