El sabor del café y el humo del tabaco
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Ayer, mientras lavaba las tazas del desayuno —esa marea de platos que no termina nunca—, sentí el calor de sus ojos por primera vez en diez años. No fue una mirada cualquiera: fue como si me hubiera estado esperando tras cada esquina, como si supiera que mi cuerpo se acordaba de él antes que mi mente.
Me llamó “chucha”, con esa voz ronca que aún le queda un poquito de Adolescencia, aunque ahora tiene canas plateadas en las sienes y una arruga profunda entre ceja y ceja, de tanto fruncirla cuando piensa o cuando se ríe. Estaba parado en la puerta de la cocina, con una camisa abierta sobre una playera negra, los pantalones bien planchados aunque no iba a ninguna parte, y esa sonrisa de “ya te gané, pero me da gusto”.
—¿Me haces un café, adriana? —dijo, como si nunca se hubiera ido—. El que me decía “pásame el azúcar” y yo le pasaba la sal… por error o por ganas.
Me acerqué despacio. Sentí el perfume de tabaco y café recién molido, ese olor que siempre le queda pegado a la piel desde que empezó a fumar en la terraza de su casa en el barrio La América. No me abrazó, no me tocó. Solo dejó que mis dedos rozaran los suyos al tomar la taza. Ese roce fue suficiente para que mi vientre se contrajera, como si me hubiera mordido un perrito pequeño y peligroso, pero tierno.
—¿Te acuerdas de cómo lo hacíamos en el cuarto del fondo? —preguntó, tomando asiento en la mesa de madera, las rodillas separadas, las manos en las piernas, como si fuera a levantarse en cualquier momento… pero no lo hizo.
Claro que me acordaba. Era en verano, cuando la casa temblaba con el calor y el ventilador del techo daba vueltas lentas, como si también le costara respirar. Él me tenía sentada sobre sus muslos, con el culo hundido en su pito ya duro, y me mordía el cuello mientras me decía “chucha, qué rico estás, qué rico me lo metes todo”. Luego me volteaba, me jaloneaba la cabeza y me hacía chuparle como si no hubiera mañana, como si el mundo se acabara con el último suspiro.
—Hoy no —dije, bajando la voz—. Hoy no me agarras así, porque hoy tengo ganas de que me toques con calma, como cuando empezamos.
Me miró fijo, los ojos oscuros, brillantes. Se levantó. Caminó hasta mí, sin prisa, y puso las manos en mis caderas. Me levantó la camiseta, despacio, como si fuera una tela de araña y yo una mosca que no quería escapar. Me besó el ombligo, luego la base del vientón, y cuando pasó la mano por dentro de mi short, sintió que ya estaba mojada.
—Te recuerdo, adriana —susurró—. Te recuerdo hasta en los días que no estás.
Me giró, me sacó la camiseta, me desabrochó el sujetador con un solo movimiento. Me besó los pechos, uno por uno, primero con ternura, luego con más ganas. Me volteé yo, lo tomé por la cintura, sentí su polla dura contra mi vientre, y le dije al oído:
—Vente aquí. Que me quieres, que me quieres de verdad.
Me senté en la mesa, con las piernas abiertas, y él se puso entre ellas. Me miró mientras se desabotonaba los pantalones, sacó su pito, grueso y bien tieso, con esa vena que sube como una serpiente por el costado. Me lo acercó al labio, y lo sentí humedecerse con mi propia humedad.
—Abre la boca —dijo.
No me lo pedí dos veces. Lo tomé entre los dedos, lo guié, y lo metí hondo. Me sabía a café, a tabaco, a verano, a promesa cumplida. Lo chupé lento, viendo sus ojos, viendo cómo se cerraba cuando sentía mi garganta contraerse.
—Adriana… —masculló—. Te lo voy a dar todo. Te lo voy a dar como en ese entonces.
Me volvió a besar, ahora con más hambre, y me levantó la falda. Me corrió el short hacia un lado, y con dos dedos me abrió, ya mojada, ya lista. Se metió dentro de golpe, como si no pudiera más, y yo solté un grito que no esperé.
—¡Ay, Dios mío! —exclamé—. ¡Qué rico!
Y así fuimos, con el sonido del ventilador arriba, con el sol entrando por la ventana, con sus manos en mis caderas y su polla entrando y saliendo, cada vez más fuerte, hasta que se corrió dentro de mí, sin apuro, como si el mundo ya no existiera.
Me besó el cuello, me acarició el pelo, y me dijo:
—Hoy sí te vine a buscar, adriana. Y no me voy a ir esta vez.
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